La Argentina de Milei y la geopolítica del riesgo

El presidente Javier Milei concluye hoy su tercera visita oficial al Estado de Israel. Esta gira, marcada por su participación en los festejos por el 78° Día de la Independencia de Israel, ratifica un giro sin precedentes en la diplomacia argentina, abandonando la neutralidad histórica para abrazar un alineamiento absoluto con los intereses de Estados Unidos e Israel.

Hernán Ansuini
Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

Esta visita oficial de Javier Milei al Estado de Israel, que incluyó una ponencia en la Universidad Bar-Ilan tras ser invitado a recibir un Doctorado Honoris Causa, ha dejado un saldo preocupante para la seguridad y la identidad diplomática de la República Argentina. Lo que el Gobierno presenta como un "regreso al mundo" es, para muchos analistas, una entrega de soberanía en medio de una crisis interna sin precedentes.

El fin de la convivencia

El mandatario selló su postura con una frase lapidaria: "Con determinadas culturas no vamos a poder convivir". Esta sentencia no es solo una declaración política, sino una ruptura con la tradición argentina de paz y respeto a la diversidad. Al decretar que la diferencia cultural es un impedimento para la existencia, Milei posiciona al país como un actor intolerante en el escenario global, alineándose con las posturas más extremas que hoy alimentan los conflictos bélicos en Medio Oriente.

La sobreactuación religiosa como herramienta política

Durante toda la gira, ha sido evidente una marcada sobreactuación de su pertenencia a la fe judía. Milei ha transformado lo que debería ser una búsqueda espiritual privada en una puesta en escena constante.

El presidente Javier Milei, reza en el Muro de los Lamentos en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

El presidente Javier Milei, reza en el Muro de los Lamentos en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Esta utilización de la ritualidad no solo desdibuja la laicidad del Estado, sino que busca dotar de un aura "mesiánica" a sus decisiones de gobierno, intentando blindar el ajuste económico tras un escudo de sacralidad que dificulta el debate democrático y racional.

Argentina en la línea de fuego: Conflictos ajenos y riesgos propios

En un país golpeado por una economía en retroceso, con indicadores de pobreza y desempleo alarmantes, el presidente ha decidido importar un conflicto de guerra. Al involucrar a la Argentina en una disputa que no le incumbe, el mandatario expone al territorio nacional a represalias y amenazas terroristas, rompiendo décadas de prudencia diplomática que nos mantenían a resguardo de las tensiones internacionales.

Soberanía a cambio de "migajas"

Esta entrega de la soberanía diplomática no tiene un correlato en beneficios tangibles. Milei parece haber hipotecado la independencia del país a cambio de fotos con líderes extranjeros y reconocimientos simbólicos que no se traducen en un alivio real para el bolsillo de los ciudadanos.

Lo más grave es que, a cambio de esta obsecuencia extrema para con Estados Unidos e Israel, la Argentina solo recibe migajas financieras. Estas pequeñas concesiones o gestos de apoyo internacional apenas alcanzan para seguir costeando artificialmente una economía argentina flaca y decrépita, sin generar una solución de fondo a la falta de inversión productiva ni al hambre de los sectores más vulnerables.

Un costo a largo plazo

El actuar de Javier Milei está sembrando una herencia de vulnerabilidad. El país no solo pierde su voz propia en los foros internacionales, sino que queda encadenado a una agenda extranjera que prioriza el conflicto bélico sobre la estabilidad social de los argentinos. Mientras el presidente busca la aprobación de Washington y Tel Aviv, la realidad local sigue hundiéndose en una precariedad que ninguna foto oficial puede ocultar.

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