Nadia Flores: "El celular es la niñera de los pobres: entra en la vida de los chicos desde la primera infancia como el único recurso al alcance de las familias"
La directora del CEBJA 3-114 10 de Junio expuso una radiografía de las aulas periféricas de Mendoza. Entre raciones alimentarias recortadas, exclusión estructural y el mito de la digitalización, analiza cómo la escuela de jóvenes y adultos lucha por sostener trayectorias y garantizar derechos en contextos de extrema vulnerabilidad.
Nadia Flores es docente hace desde hace 16 años. Empezó trabajando en contextos de encierro, donde estuvo 6 años, y después continuó su trabajo en escuelas en contextos de vulnerabilidad social. Tiene una Diplomatura en ESI y una Maestría en Educación Permanente de Jóvenes y Adultos. Formó parte del equipo de curriculistas que diseñó e implementó el diseño curricular propio de la modalidad. Desde hace 9 años se desempeña en cargos jerárquicos (dirección, vicedirección y secretaría).
Trabaja actualmente en el CEBJA 3-114 "10 de Junio", una escuela de educación de jóvenes y adultos con tres sedes: barrio Paulo VI, barrio La Gloria y la zona de triple frontera (donde convergen Godoy Cruz, Luján y Maipú). Sus estudiantes son jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad: el 68% tiene alguna medida de protección o intervención de organismos como el DAE o el ETI. También trabaja con un amplio porcentaje de estudiantes con discapacidad y con adultos mayores que están en proceso de alfabetización.
Desde tu experiencia como directora, ¿qué desafíos concretos enfrentan hoy los estudiantes para sostener la escolaridad y cómo impacta eso en el día a día de la escuela?
Hay que contextualizar cómo son nuestros estudiantes, que en gran parte son jóvenes que el sistema procesó y expulsó, y que llegan al CEBJA cargando esa historia: familias intervenidas, fracasos escolares y una profunda desigualdad social. Estas historias, atravesadas por los complejos entramados que afectan a los jóvenes y adultos, signados por mecanismos de exclusión, convergen en una escuela que tiene que pensarse en relación a ellos. Eso cambia todo: la manera de enseñar, de acompañar y de pensar la institución.
Los desafíos son muchos y muy concretos: el trabajo informal, vendedores ambulantes, construcción, cosecha, los cuidados de familiares y las familias numerosas. Muchos son menores de edad y vienen de fracasar en su paso por la escuela formal, pero la necesidad económica es una urgencia a atender.
Nadia Flores es docente hace desde hace 16 años y actualmente se desempeña en cargos jerárquicos (dirección, vicedirección y secretaría).
Por otro lado, la pérdida de perspectiva es por ello que la escuela dejó de verse como una promesa; los chicos no encuentran en ella un camino hacia algo mejor. Casi la totalidad viene de familias donde los padres tampoco terminaron la escolaridad.
A eso se suma el contexto de vida: violencia barrial, consumo y problemas de salud mental que no se atienden. El ausentismo y la falta de egreso son problemáticas que dejan ver la crisis institucional que atravesamos y que, en la actualidad, desgraciadamente se ha profundizado.
En esta modalidad sostenemos muchas veces la escolaridad atendiendo desde la urgencia: las raciones alimentarias, que en la actualidad se han visto muy disminuidas, y la falta de inversión en educación en todos los aspectos. La problemática actual también nos atravesó de lleno: las fusiones de nuestros centros provocaron el cierre de muchos espacios que eran fundamentales para sostener esas trayectorias en lugares donde la escuela común no llega.
Lo positivo que tiene la modalidad es su ejercicio de la educación popular, basado en un sistema no graduado que atiende las especificidades de cada estudiante, la heterogeneidad de sus aulas y la convivencia entre jóvenes y adultos. Su diseño curricular, pensado para problematizar la realidad y ejercitar el pensamiento crítico, es una de sus grandes fortalezas: permite que estos estudiantes se piensen dentro de su propia historia, la complejicen y la interpelen.
En este contexto, ¿qué lugar ocupa el celular en la vida cotidiana de los estudiantes y qué sentidos adquiere dentro y fuera del aula?
La mayoría de nuestros estudiantes no tiene teléfono propio o tiene modelos desactualizados. En muchas familias hay un solo celular que muchas veces se cambia, se vende o se rompe. Hay chicos que vienen sin teléfono directamente.
Cuando llega la época de inscripción a becas, los ayudamos a hacerlo desde sus celulares con sus correos electrónicos, pero después, cuando hay que hacer un seguimiento o retomar esa gestión, el teléfono ya no existe, el correo quedó en un dispositivo que ya no tienen y empezar de nuevo se vuelve una tarea compleja. Es por ello que intentamos que todo el material con el que trabajan esté en formato papel e incluso, con dinero de los docentes, pagamos las copias de los trayectos para que puedan llevarlas a casa.
