Las venas del agua: la lenta agonía del acueducto colonial de El Challao

Hay lugares que parecen haber sido silenciados de la memoria colectiva. Sitios que alguna vez fueron esenciales para la vida de nuestra ciudad y que hoy sobreviven apenas como una sombra entre las malezas del Pedemonte. Diario PORTADA volvió a caminar por los senderos de nuestro pasado y encontró uno de ellos.

Bajo la sombra silenciosa de un viejo sauce llorón, escondidos en la cañada de un cauce seco, rodeados de espinos y jarillas, a pocos metros del avance urbano, permanecen en pie los restos del antiguo acueducto colonial que durante más de medio siglo llevó agua pura desde El Challao hasta el corazón de la Plaza Principal de Mendoza, desde 1814 a 1861, durante casi 47 años. Dos arcos de ladrillos y piedra resisten donde casi nadie los ve, de dos metros y medio de alto. Parecen centinelas cansados que continúan vigilando una historia que pocos recuerdan, y muchos desean borrar.

Llegar hasta ellos no fue sencillo. María, que atiende un almacén junto al autocine, confesó que jamás había escuchado hablar del lugar. Lo mismo ocurrió con varios vecinos de la zona. La entrada, recientemente alambrada, pasa inadvertida para quienes transitan diariamente por el sector.

Las venas del agua: la lenta agonía del acueducto colonial de El Challao

Tras solicitar permiso a un vecino lindero y avanzar entre la vegetación, y caminar poco más de cien metros entre la vegetación de Piedemonte, apareció el acueducto. Allí estaba. Desgastado por más de dos siglos de terremotos, aludes, lluvias y extremos térmicos, pero todavía de pie. Sin embargo, la historia de este sitio comenzó mucho antes.

Las venas del agua: la lenta agonía del acueducto colonial de El Challao

Cuando Mendoza buscó agua pura para sobrevivir

A finales del siglo XVIII, la ciudad enfrentaba un problema que preocupaba a las autoridades coloniales. El agua que llegaba desde el río Mendoza, era considerada de baja calidad y muy contaminada por los trapiches. En un documento fechado en 1798, conservado en el Archivo General de Mendoza, el gobernador Pedro Martínez de Rosas advertía al Cabildo sobre los riesgos sanitarios de consumir aguas que atravesaban trapiches de metales y proponía conducir hasta la plaza principal las aguas cristalinas del paraje ubicado al poniente, conocido entonces como El Chayado o Papagayos.

Un conducto tipo acequia, cubierto de ladrillo transportaba el agua desde las nacientes del actual paraje El Challao, en el departamento Las Heras. En dos sectores corría elevado sobre puentes de arcos de medio punto construidos con ladrillo cocido y roca basáltica. En otros, avanzaba bajo tierra mediante tuberías cerámicas protegidas por mampostería. Finalmente desembocaba en una fuente octogonal ubicada en la plaza principal de la ciudad. Aquella agua mejoró las condiciones sanitarias de Mendoza y transformó la vida cotidiana de sus habitantes.

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El documento 30, de la Carpeta 37, datado el 4 de agosto de 1804, hace referencia a la necesidad de construir de la pila (o fuente), que abastecerá de agua a la ciudad, que se transportará de los manantiales existentes en el paraje del Challado.

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Durante los años del Virreinato del Río de la Plata, cuando Mendoza dependía de la Corona Española y nos gobernaba el rey Carlos IV, el Cabildo impulsó una de las obras de ingeniería hidráulica más ambiciosas realizadas en la región. Aprovechando el desnivel natural del terreno y la extraordinaria calidad de las vertientes de El Challao, se proyectó un sistema capaz de transportar agua a lo largo de más de doce kilómetros hasta la ciudad.

La obra involucró a destacados constructores de la época, entre ellos Nicolás Santander y los hermanos catalanes Ramón y Jaime Roque. Era una época marcada por las reformas borbónicas, que impulsaban mejoras urbanas e infraestructura pública. La misma visión que dio origen a la Alameda, alentó también la construcción de este acueducto. En 1810 comenzaron las acciones definitivas para concretar la obra. Años después, los documentos registran pagos y rendiciones de cuentas efectuadas a Nicolás Santander por la construcción de la fuente pública que recibiría las aguas. El resultado fue extraordinario para la época.

