Por Ariel Robert, director periodístico de PORTADA.com.ar.

Que las palabras juegan delante de nosotros, se visten y desnudan según el momento; que modifican la acción o la promueven; que le señalan el sentido a la historia y después tienen la capacidad de malversarla, estoy seguro. Pocos se atreverán a negarlo, aunque presiento que muchas y muchos serán impiadosos contra este periodista, por lo que voy a manifestar.

Hoy deberíamos conmemorar al día de la Argentina.

Me atengo a lecturas, narraciones concretas, relatos familiares, susurros, críticas, opiniones y algunos textos de historia, pero lo confirmé hace años cuando vi una obra cinematográfica enorme –bellísima en lo estético y contundente en lo documental- “Sinfonía de un Sentimiento”. Casi seis horas recogidas, seleccionadas, pensadas, editadas y dirigidas por Leonardo Favio, uno de los directores de cine más interesante de la Argentina y del Mundo. Ahí pude saber qué significó aquél 17 de octubre, 76 años atrás.

Personas y más personas, mujeres jóvenes, maduras y viejas. Obreros y trabajadores. Todas y todos movilizados con el firme propósito de liberar a su líder y de sentar presencia en una plaza que les había sido ajena demasiados años.  Refrescarse sin imposturas en la fuente, gritar, cantar y algo que parece apagarse con la fuga del tiempo: reír

Apenas 65 días antes de ese hecho fundacional de la Argentina, una segunda bomba atómica aniquilaba a más de 50 mil humanos en Nagasaki, Japón.

Los 19212 kilómetros de distancia entre Buenos Aires y aquella ciudad devastada no alcanzan a describir las diferencias del momento. Un país debió inclinarse y renunciar a su soberanía, merced a la desproporción de fuerza y a la ausencia de toda compasión por parte de “los aliados”, y aquí, el Pueblo empezó a formar parte de la discusión política, en paz, con alegría, estableciendo por primera vez una alianza de la que nadie, ningún sector, ninguna persona quedaba excluida, excepto por voluntad propia. Y el sojuzgamiento del pueblo japonés ante sus nuevos emperadores de atuendos democráticos fue exactamente al revés que el fenómeno social argentino. Me refiero a la obtención de derechos para los que hasta entonces carecían siquiera de consideración mínima.

Una máxima laica (humorística) dice que el incumplimiento de los mandamientos no obedece a desórdenes morales, afirma que el problema es que son demasiados para memorizar. Precisamente por eso es que acudimos a la síntesis de esa jornada porteña de 1945 evocando los propósitos explícitos que abreviaba Perón, así: soberanía política, independencia económica y justicia social.

En ninguno de estos enunciados aparece una palabra que tal vez sea una de las más usuales y a la vez más esquiva: libertad.

Resulta inevitable pensar que, en un acto multitudinario, volitivo, del que participaron centenas de miles en un país que por entonces cobijaba a poco más de 15 millones, es un grito de libertad más tremendo que las recurrentes llamadas revoluciones. Palabras que se ausentan de sus butacas reservadas según quien maneje la taquilla. Vaya como demostración otro término que no se asocia con merecida frecuencia a las crónicas del 17 de octubre: revolución.

El acontecimiento ocurrido hace siete décadas fue el disparador de un Orden político y distributivo muy diferente a lo heredado, tanto que incorporó en el juego al 50% de la población, excluida hasta el momento (mayoría ignorada también en la elogiada ley de voto inspirada por Roque Sáenz Peña) Las mujeres. La mujer.

Un juego de palabras, un juego que provoca consecuencias inesperadas, o no. Esa jornada fue la acción del Pueblo que logró invertir el concepto que plasmó el intelectual Sarmiento, de manera inversa. Domingo Sarmiento caratuló a lo foráneo como “civilización” y a lo propio, o sea a quienes aquí vivían como “bárbaros”, exactamente al revés de sus significados genuinos.

Este acontecimiento revirtió el modelo imperante. Para espantar dudas basta con repetir aquella escena que tiene por protagonista a Robustiano Patrón Costas, emblema del segregacionismo nacional, en la cual dijo: “Lo que yo nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía. Discutía!”

Palabras y miradas. Palabras que luego, histriónicas e hipócritas, funcionaron como constructo perverso. Revolución Libertadora en vez de golpe cruento, asalto al poder institucional. Meses antes, militares insurrectos, aviadores asesinos y cómplices inescrupulosos habían bombardeado sobre Plaza de Mayo, sobre la población civil. ¿no les cabe la categoría de “terroristas”? ¿tendremos la voluntad necesaria para preguntarnos por qué no fue ese el adjetivo para aquellos asesinos?.

Engordan y se inflaman, puede sorprendernos, pero las palabras son así. De la misma manera tienen la capacidad de adelgazar y disminuir su espesor. Cambian. Crecen, se achican. Se esconden. Buscan subterfugios. Adelgazan. Muchas veces se someten al riguroso silencio. Otras, quedan atrapadas en las bocas, temerosas de salir y de ser torturadas.

Festejar es una de las palabras que no tiene demasiadas acepciones. Hoy debería estar presente en miles de lugares.  Porque hay suficientes motivos. Porque es el día de la Madre.

Hoy es un día propicio para ahuyentar los eufemismos, para pensar en el otro, para admitir al distinto y para celebrar algo que no hemos podido conseguir (me corrigen: no hemos sabido conseguir) La Lealtad. Celebrar no por su ausencia si no por coincidir en su necesidad.

Lealtad es tener apego a la Ley. Es cumplir los compromisos asumidos. Y esto, mal que nos pese, no se lo podemos atribuir a adversarios ni a enemigos circunstanciales, debemos aprehenderlo nosotros y nosotras. Debemos asumirlo como una deuda y trabajar para saldarla.

Tenemos la oportunidad. Sólo hay algo peor para el humano que ser esclavo, lo más grave es querer serlo. Pensarnos en este día como protagonistas políticos, y actuar en consecuencia, ejerciendo nuestros derechos y cumpliendo nuestros compromisos también puede ser un buen regalo para esta Madre común a la que -unos menos y otros más- amamos: la Argentina.