«La suspensión de las clases presenciales y el desplazamiento de la enseñanza a los hogares puso en primer plano la realidad de los estudiantes. El desafío hoy es construir un sistema educativo para todos». Para Silvana Corso, el cimbronazo del coronavirus agotó los discursos que se usaban para justificar la exclusión. 

«El 16 de marzo del año pasado hubo un corte abrupto, sin tiempo para pensar: de un día para otro las clases que conocíamos dejaron de existir. Como se pudo, la escuela tuvo que reinventarse y, en buena medida, sobrevivió gracias al esfuerzo de sus docentes. Sin embargo, un millón y medio de chicos fueron expulsados del sistema, que ya venía con cifras récord de exclusión. Hoy estamos otra vez ante el abismo, pero existe también una esperanza: aprendimos que la escuela «en pandemia», necesariamente, debe ser inclusiva».

«Hay muchos discursos que se usaban para resistir los procesos de inclusión que se agotaron con la pandemia. Nuestra forma de hacer se volcó de lleno a sostener las trayectorias escolares, haciendo esfuerzos para no perder a ningún alumno, re vinculando permanentemente, rompiendo con las lógicas de tiempo y espacio encorsetadas por el formato escolar»», sostiene Silvana Corso, una de las más destacadas especialistas en inclusión educativa y una de las finalistas en 2017 del Global Teacher Prize, considerado como el «premio Nobel de la Educación».

Silvana Corso.-

 

Aun cuando la matriz homogeneizante de la escuela resiste los cambios, el tsunami del coronavirus parece haber arrasado también con sus discursos: «no puedo», «no estoy preparado», «no hay recursos». Además, al trasladar la educación a las casas, por primera vez a nivel masivo, los docentes visibilizaron el contexto, la realidad de los estudiantes. Tal vez por eso, para Corso, la pandemia sea la puerta de entrada para hacer que la escuela sea para todos.

«Hay discursos que ya no pueden ser sostenidos -subraya Corso-. El primero es el que justificaba la exclusión: «No fui preparado para estos chicos»… Pero tampoco fuimos preparados para la virtualidad (muchos apenas contestaban un correo electrónico) y, sin embargo, la actitud fue salir a buscar esa formación, incluso más allá de los condicionantes («que me dé puntaje, que sea en servicio»)».

«El año pasado vimos participaciones masivas de docentes en los espacios de formación en TIC para buscar herramientas que les permitieran trabajar en una virtualidad que se nos presentó como algo inédito e histórico -enfatiza Corso-. Entonces, esa actitud de «no fui preparado» (que en realidad es «no fuimos preparados para la realidad de la escuela», porque los profesorados siguen construyendo una imagen ideal) nos llevó a plantearnos una cuestión de ética profesional: no podíamos quedarnos de brazos cruzados».

«Otro discurso era «si el sistema no cambia, nosotros no podemos hacer el cambio»… y la verdad es que el sistema se flexibilizó de hecho, como necesitaba, para dar respuesta al contexto -reflexiona Corso, quien dirige la Escuela de Educación Media Nº 2 «Rumania»-. Esa flexibilidad sigue hasta hoy, porque cada escuela se reorganizó con lo que tenía, con propuestas para seguir las trayectorias en la unidad pedagógica 2020-2021. Nosotros hicimos el cambio desde adentro».

«La pandemia también puso en crisis el discursos de la eterna escasez de recursos, y la realidad es que salimos a sostener la escuela sin nada. No está bien, pero lo hicimos los docentes. Al Estado se lo denuncia, pero si no hago nada soy su cómplice -sostiene Corso-. Lo logramos, porque nos hicimos cargo de todas las trayectorias escolares. No nos dio lo mismo perder a los alumnos».

EL REGRESO

La escuela Rumania, del barrio Villa Real, se destaca por recibir a chicos de una extrema vulnerabilidad social, provenientes del barrio Ejército de Los Andes, más conocido como «Fuerte Apache». Su población fue una de las más golpeadas por el virus y por la profunda crisis económica que provocó la extensa cuarentena.

«Todas las desigualdades se profundizaron cuando los chicos se quedaron en sus casa, porque todo depende del apoyo familiar y, muchas veces, las familias no tienen los recursos -materiales, tecnológicos y culturales- para poder hacer los apoyos»», explica la docente, autora del libro «El rol pedagógico del director».

