La grieta, los medios, fantasmas y el germen de una pandemia sin fin
La grieta argentina no nació con Jorge Lanata. Sus raíces son mucho más profundas y recorren toda la historia nacional. Sin embargo, para amplios sectores del campo nacional y popular, Lanata fue quien logró convertir una vieja disputa política en un espectáculo masivo de televisión, donde la sospecha reemplazó al debate, la acusación ocupó el lugar de la prueba y la confrontación se transformó en un negocio rentable. Su historia personal, su evolución ideológica y su desembarco definitivo en el Grupo Clarín forman parte de una trayectoria que ayuda a explicar buena parte de la Argentina contemporánea.
Jorge Lanata, el periodismo de demolición y la epidemia política que todavía divide a la Argentina
La grieta antes de Lanata. La grieta existía mucho antes de que alguien le pusiera nombre. Estaba presente cuando unitarios y federales discutían el destino de la Nación. Estaba en las disputas entre conservadores y radicales. Estaba en el enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas. Estaba en los bombardeos sobre Plaza de Mayo en 1955, en los fusilamientos de José León Suárez, en la proscripción del peronismo y en las décadas de violencia política que marcaron el siglo XX argentino. La Argentina siempre tuvo conflictos. Lo novedoso fue convertir esos conflictos en un producto de consumo masivo. Y allí aparece Jorge Lanata.
El periodista rebelde
Lanata surgió como una figura irreverente dentro del periodismo argentino.
Fundó medios, impulsó proyectos innovadores y construyó una imagen de periodista independiente que cuestionaba tanto al poder político como al económico. Durante años fue visto como un profesional incómodo para todos. Criticó a gobiernos, empresarios y corporaciones mediáticas.
Muchos de quienes trabajaron con él reconocen su enorme talento periodístico y su capacidad para construir medios desde cero. Pero también hay críticas sobre su forma de conducción, los conflictos internos en los proyectos que encabezaba y las dificultades económicas que atravesaron varios de sus emprendimientos periodísticos y que termino perjudicando a los miembros de sus equipos .
Con el paso del tiempo, la figura romántica del periodista rebelde empezó a transformarse. Del antiestablishment al corazón del establishment.
La gran paradoja de Lanata fue terminar convertido en una de las principales figuras del mismo poder mediático que durante años había cuestionado.
El periodista que había denunciado la concentración de medios terminó siendo la principal estrella del Grupo Clarín.
El crítico de las corporaciones terminó trabajando para la corporación mediática más poderosa del país. Y fue precisamente desde esa posición de privilegio donde alcanzó una influencia política sin precedentes.
Con recursos extraordinarios, promoción permanente y la capacidad de llegar cada semana a millones de hogares, Lanata se convirtió en una de las voces más influyentes de la Argentina. La televisión de la sospecha. Periodismo Para Todos no fue solamente un programa. Fue una manera de entender la política.
La escenografía, las reconstrucciones audiovisuales, los informes especiales, los monólogos y las denuncias fueron construyendo una narrativa donde el kirchnerismo aparecía asociado permanentemente a la corrupción.
Domingo tras domingo. Año tras año. La televisión dejó de preguntar. Empezó a señalar. La máquina de contar dinero se convirtió en un símbolo. Los hoteles vacíos se transformaron en una imagen repetida hasta el cansancio. El dedo medio levantado dejó de ser una provocación para convertirse en una bandera.
Para millones de espectadores aquello era periodismo. Para millones de otros era militancia política disfrazada de investigación. Los herederos de una forma de comunicar
Lanata no actuó en soledad
A su alrededor fue consolidándose un ecosistema mediático que amplificó determinadas narrativas políticas.
Programas de televisión, radios y portales reprodujeron una lógica basada en la denuncia permanente, la confrontación y la construcción cotidiana de enemigos políticos. Para sus críticos, allí se consolidó una nueva forma de intervención política donde algunos periodistas dejaron de ser observadores para convertirse en protagonistas directos de la disputa por el poder.
La indignación se volvió una mercancía.
La grieta se volvió rentable. Y la audiencia pasó a consumir enojo como entretenimiento. La Argentina después de Lanata. Con el tiempo cambiaron los gobiernos. Cambiaron los nombres. Cambiaron los protagonistas. Pero la lógica permaneció. Las redes sociales profundizaron una dinámica que la televisión ya había instalado. La agresión generó audiencia. La simplificación produjo clics. La confrontación se convirtió en una industria.
