Milei baja la inflación, pero no las necesidades
La inflación continúa bajando y el Gobierno exhibe ese dato como su principal logro. Sin embargo, millones de argentinos siguen enfrentando dificultades para llegar a fin de mes, mientras la asistencia social alcanza niveles récord y la pobreza permanece como una realidad cotidiana. Entre promesas de inversión, ajuste y relato político, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuándo llegará la recuperación a la vida real de la gente?
Dejamos atrás mayo y entramos en la segunda mitad del año. Una primera mitad que, en la gestión de Javier Milei, dejó poco y nada para gran parte de la sociedad, a pesar de que la inflación de mayo habría descendido al 2,6%, casi un punto menos que el mes anterior.
Cuando digo poco y nada es porque hoy -como vengo señalando en casi todas mis editoriales durante el último año y medio- el bolsillo de la gente sigue flaco. Ya no alcanza con que la inflación baje un mes si, al mismo tiempo, aumentan los servicios, el transporte y otros gastos esenciales. Además, en junio comenzarán a reflejarse en las góndolas muchos de los incrementos de costos acumulados durante abril y mayo.
Cuando el Gobierno habla de inversiones y del RIGI, muchos lo presentan como un mérito o un logro. Puede serlo. Pero también es una promesa a futuro, mientras que la sociedad vive en el presente. Y el presente necesita respuestas concretas que el Gobierno todavía no brinda. En su lugar, aparecen medidas de contención social que funcionan como parches temporales.
El Estado que iba a retirarse hoy sostiene a millones.
Si miramos los números, la asistencia social no desapareció. Por el contrario, continúa siendo una herramienta central para sostener a millones de argentinos.
Cuando Cristina Kirchner terminó su mandato en 2015, la AUH alcanzaba a alrededor de 3,6 millones de chicos y los programas de cooperativas como Argentina Trabaja y Ellas Hacen sumaban cerca de 200.000 beneficiarios. Diez años después, durante el gobierno de Javier Milei, la AUH supera los 4,1 millones de titulares y la Tarjeta Alimentar llega a 2,5 millones de familias, llevando la cobertura social directa a niveles históricamente elevados.
De pronto, el Estado que prometía retirarse de la vida de los ciudadanos terminó sosteniendo una estructura de asistencia masiva. Y esto no es una chicana política; es una realidad. Se sigue haciendo, en gran medida, aquello que se criticaba. Se siguen aplicando soluciones transitorias sin atacar los problemas estructurales que generan pobreza y dependencia.
La pobreza no se mide en Twitter, ni caminando por la calle Corrientes un sábado por la noche, ni recorriendo el Barrio Chino un domingo al mediodía. Tampoco se mide únicamente en una planilla de Excel. La pobreza se observa cuando cae el sol y aparecen las filas para conseguir un plato de comida. Cuando una persona improvisa un rincón para dormir con lo poco que tiene. Cuando una familia llega al final del día sin saber cómo enfrentará el siguiente.
No son números. Son personas.
Expresar esto no implica responsabilizar al lector ni atribuirle culpas que no le corresponden. Implica describir una realidad que sigue presente. Y también señalar que el Estado -como ocurrió tantas veces en la Argentina- continúa sin ofrecer soluciones de fondo, mientras gran parte de la dirigencia parece más preocupada por sus disputas y negocios que por resolver los problemas cotidianos de la sociedad.
El Mundial volverá a ofrecer una pausa. Un respiro emocional. Un placebo colectivo que los argentinos conocemos bien. Algo parecido ocurrió durante el gobierno de Alberto Fernández con el Mundial de Qatar 2022, cuando el entusiasmo deportivo desplazó por un tiempo las preocupaciones económicas y sociales.
Pero sería un error permitir que una Copa del Mundo tape los problemas que hoy enfrenta el país o los que pueden venir en los próximos meses.
Ojalá podamos disfrutar del deporte sin dejar de mirar la realidad. Ojalá podamos celebrar los triunfos de una selección sin ignorar las dificultades de millones de argentinos.
Porque mientras el Gobierno mantiene como objetivo central la baja de la inflación, la incertidumbre sobre el rumbo económico y social sigue creciendo día tras día.
Y porque sin libertad no hay esperanza posible. Libertad para expresarse, para trabajar, para progresar y para pensar distinto. Una libertad que muchos sienten cada vez más condicionada por un clima político donde la descalificación suele reemplazar al debate y donde toda voz crítica corre el riesgo de ser etiquetada antes que escuchada.
El fútbol es la cosa más importante entre las menos importantes de la vida.
Arrigo Sacchi
Director técnico italiano, bicampeón de Europa con el Milan y finalista del Mundial 1994 con la selección de Italia.