Otro documento importante es el de la carpeta 147, de la Época Independiente, con fecha del 11 de enero de 1814, en el documento 7, se hace referencia a la orden de pago que emitió el Cabildo, a favor de Don Nicolás Santander, por el valor de 100 Pesos y a cuenta de construcción de la acequia de la Pila, por otra parte él mismo recibe el dinero para continuar la obra, que estaría terminada ese mismo año. También se detalla los materiales empleados (piedras, cal y arena para la mezcla), así como la cantidad de días trabajados por el capataz y los peones.

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En la misma carpeta, documento 9, se destaca que el comisionado de la acequia de la Pila, don Nicolás Santander, rinde cuentas al Cabildo del trabajo efectuado, durante los meses de 1813 a enero de 1814.

El terremoto que quebró una época

La noche del 20 de marzo de 1861 cambió para siempre el destino de Mendoza. Pocos minutos bastaron para que el terremoto más devastador registrado en la historia provincial redujera la ciudad a escombros. La violencia del movimiento, estimada en grado IX de la escala Mercalli, destruyó edificios, iglesias, viviendas y también buena parte de la infraestructura hidráulica colonial.

Las venas del agua: la lenta agonía del acueducto colonial de El Challao

Entre las víctimas silenciosas de aquella tragedia estuvo el histórico acueducto. Lo que durante 47 años había llevado vida a la ciudad quedó inutilizado definitivamente. La reconstrucción urbana avanzó por otros caminos y la provisión del agua para la ciudad, así lentamente aquella obra hidráulica monumental fue desapareciendo del paisaje y de la memoria colectiva.

Nuestro acueducto colonial agoniza en el olvido

Hoy sobreviven apenas algunos fragmentos de ese largo recorrido de 12 kilómetros que era el acueducto de la época colonial. Los restos mejor conservados corresponden a una estructura de dos arcos construida con piedra, argamasa y ladrillo, que representan una notable pieza de ingeniería colonial. Originalmente existió muy cerca de allí, otro puente de cinco arcos, del que sólo quedan registros fotográficos y los vestigios de sus cimientos.

Su funcionamiento dependía del principio físico de compresión. Es decir, la carga superior del canal ayudaba a distribuir las fuerzas que mantenían estable toda la estructura. Precisamente por eso, especialistas advierten que la pérdida de elementos originales puede comprometer su estabilidad en un futuro no muy lejano.

Las venas del agua: la lenta agonía del acueducto colonial de El Challao

Al recorrer el lugar resulta imposible no imaginar el agua circulando por encima de esos ladrillos, que terminaba brotando en la fuente pública de la Plaza principal, abasteciendo a una ciudad que entonces apenas comenzaba a crecer. Tocar esas paredes rústicas, es tocar una parte olvidada de Mendoza, nos confesó una turista curiosa de Buenos Aires, que apareció antes de nuestra partida.

Nunca es tarde para la historia

Durante más de dos siglos, el antiguo acueducto permaneció oculto entre la maleza, olvidado por las generaciones que crecieron sin conocer su existencia. Sin embargo, este año una noticia encendió una luz de esperanza. En abril, mediante el Decreto Provincial 849/2026, los restos de esta extraordinaria obra hidráulica fueron declarados Bien del Patrimonio Histórico, Cultural y Natural de Mendoza. La protección alcanza no sólo a las ruinas conservadas, sino también a la antigua traza del sistema, al cauce aluvional asociado y al paisaje pedemontano que le dio origen.

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Es un paso importante. Pero la historia sabe que los decretos, por sí solos, no alcanzan para salvar la memoria. El viejo sauce continúa extendiendo sus ramas sobre los ladrillos centenarios. Las jarillas avanzan. El tiempo sigue dejando sus marcas. Y el desconocimiento persiste como una segunda erosión, tan silenciosa como peligrosa.

Allí permanecen, como los últimos guardianes de una época en que el agua llegaba desde las montañas para dar vida a una ciudad que recién comenzaba a escribirse. Porque mucho antes de las avenidas, los barrios privados y el ruido de los motores, fue por ese cauce donde corrió el agua que alimentó a Mendoza. Y cuando el viento atraviesa las ramas del sauce y el silencio vuelve a cubrir las ruinas, resulta inevitable pensar que esas viejas piedras aún conservan una historia. Una historia que sigue esperando ser escuchada.

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