Y así, la grieta dejó de ser una consecuencia de los conflictos políticos para transformarse en una herramienta de construcción de poder.
El legado de una época
La historia juzgará a Jorge Lanata de muchas maneras , como pretendió le ocurra a Cristina en ese mensaje de odio y misoginia . Las vueltas de la historia, sin embargo, introducen una ironía inevitable: quien construyó buena parte de su figura mediática desde el odio , la confrontación y el juicio político más duro, terminó abandonando antes el escenario de la vida, dejando abierto el cierre del relato en manos de otros, del tiempo y de la memoria colectiva, que rara vez respeta las sentencias pronunciadas en caliente.
Algunos lo señalarán como una de las figuras que más contribuyeron a consolidar una cultura política basada en la sospecha permanente, la confrontación y la división social.
Quizás allí resida la verdadera discusión sobre su legado. No en una investigación puntual. No en una denuncia específica. Sino un show funcional a los intereses del Grupo Clarín . y en haber ayudado a construir un país donde millones de argentinos dejaron de verse como adversarios políticos para comenzar a verse como enemigos. Y cuando una sociedad llega a ese punto, la grieta deja de ser una metáfora. Se convierte en una enfermedad colectiva.
Los comunicadores, los operadores y las sombras de una época
Para los sectores que cuestionan el papel desempeñado por determinados medios durante los años de mayor confrontación política, la figura de Jorge Lanata no puede analizarse de manera aislada.
A su alrededor se consolidó una red de programas, periodistas, operadores, fiscales, jueces y servicios de inteligencia que, según esta mirada, contribuyeron a instalar una determinada narrativa sobre la realidad argentina.
Uno de los casos más recordados es el de los programas políticos que dominaron la televisión durante la década pasada. En los ciclos conducidos por Alejandro Fantino desfilaban periodistas, dirigentes y figuras mediáticas que discutían la actualidad política desde posiciones fuertemente confrontativas. Luis Barrionuevo, Baby Etchecopar, Eduardo Feinmann y otros invitados protagonizaban debates que naturalizaban operaciones políticas, versiones periodísticas y acusaciones que muchas veces terminaban ocupando más espacio que las pruebas concretas.
En esos mismos años también ganó visibilidad pública Marcelo D'Alessio, hoy preso por extorsión y coacción y el periodista Daniel Santoro , presentado durante mucho tiempo en distintos medios como especialista en seguridad e inteligencia. Su posterior aparición en causas judiciales y las investigaciones que lo involucraron generaron fuertes cuestionamientos sobre los vínculos existentes entre determinados sectores mediáticos, operadores y funcionarios judiciales.
Dentro de esa discusión aparecen recurrentemente los nombres del fiscal Carlos Stornelli y del fallecido juez Claudio Bonadio. Sus defensores sostienen que impulsaron investigaciones de enorme relevancia institucional. Sus detractores, en cambio, consideran que fueron actores centrales de una etapa caracterizada por la judicialización de la política y por mecanismos de presión sobre imputados y testigos.
Las recientes declaraciones de algunas personas vinculadas a la denominada causa Cuadernos volvieron a colocar ese debate en el centro de la escena. Algunos de esos protagonistas sostienen actualmente que durante las investigaciones originales habrían existido presiones para obtener determinadas declaraciones. Tales afirmaciones son rechazadas por otros sectores, pero muestran que aquellas causas continúan generando controversias y discusiones incluso años después de iniciadas.
La misma mirada crítica alcanza a diversos comunicadores que ocuparon espacios centrales en la televisión, la radio y la prensa gráfica. Para sus detractores, figuras como Luis Majul , Eduardo Feinmann, Alfredo Leuco, Nelson Castro, y otros referentes mediáticos contribuyeron a consolidar una visión profundamente antiperonista de la realidad argentina. Sus defensores responden que simplemente ejercieron el periodismo investigando hechos de interés público.
Quizás una de las frases más recordadas de aquella época haya sido cuando Luis Majul afirmó ver en Mauricio Macri características que le recordaban a Nelson Mandela. Para sus seguidores fue una metáfora política. Para sus críticos, una muestra del grado de identificación que algunos periodistas habían alcanzado con determinados proyectos de poder.
Más de una década después, las preguntas siguen abiertas. ¿Hasta dónde llega el periodismo? ¿Dónde comienza la militancia política? ¿Qué papel jugaron los medios en la construcción de la grieta? ¿Y cuánto de aquella confrontación continúa condicionando la democracia argentina actual?
