Argentina, un país en crecimiento
Un oxímoron tan grande como nuestro país: la Argentina que presume crecimiento mientras crecen la pobreza, la incertidumbre y la certeza amarga de que el esfuerzo ya no alcanza.
"Crescendo" es el nombre del célebre y amargo poema satírico que el artista conceptual Federico Manuel Peralta Ramos recitó en el programa televisivo de Tato Bores, utilizando la ironía para describir la crisis estructural de Argentina.
Más ajuste, menos Estado: salud, educación y obra pública entre los sectores más afectadosEl universo de Tato Bores. Aquel que podía mirar a la Argentina con una mezcla precisa de absurdo, lucidez y resignación. En esa tradición, donde la realidad nacional parecía siempre más exagerada que cualquier guion, el título "Argentina, un país en crecimiento" funciona menos como promesa que como ironía. Porque hay épocas en las que los datos no explican la realidad: la desnudan. Y hay otras, más fatigosas todavía, en las que la historia vuelve a repetirse con una obstinación casi pedagógica. Lo curioso -o lo triste- es que suelen repetirse con mayor virulencia las cosas malas. Será falta de memoria, o tal vez un disco rígido nacional saturado de estupideces; lo cierto es que la historia insiste en golpearnos, una vez más, para recordarnos lo otarios que podemos ser.
Las ideas no se matan; a veces se repiten. Se repite un modelo socioeconómico. Se repite la moda. Se repiten también ciertas conductas humanas -con más o menos humanidad, según los ciclos históricos-. Podemos corroborarlo en los libros de historia, pero también en la música. Las letras de tango escritas hace un siglo conservan una vigencia asombrosa porque retratan respuestas humanas universales ante la crisis económica, la soledad urbana y la degradación moral: dinámicas que hoy reaparecen, con otros nombres, en la sociedad contemporánea. A fines de la década de 1920 y comienzos de la de 1930, autores como Enrique Santos Discépolo capturaron un sentimiento de desesperanza que dialoga con la incertidumbre del siglo XXI. El tango y la televisión política de los monólogos de Tato Bores cumplen, en ese sentido, una misma función social: actúan como recordatorios brutales de que la historia gira en un bucle persistente, repitiendo crisis y conductas bajo diferentes disfraces.
Informe de CAME: las ventas minoristas pyme cayeron 1,2% en mayo y acumulan una baja del 3,1% en 2026Mientras el tango le cantaba al dolor individual y social con dramatismo, Tato Bores usó el humor político para diagnosticar un país atrapado en el tiempo. El paralelismo entre ambos lenguajes demuestra que cambian las plataformas, pero el ciclo permanece: al ciudadano común se le exige siempre el mismo sacrificio económico, envuelto en la promesa de un futuro mejor que rara vez llega.
Tal vez por eso la poesía de arrabal siempre fue una de las formas más adecuadas para describir la realidad argentina: porque dice con belleza brutal lo que las estadísticas apenas ordenan en columnas.
Las palabras volcadas en estas líneas no son palabra santa, pero le aseguro, querido lector, que este viejo cronista ha recorrido varias crisis. Y vea usted si la historia no se repite, que aquella poesía de hace cien años parece estar hablando de lo que sufrimos por estos días. Está la mina que se fue, aquella de Pascual Contursi en Mi noche triste, cuando escribía: "Cuando voy a mi cotorro y lo veo desarreglado, todo triste, todo empolvado, me pongo a llorar por vos". Cambian los tiempos, pero permanece la sensación de pérdida. Hoy ya no se trata solamente de una mujer ausente: también se fueron derechos, certezas, poder adquisitivo y promesas que dejaron habitaciones vacías en la memoria colectiva.
"Al mundo le falta un tornillo" Julio Sosa
Desde esa clave de lectura, la Argentina de 2026 es, efectivamente, un país en crecimiento. Allí reside la paradoja, casi perfecta en su crueldad: el título suena optimista, pero los datos se encargan de corregir el entusiasmo.
Crece la pobreza.
Crece la indigencia.
Crece la distancia entre los salarios y el costo de vida.
Crece la cantidad de trabajadores que tienen empleo pero siguen siendo pobres.
Crece el desempleo.
Crece el endeudamiento de las familias.
Crece la incertidumbre.
Crece el desencanto.
Crece la sensación de que el esfuerzo ya no alcanza.
Durante los últimos meses hemos repasado informes económicos, fiscales, productivos y sociales; también encuestas de opinión pública, datos de consumo, exportaciones, empleo, salarios, ejecución presupuestaria y cuentas provinciales. La conclusión es inquietante: los números pueden discutirse y las interpretaciones también, pero hay una tendencia que atraviesa casi todos los indicadores vinculados con la vida cotidiana. La sociedad argentina está haciendo cada vez más esfuerzo para obtener cada vez menos resultados. Una fórmula admirable, si se la mira desde el absurdo; demoledora, si se la mira desde la mesa familiar.
Informe de CAME: las ventas minoristas pyme cayeron 1,2% en mayo y acumulan una baja del 3,1% en 2026Los salarios públicos mendocinos, por ejemplo, acumulan más de una década de deterioro frente a la inflación. Las ventas minoristas muestran consumidores cautelosos, que compran menos y eligen qué necesidad postergar. Las economías regionales están colapsadas y con menos rentabilidad. Las provincias, cada vez más ahogadas, dependen crecientemente de recursos nacionales. Y el gobierno nacional celebra variables macroeconómicas que difícilmente logran traducirse en alivio para los bolsillos argentinos.
Mientras tanto, las encuestas reflejan una ciudadanía atravesada por una contradicción permanente: descontenta con su presente, preocupada por su futuro y cada vez más desconfiada de quienes prometen soluciones.
Argentina crece.
El problema es que gran parte de lo que crece son precisamente aquellas cosas que una nación debería intentar reducir.
Por eso, el enunciado "Argentina, un país en crecimiento" funciona como un oxímoron perfecto. La palabra crecimiento evoca riqueza, inversión, empleo y bienestar. Pero la realidad argentina subvierte el término: lo que se expande con mayor persistencia es la vulnerabilidad, la incertidumbre, el endeudamiento familiar.
Leído de ese modo, el crecimiento argentino ya no remite necesariamente a inversión productiva, empleo formal o poder adquisitivo real. Remite, más bien, a otra clase de expansión: la de los costos que destruyen el ahorro familiar, la del empleo informal y las changas que reemplazan la estabilidad, la de una canasta alimentaria cada vez más difícil de lograr. Lo que retrocede es aquello que debería sostener una vida digna; lo que avanza es aquello que obliga a vivir en defensa permanente.
Ese es el saldo de la pérdida sufrida: menos salario real, menos previsibilidad, menos estabilidad, menos ahorro, menos consumo y menos confianza en que el esfuerzo cotidiano pueda devolver algo parecido a futuro. No se trata solamente de una estadística adversa, sino de una experiencia acumulada de retroceso que atraviesa la mesa, el trabajo, la compra diaria y la conversación familiar.
Por eso, después de revisar los datos, vuelve el tango. No como adorno sentimental, sino como síntesis exacta de una época que perdió demasiado y aun así debe seguir haciendo cuentas para llegar al día siguiente. En el país que se dice en crecimiento, el puchero sigue demasiado alto, el mango sigue sin aparecer y la tristeza, con otras palabras, vuelve a rimar con la realidad.