Cansancio mental, estrés o TDAH: por qué cada vez más adultos dudan y qué dice la ciencia

Irritabilidad, cansancio y falta de foco pueden confundirse con TDAH en adultos. Esta nota explica las diferencias clave y el rol del contexto social actual.

Adrián Characán

En los últimos años, cada vez más adultos se preguntan si tienen TDAH. La dificultad para concentrarse, el cansancio mental, la irritabilidad o la sensación de estar siempre "pasados de rosca" llevan a muchas personas a sospechar de este trastorno. Sin embargo, no todo es TDAH. En una época marcada por la sobreexigencia, la incertidumbre económica y la hiperestimulación, el agotamiento mental suele confundirse con un trastorno que, para ser tal, debe tener raíces claras en la infancia. Esta nota busca explicar qué es realmente el TDAH, cómo se detecta en adultos, con qué puede confundirse, cómo se aborda y qué lugar ocupa el contexto social en su expansión aparente.

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Atención, cansancio mental y una confusión cada vez más frecuente: el TDAH es el Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad. No es una enfermedad en el sentido clásico, sino un trastorno del neurodesarrollo. Esto significa que está vinculado a la forma en que el cerebro se desarrolla y regula funciones como la atención, el control de impulsos y la gestión de la energía mental. No implica falta de inteligencia, no es un problema de carácter ni de voluntad, y tampoco es una condición degenerativa.

Un punto central para entender el TDAH es que no aparece de la nada en la adultez. Para que pueda hablarse de TDAH, los síntomas deben haber estado presentes desde la infancia, aunque no siempre hayan sido detectados o diagnosticados en ese momento. En salud mental, se considera adulto a partir de los 18 años, pero el llamado "TDAH adulto" no es un trastorno nuevo, sino la continuidad de un patrón previo que se expresa de otra manera con el paso del tiempo.

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En la adultez, el TDAH rara vez se manifiesta como hiperactividad visible. Lo más frecuente es que aparezca como dificultad para sostener la atención en tareas prolongadas, tendencia a postergar, cansancio mental rápido, inquietud interna, impulsividad verbal o decisiones tomadas con rapidez y arrepentimiento posterior. Muchas personas con TDAH son funcionales, trabajan, producen y cumplen, pero lo hacen con un desgaste considerable.

Aquí es donde surge una de las confusiones más frecuentes de la época: el agotamiento mental. Vivimos en un contexto de sobreestimulación permanente, demandas constantes, multitarea, presión económica y falta de descanso real. Ese combo produce síntomas muy similares a los del TDAH: distracción, olvidos, irritabilidad, dificultad para concentrarse y sensación de saturación cognitiva. El agotamiento mental no es TDAH, aunque se le parezca. La diferencia clave es temporal: el agotamiento aparece en la adultez; el TDAH viene desde la infancia.

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Detectar un TDAH en la adultez, cuando no fue diagnosticado en la niñez, requiere un trabajo cuidadoso. No alcanza con un test ni con una sensación subjetiva. La evaluación clínica seria incluye reconstruir la historia escolar, familiar y conductual, buscar indicadores consistentes en la infancia, analizar si las dificultades se repiten en distintos ámbitos de la vida y, sobre todo, descartar otras condiciones como ansiedad, depresión, trastorno obsesivo compulsivo o estrés crónico, que suelen explicar mejor los síntomas actuales.

Como orientación inicial, puede utilizarse un test breve de autoevaluación, siempre entendiendo que no diagnostica, sino que orienta.

Mini test orientativo de TDAH en adultos

Responder según los últimos seis meses, usando la siguiente escala:

0 nunca

1 rara vez

2 a veces

3 frecuentemente

4 muy frecuentemente

1 Me cuesta terminar tareas que ya empecé

2 Evito tareas que requieren esfuerzo mental sostenido

3 Me siento inquieto o incómodo incluso cuando estoy sentado

4 Olvido compromisos o fechas importantes

5 Interrumpo o hablo antes de pensar

6 Me siento mentalmente saturado con facilidad

Tres o más respuestas en valores altos indican que puede ser útil consultar con un profesional, no autodiagnosticarse.

El TDAH, por sí mismo, no empeora con el tiempo ni "crece". No es una condición progresiva. Sin embargo, el contexto puede agravarlo.

El estrés crónico, la falta de sueño, la sobreexigencia sostenida y la ausencia de estrategias de regulación emocional pueden intensificar los síntomas y hacer que la vida cotidiana resulte más difícil. Con acompañamiento adecuado, el trastorno puede mantenerse estable y manejable.

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En cuanto a la relación con enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer o Parkinson, la evidencia científica actual es clara: no existe una relación directa ni causal. El TDAH no predispone automáticamente a este tipo de patologías. Lo que sí impacta negativamente en la salud cerebral, tanto en personas con TDAH como sin él, es el estrés sostenido, la privación crónica de sueño y la mala regulación emocional. Cuidar el cerebro no es solo evitar enfermedades, sino preservar funciones a lo largo del tiempo.

El TDAH puede coexistir con otros trastornos, como ansiedad, depresión, trastornos del sueño o consumo problemático de sustancias. En muchos casos no es el eje central del malestar, sino parte de un cuadro más amplio que necesita ser comprendido en su totalidad.

No se puede prevenir el TDAH, porque no se adquiere, pero sí se puede regular. La clave está en construir estrategias sostenibles que reduzcan la sobrecarga mental. Rutinas simples, menor multitarea, descanso real, actividad física regular y ejercicios de regulación fisiológica ayudan a disminuir la activación excesiva.

Ejercicio breve de respiración

Inhalar por la nariz durante cuatro segundos

Retener el aire dos segundos

Exhalar lentamente por la boca durante seis segundos

Repetir entre seis y ocho veces

Este tipo de respiración ayuda a bajar la activación del sistema nervioso y mejora la capacidad de foco.

El contexto social y económico no genera TDAH, pero sí amplifica síntomas. La precariedad, la inestabilidad, la incertidumbre constante y la exigencia permanente deterioran la atención y la regulación emocional incluso en personas sin ningún trastorno previo. Por eso hoy muchas conductas parecen TDAH sin serlo.

En síntesis, el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo, no una enfermedad. Debe estar presente desde la infancia, no conduce por sí mismo a enfermedades neurodegenerativas y no progresa inevitablemente. Puede regularse con estrategias adecuadas y acompañamiento profesional. En una época de cansancio generalizado, distinguir entre TDAH y agotamiento mental es fundamental para no patologizar el malestar ni dejar de atender lo que realmente necesita cuidado.

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