Son interrogantes que siguen sin encontrar una respuesta definitiva, pero que resultan indispensables para comprender una de las etapas más intensas y controvertidas de la historia política reciente.
El caso Nisman y las disputas por el relato
Pocas situaciones reflejan mejor el nivel de polarización alcanzado por la Argentina que la muerte del fiscal Alberto Nisman.
A más de una década de aquel episodio, el caso continúa dividiendo a la sociedad entre interpretaciones opuestas, alimentadas por sectores políticos, mediáticos y judiciales que construyeron narrativas incompatibles entre sí.
Para el kirchnerismo, la cobertura mediática realizada durante aquellos años contribuyó a instalar sospechas y responsabilidades políticas antes de que existieran certezas definitivas. Desde esa perspectiva, periodistas, dirigentes opositores y figuras públicas participaron activamente en la construcción de un clima de condena social que tuvo como principal destinataria a Cristina Fernández de Kirchner.
Dentro de ese universo suelen mencionarse nombres como Daniel Santoro, Luis Majul, Eduardo Feinmann, Alejandro Fantino y otros comunicadores que ocuparon un lugar central en la agenda pública de aquellos años. Del mismo modo, dirigentes como Patricia Bullrich y Laura Alonso aparecen frecuentemente señalados por sectores kirchneristas como protagonistas de una etapa de fuerte confrontación política.
Para quienes sostienen la tesis del lawfare, todos estos elementos formaron parte de un proceso más amplio de construcción de sentido que terminó condicionando la percepción social sobre dirigentes políticos, funcionarios y causas judiciales. Quienes rechazan esa interpretación sostienen, por el contrario, que los medios simplemente investigaron y difundieron información de interés público.
La muerte de Alberto Nisman continúa siendo objeto de controversia pública. Mientras algunas pericias oficiales realizadas durante la investigación inicial no hallaron elementos concluyentes para sostener un homicidio, la causa judicial federal actualmente tramita bajo la hipótesis de asesinato, criterio ratificado por el juez Julián Ercolini, la Cámara Federal y el fiscal Eduardo Taiano.
En 2015, una junta médica integrada mayoritariamente por peritos del Cuerpo Médico Forense concluyó que no había pruebas médicas suficientes para afirmar un homicidio. Trece de quince peritos sostuvieron que no encontraron indicios que permitieran sostener con rigor médico que Nisman hubiera sido asesinado.
Las imágenes que construyeron una época. Toda operación de comunicación necesita símbolos.Y pocas veces la televisión argentina logró instalar símbolos tan poderosos como durante aquellos años.
La máquina contando dólares apareció una y otra vez en las pantallas. Las imágenes se repitieron hasta transformarse en una verdad emocional para millones de espectadores. Ya no importaba demasiado el contexto ni los detalles posteriores. Lo que quedaba era la sensación.
La televisión había logrado algo extraordinario: convertir una imagen en una sentencia.
Algo similar ocurrió con los famosos bolsos de José López.
Durante años, amplios sectores de la sociedad incorporaron aquella escena como una representación automática de revolear bolsos . Sin embargo, en el imaginario colectivo no necesariamente coincidía con la complejidad de los hechos reales ni con las distintas declaraciones que fueron apareciendo con el paso de los años.
En ese sentido, también señalan que una de las imágenes más repetidas fue presentada muchas veces de una manera que no se correspondía exactamente con lo que mostraban los registros. En el imaginario colectivo quedó instalada la idea de que José López "revoleaba bolsos" por encima de un muro, cuando las imágenes difundidas muestran que los bolsos fueron apoyados o depositados y no arrojados de esa forma. Para quienes sostienen esta mirada, esa diferencia puede parecer menor, pero resulta significativa para comprender cómo ciertos relatos terminan simplificando los hechos hasta transformarlos en símbolos.
Para esos sectores, la cobertura mediática privilegió el impacto emocional por encima de la contextualización, generando una narrativa donde determinadas imágenes eran repetidas de manera permanente mientras otras informaciones, testimonios o contradicciones recibían una atención mucho menor . Lo importante ya no era demostrar. Lo importante era instalar.
La televisión moderna comprendió que una imagen repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad social, aun cuando las discusiones judiciales, las investigaciones posteriores o las distintas interpretaciones de los hechos continúen abiertas.