El wifi de la escuela es, para muchos, el único acceso a internet que tienen en su cotidianidad. Eso hace que la conexión escolar sea un recurso real y valioso, no un complemento, como dice la canción de El Malandro: "abajo el foquito, esa esquina te espero, estoy tratando de agarrar wifi". Los pisos tecnológicos existen, pero no tienen mantenimiento, y también pasa que, como es el único espacio de acceso a una conexión, muchos estudiantes la utilizan para distraerse, jugar online o ver videos. Es una imagen muy simbólica salir de la escuela y observar una larga fila de jóvenes en la vereda usando la red escolar en sus celulares, e incluso vecinos del barrio.
Las únicas computadoras que tuvieron muchos de estos estudiantes vinieron del programa Conectar Igualdad y hoy están obsoletas. Eso tiene un impacto directo en las posibilidades de escolaridad: algunos centros de adultos ofrecen modalidades a distancia o de escolaridad protegida, y nosotros también en algunos casos, pero muchos terminan eligiendo venir a la escuela porque es más confiable que depender de una tecnología que no tienen o que no funciona.
Si bien enseñamos a los estudiantes a utilizar la tecnología, necesitamos también pensar el sentido que le dan nuestros estudiantes a esta tecnología. La historia que tienen con ella está marcada por estas desigualdades.
¿Cómo trabajan la convivencia escolar considerando las múltiples realidades que atraviesan a los estudiantes, incluyendo el impacto de lo digital y otras prácticas que compiten por su atención y tiempo?
Una de las características que define a la modalidad de jóvenes y adultos es su flexibilidad. Al no tener gradualidad podemos atender la demanda específica de cada estudiante, acompañar desde donde está, con sus propios procesos. Eso es una ventaja enorme cuando hablás de poblaciones con trayectorias tan diversas e interrumpidas.
Nadia Flores es directora del CEBJA 3-114 10 de Junio. En la nota expone una radiografía de las aulas periféricas de Mendoza.
La convivencia la trabajamos desde el Centro Escolar Comunitario. La lógica es que ante cada emergente -ya sea un conflicto, una situación que aparece o algo que tensiona la dinámica- se abre un espacio de resolución colectiva con representantes de todos los actores educativos: estudiantes, docentes, familias y equipo directivo. Se debate y se construye en conjunto.
En ese marco, el impacto de lo digital es uno de los emergentes que trabajamos. La mayoría de nuestros estudiantes sabe usar redes sociales (no todas) y jugar juegos online, pero muy pocos utilizan el navegador para buscar información, contrastar fuentes o distinguir una noticia de una fake news. El celular como único dispositivo, con modelos precarios y sin conectividad estable, forma un usuario que consume pero que tiene pocas herramientas para navegar críticamente.
Desde el diseño curricular propio de la modalidad trabajamos estas situaciones problemáticas de manera explícita, porque entendemos que la alfabetización digital es hoy una urgencia. En nuestra institución hay adultos mayores que están en ese proceso. Para ellos, todo lo digital representa una barrera enorme. Acceder a una beca, obtener el DNI digital, consultar una plataforma de notas o un cronograma requiere un acompañamiento paso a paso y, en este sentido, la escuela es muchas veces el único lugar donde logran acceder, conocer y tener un asesoramiento sobre esto.
¿Qué estrategias pedagógicas y de acompañamiento resultan clave para sostener las trayectorias educativas y fortalecer el vínculo entre estudiantes, docentes y comunidad?
En términos digitales, trabajamos con la infraestructura que tenemos, que hoy en día es cada vez más limitada. Los trayectos están disponibles en formato QR, lo que permite que el estudiante acceda desde su celular sin necesidad de imprimir o de tener una computadora. Y algo que me parece muy valioso: algunos estudiantes han creado sus propios cortos e historietas usando herramientas de inteligencia artificial. No es algo que elijan naturalmente ni que les resulte inmediato, pero se intenta también educar en estos escenarios digitales.
Contamos con equipos de orientación que acompañan a los estudiantes en gestiones que para nosotros responden a demandas reales: sacar turnos, inscribirse a becas y acceder a beneficios de transporte. Trabajamos con plataformas como Mi Argentina, GEI, Progresar y Mendoza x Mi. Para un adulto mayor o para un joven que nunca navegó una plataforma estatal, poder hacer esas gestiones no es un trámite menor y muchas veces es en la escuela el único lugar donde logran estos accesos.
El año pasado logramos alfabetizar a 15 mujeres del Asentamiento Néstor Kirchner que tenían hijos en una escuela de educación especial con la que articulamos. Bajo el acompañamiento en las inscripciones a los programas de becas, estas mujeres empezaron su escolaridad. Todas ellas trabajaban en un programa comunitario de huerta y cortaban y pelaban una enorme cantidad de fruta y verdura que se utilizaba en los comedores de hospitales, cárceles y hogares estatales.
Fue una de las experiencias más satisfactorias. Muchas de ellas lograron acceder a beneficios como transporte, asignaciones y pensiones, pudieron obtener sus documentos digitales, acceder a las notas escolares de sus hijos, ver y descargar sus trayectorias y terminar sus estudios. Ver todo eso plasmado fue simplemente un trabajo que nos otorgó sentido.