«Para muchos, la escuela es el único lugar donde pueden ser ellos mismos. Con la pandemia, muchos quedaron atrapados en las casa, en situaciones inimaginables, en un contexto que no habilitan el estudio y la concentración -cuenta Corso- Por eso la emoción del primer día de clases fue inmensa. Un alumno de 5to año, que estaba en la fila para que le tomaran la fiebre, me dijo cuando me vio: «Me bañé en hielo por las dudas que por la temperatura no me dejaran entrar»».

«Ni hablemos de conectividad. Es anterior: es el ambiente que se necesita para poder aprender. Para aprender los chicos tiene que ser felices, o por lo menos despejar su mente de su realidad y concentrarse en una posibilidad de cambio. La escuela es una forma de arrancarlos de unos destinos que parecen sellados… Y eso es lo que perdieron de golpe con la pandemia», expresa.

CUANDO DUELE

Rumania también es conocida por ser un faro en la inclusión de alumnos con algún tipo de discapacidad, tal vez uno de los colectivos más invisibilizados en la crisis educativa que atravesamos.

Si antes de la pandemia era difícil eliminar las barreras que impedían su participación, hoy los chicos parecen correr un serio riesgo de exclusión, aunque, sorprendentemente, elegido.

«La verdad es que los chicos con discapacidad no la pasaron «tan mal» como el resto, porque ya tenían recursos: había un equipo detrás. La mayoría contaba con terapias y APND (Acompañantes Personales no Docentes), que en nuestro caso forman parte y están adentro de la escuela. Aunque sea en la virtualidad, los incluíamos en los Classroom como pareja pedagógica con los docentes», explica Corso.

«Aunque a la mayoría de los estudiantes con discapacidad le fue muy bien con el aislamiento, les faltó lo principal: la inclusión social. Muchos de los chicos necesitan del espacio material de la escuela -llegar y ver a sus compañeros-, porque los ordena -reflexiona la especialista-. Además hubo chicos que no toleraron las clases por Zoom y la exposición virtual, por lo que hubo que buscar otros recorridos. Faltó toda la parte social, que es algo a lo que muchas escuelas no le dieron importancia: nosotros hicimos hasta recreos virtuales, porque son tan importante como lo académico».

Uno de los datos más sorprendentes al regresar este año a las aulas fue que la mayoría de los alumnos con discapacidad eligió no volver. Y los que lo hicieron comenzaron a pasar al modo virtual con la escalada de casos de la segunda ola de coronavirus que estamos atravesando.

«Lamentablemente muchos han gestionado la virtualidad solamente apelando al certificado de discapacidad, porque en sus casas están cómodos. Sin embargo, también hay familias que, aunque sus chicos podrían haber sido exceptuados por cuestiones graves de salud, persiguieron a los médicos para que firmaran su regreso… Cuando la escuela aloja, ellos vuelven», cuenta Corso.

«Lo cierto es que muchas escuelas incentivan esa «comodidad»: «quedate en casa, que es mejor», les dicen, porque para ellos es un problema menos. Lo real es que pidieron estar exceptuados, porque en la virtualidad «la escuela no les duele tanto», sostiene la rectora.

«En las escuelas, cuando un niño se desorganiza y es disruptivo, se lo señala, se cita a la familia, se le recortan horas… Todo esto no se da en la virtualidad, pero me pregunto si quedarse en casa no es un retroceso enorme en materia de inclusión», expresa Corso.

«La «escuela duele» por la carencia de herramientas y la falta de disposición hacia el otro: hoy más que nunca hace la falta de poner en valor y propiciar la diferencia -enfatiza la docente-. Si querés que la sociedad cambie su mirada sobre la discapacidad, todos los chicos deben estar en la escuela, porque conviviendo es como se naturalizan formas de relacionarse, las formas de ser y estar en el mundo».

Finalmente, como todo proceso de enseñanza, la pandemia también necesita un espacio de reflexión sobre las propias prácticas. Por eso, para Corso, «lo que habría que hacer ahora es generar una «memoria pedagógica» de lo que hicimos en 2020″.

«Ahora que volvimos al aula, vuelve el oficio, lo que ya sabíamos hacer. Sin embargo, todo lo que aprendimos se puede perder. Las escuelas entendieron que no había otro camino que la inclusión y por eso hace falta un registro escrito de esa experiencia, porque es lo que puede generar el cambio», expresa.

 

 

Fuente: ADOM.-