Nuestros hijos en redes no están solos: alguien más los está educando
Pasan horas en redes sociales, pero no siempre están tan solos como creemos. Detrás de cada contenido hay algoritmos que influyen, organizan y también educan.
Hace unos días, en un shopping, vi una escena que ya no sorprende, pero debería. Seis adolescentes, varones y mujeres, sentados en círculo. Todos juntos. Todos en silencio. Cada uno mirando su celular. Algunos con una mano, otros con las dos. Algunos scrolleando, otros escribiendo. Ninguno hablando con el otro.
No estaban solos. Pero tampoco estaban realmente juntos.
La escena dura unos segundos, pero deja una incomodidad difícil de ignorar. ¿Qué están viendo? ¿Qué están buscando? ¿Qué lugar ocupa ese grupo físico frente al mundo que aparece en la pantalla? Y, sobre todo, ¿qué tipo de vínculo se está construyendo ahí?
Una escena que ya no sorprende, pero debería: esa desconexión del entorno inmediato, incluso de las personas que están al lado.
Como docente, y también como adulto, lo que más me preocupa no es el uso de la tecnología en sí, sino la dependencia que empieza a generar. Esa concentración absoluta en el rectángulo negro -como bien señala Federico Fayad-, esa desconexión del entorno inmediato, incluso de las personas que están al lado.
Mientras los observaba, más que respuestas, aparecía una sensación persistente: que algo se está desplazando. La identidad, la validación, el vínculo con el otro. Como si lo que antes se construía en lo presencial empezara a buscarse en otro lugar.
Lo que vemos no es solo uso de redes. Es otra cosa.
Las redes son atractivas, no solo para los adolescentes, también para muchos adultos. Funcionan como una película que no termina nunca. Un flujo constante de imágenes breves, contenidos de pocos segundos que invitan a seguir mirando. No hay pausa. No hay cierre. Siempre hay algo más.
Ahí es donde entran en juego los algoritmos. Sistemas que trabajan de manera permanente, que nunca descansan, que registran lo que vemos, lo que tocamos, lo que dejamos pasar, y a partir de eso construyen un perfil. Nos muestran más de lo mismo. Más de lo que ya miramos, más de lo que creemos que nos interesa. O mejor dicho, de lo que ellos creen que nos interesa.
No es casualidad. Es diseño.
Y en ese diseño, la inteligencia artificial agrega una capa más. Todo se vuelve más rápido, más preciso, más personalizado. También más difícil de interrumpir. La experiencia se ajusta cada vez mejor a cada usuario.
Mientras tanto, nosotros los adultos, estamos llegando tarde.
No todos entendemos lo que está pasando. Muchos improvisamos. Algunas escuelas prohíben el uso del celular, otras lo regulan, lo guardan en cajas, lo habilitan sólo cuando el docente lo indica con un fin pedagógico. No hay una única respuesta, porque el problema no es el dispositivo.
El problema es qué estamos dejando de discutir cuando ponemos el foco solo en el celular.
Prohibir suele ser la salida más rápida. Ordena, alivia, da la sensación de control. Pero no resuelve el fondo. Es más fácil decidir si un aparato entra o no entra al aula que preguntarse por qué cuesta sostener la atención, qué tipo de propuestas estamos ofreciendo o qué lugar tiene hoy la escuela frente a un mundo que cambió.
Todos juntos. Todos en silencio. Cada uno mirando su celular.
El celular, en muchos casos, termina funcionando como un chivo expiatorio. Sobre él se proyectan problemas más profundos: la dificultad para generar interés, la falta de criterios claros de uso, la ausencia de una educación digital sostenida, la tensión entre el mundo escolar y el mundo real en el que viven los estudiantes.
Y algo parecido empieza a pasar con la inteligencia artificial.
Buscamos en la herramienta el problema, cuando muchas veces lo que hace es dejar en evidencia algo que ya estaba.
Por eso insisto en una idea que puede resultar incómoda: no debemos prohibir, debemos educar. Pero educar en serio. No solo habilitar o restringir, sino enseñar a usar, a pensar, a regularse, a entender qué hay detrás de cada pantalla.
Porque si no lo hacemos nosotros, alguien más lo está haciendo.
Entonces, tal vez la pregunta no sea si usan mucho o poco el celular.
Tal vez la pregunta sea otra:








