El peronismo en su laberinto: entre el dedo, los "outsiders" y la urgencia de volver a las urnas

Mientras el gobierno nacional profundiza un modelo de obsecuencia hacia los centros de poder financiero y un alineamiento bélico ajeno, el peronismo se encuentra en una encrucijada histórica. La identidad del movimiento, forjada en la independencia económica y la soberanía política, hoy se ve tensionada por una interna que no solo disputa nombres, sino la capacidad de aprender de los errores del pasado para frenar el avance de la derecha.

Hernán Ansuini
Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

Para que el peronismo vuelva a ser una opción de poder real, es imperativo no tropezar con la misma piedra que desgastó la gestión de 2019-2023. El error del tutelaje y el bache de autoridad generado por una coalición donde las presiones internas y el "fuego amigo" paralizaron la gestión, dejaron un vacío que hoy ocupa un proyecto de entrega de soberanía. En este escenario, la discusión entre la organización liderada por Máximo Kirchner y el gobernador Axel Kicillof debe zanjarse de una vez por todas a través de las elecciones PASO. El peronismo debe abandonar la práctica del "dedo" que ungió candidaturas como las de Daniel Scioli y Alberto Fernández; una metodología de bendición verticalista que hoy amenaza con repetirse en al figura de Sergio Uñac como el tercer elegido por Cristina Kirchner, en claro detrimento de la figura de Kicillof.

La interna debe madurar bajo una premisa democrática básica: el que gana conduce y el que pierde acompaña. No se puede liderar el motor de la resistencia bajo la lógica del "permiso" o el reclamo constante de facturas por el pasado. La unidad debe ser por programa y no por supervivencia, entendiendo que cada minuto gastado en "marcar la cancha" internamente es un tiempo regalado al oficialismo nacional para rifar los recursos estratégicos del país. El enemigo real es el modelo que busca convertir a la Argentina en un satélite decrépito de Washington; por ello, no hay lugar para mezquindades que prioricen sellos organizativos por encima del destino de millones de argentinos. La lección debe ser aprendida: el poder se ejerce para transformar la realidad y se legitima en las urnas, no para cobrar deudas de lealtad ni para sostener designaciones arbitrarias en medio de una emergencia nacional.

Como respuesta a esta crisis de conducción, diversos sectores han comenzado a tejer alianzas con figuras extrañas a la liturgia tradicional, buscando, como dice el dicho popular, "sacar un clavo con otro clavo":

Dante Gebel

Es un influyente conferencista y pastor radicado en EE. UU. que ha consolidado un perfil mediático masivo. Gebel ya mantiene reuniones con el gobernador Martín Llaryora y cuenta con el respaldo de Juan Pablo Brey (Aeronavegantes), quien impulsa su figura dentro de la CGT. Aunque carece de antecedentes en la gestión pública, su perfil de "outsider" seduce a quienes buscan una renovación drástica.

Victoria Villarruel

La vicepresidenta despierta un interés inusual en el peronismo ortodoxo por su perfil nacionalista. Guillermo Moreno ha llegado a decir que la votaría en 2027, viendo en ella una impronta doctrinaria justicialista. Sergio Berni y José Mayans también han tendido puentes. Su cercanía con gobernadores como Ricardo Quintela refuerza la imagen de una dirigente con la que el peronismo federal cree poder dialogar.

Pichetto - Moreno

Miguel Ángel Pichetto y Guillermo Moreno gestionan una reorganización nacionalista. Mientras intentan atraer a figuras como Sergio Massa, excluyen enfáticamente a Axel Kicillof. Moreno no ahorra insultos para el gobernador, tildándolo de "chanta", "inútil" y criticando su "Estado presente" como una "cantinela", advirtiendo que Kicillof no tiene la legitimidad necesaria para conducir el movimiento.

Esta tendencia a buscar soluciones en vidrieras ajenas solo desdibuja la identidad de un movimiento que parece haber olvidado su propia melodía. Al intentar amalgamar posturas irreconciliables con la doctrina original en pos de un pragmatismo electoral desesperado, el peronismo corre el riesgo de convertirse en un pastiche irreconocible; en esa mezcla rara de Museta y de Mimí.

La rebeldía como identidad: el peronismo frente al espejo de su historia

El peronismo ha sido definido de muchas formas: desde el "hecho maldito del país burgués"(1) hasta el freno a cualquier alternativa al orden capitalista. Su complejidad es tal que abarca desde López Rega hasta las tendencias revolucionarias, pasando por el sindicalismo tradicional. En definitiva, parece haber tantos peronismos como personas dispuestas a llamarse peronistas. Sin embargo, más allá de los nombres -Menem, Kirchner, Moyano o Kicillof-, hoy atraviesa una situación dramática donde lo excepcional se ha vuelto paisaje.

El peronismo en su laberinto: entre el dedo, los "outsiders" y la urgencia de volver a las urnas

La historia del peronismo es la historia de su resistencia a la domesticación. Cada vez que el movimiento se negó a someterse al orden democrático-liberal oligárquico, sobrevino la persecución. El decreto 4161(2) y los 18 años de proscripción tras el 55 fueron un apartheid político que intentó borrar nombres, símbolos y libros. Luego, los intentos de captación buscaron fabricar un "peronismo sin Perón": un movimiento pactista, racional y dócil a los intereses externos.

Pero lo mejor del peronismo es, precisamente, su falta de "racionalidad oligárquica". Es un hecho cultural y tumultuoso. Por eso, la versión que no se somete es siempre la más atacada. Lo vimos en el 76, con miles de obreros y militantes desaparecidos o presos, y lo vemos hoy con la persecución y proscripción a sus figuras más relevantes.

Resulta sintomático que los "escribas del régimen neoliberal" coincidan hoy con el diagnóstico de Videla: la idea del peronismo como un "mal a extirpar". Frente a esa visión, el peronismo -con todas sus contradicciones- sigue incubando una posibilidad democrática: que los excluidos sean sujetos políticos. El problema actual no es solo la persecución externa, sino la tibieza interna de quienes, llamándose justicialistas, terminan siendo la "rueda de auxilio" de políticas neoliberales. El PJ puede ser un sello vacío o una herramienta de lucha; eso depende de si conserva su carnadura, su doctrina y su militancia.

El peronismo atraviesa hoy una de esas encrucijadas que definen no solo su presente, sino su razón de ser. En tiempos donde las estructuras partidarias suelen diluirse en la burocracia, cabe preguntarse dónde reside el "verdadero" peronismo. La respuesta no se encuentra necesariamente en una ficha de afiliación ni dentro de las paredes del Partido Justicialista, sino en una característica genética que lo ha marcado desde su origen: la rebeldía.

La historia argentina es implacable en su pedagogía: cada vez que el movimiento decidió no ser rebelde, terminó transformándose en un espejo de su enemigo. Las veces que el peronismo aceptó arrodillarse ante el poder de turno, se convirtió apenas en una variante más de esa oligarquía que decía combatir. No hay medias tintas en esta dinámica; o se es la voz del "hecho maldito" o se es la rueda de auxilio de un sistema que busca la exclusión.

Es innegable que levantar las banderas de la justicia social tiene un precio. Lo sabemos por los archivos y por la piel: cárcel, proscripciones y desapariciones. Defender la dignidad de los de abajo genera problemas porque altera un orden que se pretende inamovible. Sin embargo, para llamarse peronista, hay imperativos éticos que no se pueden eludir.

El primero es la memoria activa. No se trata de una nostalgia vacía por el 17 de octubre o una repetición mecánica de las 20 verdades, sino de un ejercicio cotidiano de soberanía política. Ser peronista hoy significa rendir un homenaje permanente al coraje de quienes sostuvieron el nombre y la identidad cuando todo el sistema -político, cultural y económico- operaba para extirpar al movimiento del escenario nacional.

Ese deseo de "extirpación" no es nuevo. Lo verbalizó con brutalidad Jorge Rafael Videla y lo repiten hoy, desde el mismísimo Presidente ("voy a clavar el último clavo al cajón del peronismo"), y los predicadores del desaliento que dominan el discurso en los medios masivos de comunicación con lenguaje más sutil pero igual de dañino. El objetivo es el mismo: convencer al pueblo de que no hay alternativa, de que la sumisión es la única vía y de que el peronismo es un error del pasado que debe ser corregido.

Ante este avance de la racionalidad oligárquica, la única respuesta válida es la organización y la participación. La identidad peronista se valida en la resistencia a la domesticación. Si el movimiento se vuelve dócil, pierde su carnadura; si se vuelve pactista, pierde su alma. En un contexto de persecución a sus figuras y de asfixia a sus bases, la verdadera militancia es aquella que se rebela ante el guion que el poder económico ha escrito para la Argentina.

  1. Al peronismo se le llama el «hecho maldito del país burgués» por la frase de John William Cooke, reflejando cómo el movimiento irrumpió en 1945 para empoderar a la clase obrera, alterando el orden conservador y la estabilidad de las clases dominantes tradicionales («país burgués»). Representó una mística popular que cuestionaba el statu quo, generando profunda resistencia por parte de las élites, que lo veían como una anomalía a eliminar de la política argentina.
  2. El Decreto-ley 4161/56, firmado el 5 de marzo de 1956 por el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, fue una norma fundamental de la dictadura "Revolución Libertadora" diseñada para proscribir al peronismo y "desperonizar" la sociedad argentina. Prohibió símbolos, imágenes, marchas y la mención de líderes peronistas bajo penas de prisión. 
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