OPINIÓN

Mendoza, si hay miseria, que no se note

Más del 50% de los hogares mendocinos están utilizando sus ahorros para llegar a fin de mes. Lo que antes fue símbolo de progreso hoy se convierte en sostén de una crisis que se intenta disimular.

Adrián Characán
Adrián Characán

El humor que se volvió diagnóstico

Dicen que el humor, cuando es bueno, no envejece: se vuelve incómodo. La frase "si hay miseria, que no se note" no pertenece a Jorge Luis Borges, aunque asociada a la ironía borgiana, la frase se popularizó como un reflejo de la idiosincrasia argentina frente a la crisis.

Mendoza, si hay miseria, que no se note

Borges la utilizó en el suplemento Cultura y Nación para analizar la sociedad, no como un dicho popular previo de un cómico en particular.

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Es, más bien, una expresión que circuló en el habla popular argentina y que, con el tiempo, quedó fuertemente asociada al humor costumbrista, especialmente a personajes como Minguito Tinguitella, interpretado por Juan Carlos Altavista. En esa cobertura popular, la frase terminó funcionando como una síntesis irónica de una actitud social: la de disimular la precariedad y, en cierto modo, "dejar las cosas así, claras", aunque la realidad indique otra cosa.

Hoy, esa frase ya no causa risa. Interpela.

Una realidad que no se puede ocultar

En una editorial reciente de Ari Lijalad en El Destape, se expuso un dato contundente, según en informe de Fundar que tiene el portal Argendata: más del 50% de los hogares mendocinos están utilizando sus ahorros para llegar a fin de mes. La información, basada en relevamientos económicos, ubica a Mendoza en el tope de una lista que también integran La Pampa, Santa Cruz y San Juan. Más atrás aparecen Tierra del Fuego y la Ciudad de Buenos Aires.

Mendoza, si hay miseria, que no se note

Cuatro de cada diez familias, en promedio, están sobreviviendo con lo que alguna vez lograron guardar.

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Del bienestar al "colchón"

Mendoza fue -y en parte sigue siendo- una provincia que supo construir bienestar. Familias que accedieron a un auto, a una vivienda, a vacaciones, a una mejora concreta en su calidad de vida. Ese crecimiento no fue casual: se apoyó en políticas nacionales, especialmente durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.

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Hoy, ese mismo capital se transforma en un "colchón" que se achica día a día.

Bajo la gestión de Javier Milei a nivel nacional y Alfredo Cornejo en la provincia, el ajuste impacta de lleno en la vida cotidiana. Y aun así, buena parte de la sociedad sostiene su nivel de vida apelando a ahorros, créditos o endeudamiento.

Más del 50% de los hogares mendocinos vive hoy de sus ahorros. El problema ya no es la crisis: es cuánto tiempo más se puede disimular.

La cultura de la apariencia

Se configura entonces una escena conocida: sostener lo insostenible. En la jerga popular, vivir por encima de las posibilidades. En palabras más crudas: aparentar.

En algunos lugares se lo dice sin rodeos: "ser careta".

Y ahí es donde la frase vuelve, pero ya sin humor:

Si hay miseria, que no se note.

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Una pregunta incómoda

¿Qué pasará cuando ese ahorro se termine?

¿Qué ocurre cuando ya no haya margen para sostener la ilusión?

Hay algo más profundo que la economía en juego. Algo cultural, incluso psicológico. Una lógica que, a veces, parece indicar que se prefiere estar peor uno mismo con tal de que al otro no le vaya mejor. Una idea que rompe con cualquier noción de comunidad, de empatía, de proyecto colectivo.

Clase media: resistencia, esfuerzo y negación

Hay una aparente resistencia a sostenerse, como dé lugar, dentro de una "clase media" que muchas veces es más aspiracional que real. Se hace un esfuerzo enorme, se ajusta en silencio y no se expresa el malestar; hay una suerte de adormecimiento que merece ser analizado sociológicamente.

Mendoza, si hay miseria, que no se note

En ese contexto, no resulta difícil pensar que, ante un escenario electoral  , buena parte de esos sectores quizás volvería a acompañar a Javier Milei o Alfredo Cornejo, aun cuando eso implique desatender a los más desamparados.

La paradoja es clara: si esos sectores vulnerables fueran incluidos, dejarían de ser una carga para convertirse en motor. Podrían incorporarse a la economía, dinamizar el trabajo, el comercio y la construcción. Pero cuando se excluye, lo que ocurre es lo contrario: cada vez más personas quedan afuera, y esa supuesta clase media que se intenta sostener comienza, lentamente, a desdibujarse.

A veces, pretender pertenecer a una clase media que ya no se habita termina produciendo lo contrario: en ese esfuerzo por sostener una identidad que no se corresponde con la realidad, muchos terminan convirtiéndose, silenciosamente, en desclasados.

El desafío que viene

Tal vez sea momento de revisar no sólo números, sino también valores. De pensar el voto desde la empatía, desde la solidaridad, desde la posibilidad de construir un bienestar compartido.

Porque si el presente se sostiene con el pasado, pero el futuro no aparece, el desenlace es inevitable.

Y entonces, ya no habrá humor que lo explique.

Mendoza hoy parece decirlo en silencio.

Manso careta.

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