El algoritmo y la billetera ajena , la pobreza que cada vez esta mas cerca.
Sostienen que la economía global ya no se organiza solo por mercados, sino por algoritmos que moldean consumo, trabajo y percepciones. En ese proceso, la riqueza se concentra y las mayorías pierden margen de decisión, incluso sin advertirlo.
Mientras el mundo celebra la innovación, ellos advierten que la riqueza se concentra como nunca antes, y que detrás de cada clic hay una transferencia silenciosa desde las mayorías hacia un puñado de gigantes.
Miran el mundo y no ven casualidades. Ven patrones. Ven que, mientras millones discuten cómo llegar a fin de mes, un grupo cada vez más reducido acumula niveles de riqueza que hace apenas décadas parecían imposibles.
Los números son contundentes.
La población mundial estimada supera los 8.000 millones de personas. Dentro de ese universo, los milmillonarios -personas con patrimonios superiores a los 1.000 millones de dólares- son apenas unos 2.600 individuos, según informes de Oxfam y rankings internacionales.
Eso representa aproximadamente el 0,00003% de la población mundial.
Una porción insignificante desde lo estadístico.
Pero determinante desde lo económico y lo político.
Porque no se trata de cuántos son. Se trata de cuánto concentran.
El poder ya no necesita estructuras tradicionales. Tiene plataformas.
Ahí aparece Mark Zuckerberg, al frente de Meta Platforms, controlando Facebook, Instagram y WhatsApp. Millones de interacciones diarias pasan por sus sistemas, donde cada comportamiento se registra, se analiza y se transforma en información valiosa.
Sigue Jeff Bezos, creador de Amazon, que convirtió el consumo en un circuito perfecto de datos: cada búsqueda, cada compra, cada preferencia.
Y aparece Elon Musk, con Tesla y SpaceX, participando de la infraestructura tecnológica que define el presente.
En América Latina, el esquema se replica. Marcos Galperin con Mercado Libre integra comercio, pagos y financiamiento. Mientras tanto, aplicaciones como Uber, Cabify y PedidosYa reorganizan el trabajo: lo fragmentan, lo flexibilizan y muchas veces lo precarizan.
No hace falta moverse para participar de millones de transacciones.
Alcanza con administrar el sistema.
Y el sistema ya no solo organiza la economía.
Organiza la vida.
El algoritmo sugiere qué comprar, qué comer, qué ver. Aprende hábitos, anticipa decisiones y reduce el margen de elección real. Cada clic alimenta una estructura que se perfecciona constantemente. No impone. Induce.
Y en ese flujo constante, donde todo parece natural, se produce una transferencia silenciosa: desde millones de usuarios hacia un puñado de plataformas.
Después bajan la discusión a tierra.
A lo que cualquiera puede ver un sábado en Mendoza.
Un shopping lleno, un patio de comidas ocupado, bolsas en las manos, mesas completas. La escena construye una idea inmediata: "no estamos tan mal".
Pero los números vuelven a ordenar la mirada.
Mendoza tiene cerca de 2 millones de habitantes.
Un centro comercial colmado puede reunir, en un buen momento, entre 2.000 y 3.000 personas.
Eso representa apenas alrededor del 0,1% de la población.
Una minoría visible que genera una percepción general.
Mientras tanto, hay cientos de miles que no están ahí: trabajadores que perdieron poder adquisitivo, profesionales que retrocedieron, personas mayores de 40 años fuera del sistema formal, jóvenes atrapados en esquemas laborales inestables.
Entonces, lo que parece prosperidad , en realidad, es concentración.
Lo mismo que ocurre a escala global con esos 2.600 milmillonarios se replica en escala local: pocos con capacidad de consumo visible, muchos ajustando en silencio.
Y en ese contexto aparece la discusión política.
Porque no es neutral quién gobierna ni para quién gobierna.
Mencionan a Javier Milei como expresión de un modelo que prioriza la desregulación y el alineamiento con grandes capitales. Y advierten que, en lugares como Mendoza, sectores que se auto perciben como clase media terminan acompañando políticas que deterioran sus propias condiciones.
Docentes, médicos, profesionales independientes: no forman parte de ese 0,00003% global ni de las élites económicas locales.
Sin embargo, muchas veces votan como si lo fueran. Ahí está la tensión.
Insisten en algo básico pero incómodo: entender cómo funciona el mundo antes de decidir.
Porque mientras alguien elige una marca de gaseosa o una hamburguesa, hay sistemas que ya condicionaron esa elección. Y mientras cree que decide libremente, el margen se achica. No hablan de conspiraciones. Hablan de estructuras. Y cierran con una imagen clara:
Un shopping lleno no representa a Mendoza.
Como 2.600 milmillonarios no representan al mundo.
Pero ambos alcanzan para sostener una ilusión.
Que el sistema funciona para todos. Cuando, en realidad, funciona cada vez mejor para menos.
Entonces, dicen, todo termina siendo más simple de lo que parece.
Si el mundo avanza hacia una concentración cada vez mayor, si el algoritmo ordena la economía y condiciona la vida cotidiana, entonces la política deja de ser un detalle y pasa a ser una herramienta de defensa.
Por eso insisten en algo concreto: la importancia de votar dirigentes que no representen a esos sectores concentrados, sino que estén dispuestos a enfrentarlos.
Mencionan a Cristina Fernández como un ejemplo de confrontación con esos intereses, y señalan que hoy se encuentra con prisión domiciliaria, en un contexto que interpretan como consecuencia de haber tensionado con esos poderes.
Y advierten que lo mismo se replica en Argentina y también en Mendoza.
Porque, dicen, la clase media tal como se la conocía está en retroceso. Y en ese escenario, la discusión deja de ser ideológica para volverse concreta: se trata de quién representa a las mayorías y quién administra la concentración.
En definitiva, sostienen, para que puedan subsistir los sectores medios y bajos, la clave sigue siendo la misma de siempre.
Elegir bien quién los representa , defenderlos y no darles la espalda .