Y fue precisamente allí donde muchos de los críticos de Jorge Lanata y del periodismo de denuncia de aquella época sitúan una de las principales responsabilidades de los grandes medios: haber contribuido a construir certezas absolutas en una sociedad atravesada por preguntas que todavía siguen sin respuestas definitivas.
El final de una figura controvertida
Jorge Lanata nació el 12 de septiembre de 1960 y falleció el 30 de diciembre de 2024, a los 64 años, luego de una larga batalla contra diversos problemas de salud. Durante sus últimos años atravesó complicaciones renales, cardiovasculares y respiratorias, y había recibido un trasplante de riñón que le permitió extender su vida durante varios años.
El propio Lanata habló públicamente en distintas oportunidades sobre sus problemas de adicción , una lucha personal que marcó diferentes etapas de su vida y de su carrera profesional.
Su muerte cerró una de las trayectorias más polémicas del periodismo argentino. Admirado por unos y cuestionado por muchos otros, dejó una huella profunda en la política, los medios y la discusión pública. Además, fue una de las figuras que más contribuyó a profundizar la grieta que todavía atraviesa a la sociedad argentina.
Lanata y sus herederos: cuando la crítica al poder se convierte en defensa del poder
También podrían mencionarse algunos de los periodistas que en la actualidad , lejos de ejercer una función crítica frente al poder, han sido señalados por actuar como defensores incondicionales del gobierno de La Libertad Avanza, entre ellos el Trebucq y Jonathan Viale.
En ese sentido, uno de los episodios más polémicos ocurrió durante la entrevista que Jonathan Viale le realizó al presidente Javier Milei por el caso Libra. En las imágenes que luego trascendieron puede observarse una interrupción de la grabación y una edición posterior destinada a eliminar un fragmento que podía resultar comprometedor para el mandatario. Lo más llamativo fue que la situación se produjo ante la conformidad del propio entrevistador, quien advirtió que determinadas declaraciones podrían traerle consecuencias judiciales al Presidente. La escena alimentó las críticas sobre la independencia periodística y reforzó la percepción de que algunos comunicadores han dejado de interpelar al poder para convertirse en parte de su dispositivo de defensa.
Porque una vez que una imagen se transforma en símbolo político, deja de pertenecer a los hechos.
Empieza a pertenecer a la memoria colectiva.
Y cambiar una memoria suele ser mucho más difícil que demostrar una verdad.
Cristina, la historia y los que deberán responder
Los videos repasados a lo largo de esta nota exponen algo más profundo que una simple disputa política o periodística. Muestran el funcionamiento de un mecanismo en el que muchas veces la acusación precede a la prueba, la condena antecede al juicio y la sentencia parece escribirse en los estudios de televisión antes de llegar a los tribunales.
Durante años, una parte del poder mediático construyó relatos donde la presunción de inocencia pareció reservada para unos pocos, mientras que para otros bastaba una denuncia, una cámara encendida o un título de portada para transformarlos en culpables ante la opinión pública. En ese escenario, las causas judiciales y los juicios mediáticos terminaron caminando demasiadas veces por carriles paralelos.
Por eso cobra especial significado aquella imagen de Cristina Fernández de Kirchner al finalizar una audiencia judicial. El mensaje fue claro: no sería ella quien tendría que seguir respondiendo preguntas, sino quienes algún día deberían explicar sus decisiones ante la sociedad y ante la propia historia.
Para sus seguidores, aquella escena resume años de hostigamiento político, mediático y judicial enfrentados con aplomo, convicción y una inquebrantable lealtad a la memoria de Néstor Kirchner, a sus ideas y a un proyecto político que identifican con la ampliación de derechos, la movilidad social ascendente, la recuperación del empleo, de la industria nacional y de la esperanza de millones de argentinos.
La historia, como siempre, tendrá la última palabra. Pero cuando se apaguen las cámaras, cuando los titulares pierdan fuerza y cuando las operaciones dejen de ocupar las portadas, quedará una pregunta que todavía espera respuesta: quiénes deberán rendir cuentas por las condenas anticipadas, por los juicios paralelos y por haber convertido tantas veces la sospecha en certeza y la acusación en sentencia.
Porque los acusados pasan. Los expedientes se archivan. Los gobiernos cambian. Pero la historia permanece. Y tarde o temprano, también alcanza a quienes creyeron que jamás tendrían que responder. Cristina Libre ...