¿Qué lugar ocupa hoy la familia en la vida y en las decisiones de los estudiantes, y cómo dialoga o tensiona ese vínculo con la presencia del celular y el carácter tan absorbente de las redes sociales?
Para entender qué pasa con el celular en nuestros estudiantes hay que entender primero el contexto en el que las familias de esos estudiantes viven. En hogares donde los adultos salen a trabajar temprano, en trabajos muchas veces precarizados o informales, donde hay varios niños y muchas veces no hay una persona que atienda el cuidado, donde no hay acceso a jardines maternales ni a espacios de atención temprana o estimulación, el celular cumple una función muy concreta, que escuché en una reflexión de Ines Dussel: es "la niñera de los pobres". Las pantallas entran en la vida de estos chicos desde la primera infancia, no como entretenimiento elegido sino como el único recurso al alcance.
Cuando esos mismos chicos llegan a la adolescencia y al CEBJA, el vínculo con el celular ya está muy instalado, pero desde un lugar que atiende a su propio contexto. Pedirles que no jueguen o que no se distraigan durante la clase no es solo una cuestión de límites o de voluntad: es pedirles que interrumpan un hábito profundo, construido desde muy chicos. Y cuando intentamos involucrar a las familias en ese proceso, muchas veces no hay nadie. Los referentes no están en los domicilios: están trabajando, resolviendo otras urgencias, sin contar con aquellos jóvenes que están en espacios del Estado como hogares o tutelas.
La brecha digital es un buen ejemplo de esto. Cuando hablamos de digitalización solemos imaginar un universo homogéneo, pero no lo es. Nuestros estudiantes no usan Instagram ni X: usan Facebook y TikTok. No manejan inteligencia artificial ni leen portales de noticias: usan YouTube para escuchar música y juegan juegos online. Sin capital cultural acumulado en la familia, sin computadoras en casa, con dispositivos que se desactualizan, se venden o se cambian permanentemente, la relación con lo digital es funcional y acotada. Nadie les enseñó a usar estas herramientas de otra manera, y la escuela muchas veces es el primer lugar donde alguien intenta hacerlo, y esto obviamente genera resistencias.
Una reflexión final
En contextos de vulnerabilidad, la escuela sigue siendo una de las pocas instituciones capaces de garantizar espacios de acceso, reflexión y cierta posibilidad de movilidad social, aunque hoy esa capacidad se encuentra cada vez más debilitada. Cuando existe un Estado presente, la brecha de desigualdad puede reducirse; sin embargo, actualmente atravesamos múltiples frentes en crisis: presupuestos escolares insuficientes, docentes sobrecargados y con escasos recursos para acompañar las trayectorias, y una realidad social donde para muchos estudiantes resulta más urgente salir a vender medias o bolsas de residuos que aprobar tercer año.
Es como dice Cesar Gonzales en su libro "El niño resentido": "Mi mamá y mi papá no terminaron la escuela primaria. Lo maravilloso de mi viejo era su inteligencia, que no utilizó para estudiar, la utilizó para hacer plata -en ese momento para los pobres más importante que estudiar era hacer guita."
Tener dispositivos digitales no implica necesariamente saber utilizarlos de manera crítica o provechosa. La escuela continúa siendo el espacio central donde esos aprendizajes pueden construirse, pero también es una institución atravesada por profundas limitaciones. Durante la pandemia esta desigualdad quedó expuesta con claridad en la Argentina: miles de niños y jóvenes de sectores vulnerables interrumpieron sus trayectorias escolares por falta de conectividad, dispositivos o acompañamiento.
Estas problemáticas ya no pertenecen a un sector reducido de la población. En la Argentina actual, donde más de la mitad de los jóvenes vive en situación de pobreza, las desigualdades digitales, culturales y educativas forman parte de la vida cotidiana de gran parte de nuestros estudiantes. La distancia con aquellos sectores que cuentan con acceso sostenido a tecnologías, conectividad estable y capital cultural familiar es cada vez más profunda. En muchos casos pareciera que se habitaran universos digitales distintos.
A esto se suma otro desafío: gran parte de los docentes tampoco ha tenido posibilidades reales de actualización tecnológica y muchas veces debe enfrentar estos nuevos escenarios sin recursos ni formación suficiente. Aprender y desaprender se vuelve entonces una tarea colectiva y permanente.
Sin inversión en dispositivos, conectividad, infraestructura y condiciones laborales dignas, resulta difícil pensar en una verdadera inclusión educativa y digital. Cuando las escuelas deben priorizar la calidad de las raciones alimentarias o cuando los docentes sostienen sus tareas con salarios deteriorados, la discusión sobre innovación educativa queda inevitablemente relegada.
En ese contexto trabajamos, intentando sostener vínculos, trayectorias y oportunidades con las herramientas disponibles. Pensar una escuela capaz de responder a estas nuevas desigualdades sigue siendo uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.








