Mendoza, los contenedores y la Argentina rota: cuando la pobreza ya no entra en las estadísticas
Mientras el Gobierno nacional insiste en mostrar estadísticas optimistas y celebrar supuestas mejoras económicas, las calles de Mendoza exponen una realidad completamente distinta: aumento de personas en situación de calle, crecimiento de la mendicidad, contenedores de basura recorridos en busca de comida y una clase media empujada hacia formas de supervivencia que hasta hace pocos años parecían impensadas.
En paralelo, nuevas aplicaciones que permiten comprar alimentos próximos a vencer benefician la rentabilidad de supermercados y mayoristas, pero reducen las donaciones que históricamente sostenían a comedores comunitarios y ollas populares. La provincia, alineada políticamente con el ajuste nacional, acompaña medidas que golpean el consumo, la industria y el trabajo mientras el Fondo Monetario Internacional exige más recortes. Mendoza se convierte así en el espejo brutal de una Argentina que exporta materias primas baratas, destruye su aparato productivo y naturaliza el hambre en un país capaz de producir alimentos para cientos de millones de personas.
Cuando calefaccionarse vuelve a ser un privilegio: el costo que Mendoza podría pagar por perder Zona FríaLa mendicidad crece en las calles mientras el Gobierno festeja números que no se parecen a la realidad
En Mendoza ya no hace falta leer informes técnicos para entender que algo se quebró. Basta caminar unas cuadras. Basta detenerse unos minutos en un semáforo. Basta mirar los contenedores de basura de cualquier zona comercial, incluso de barrios que hasta hace poco pertenecían a una clase media estable. Ahí están las escenas que el relato libertario intenta esconder debajo de una planilla de Excel: personas revolviendo residuos, familias enteras pidiendo, jubilados vendiendo medias, chocolates o bolsas de residuos para completar una comida, jóvenes durmiendo en plazas y trabajadores formales que, aun teniendo empleo, ya no llegan a fin de mes.
Mendoza, los contenedores y la Argentina rota: cuando la pobreza ya no entra en las estadísticas.
Mientras el presidente Javier Milei insiste en hablar de una supuesta recuperación histórica y celebra índices de pobreza que parecen construidos en un laboratorio desconectado del país real, en la Mendoza de Cornejo la sensación social es exactamente la contraria: la pobreza se profundiza, se vuelve visible y se naturaliza.
Los números oficiales muestran una caída estadística de la pobreza en el Gran Mendoza, que según datos difundidos por el INDEC habría descendido al 31,9% durante el segundo semestre de 2025. Pero incluso esos mismos informes reconocen un aumento de la indigencia. Es decir: menos pobres en términos estadísticos, pero más personas que directamente no logran alimentarse correctamente. Mas de 100 mil mendocinos se encuentran en situación de indigencia en el Gran Mendoza.
El gobierno de Mendoza financiará una encuesta sobre las condiciones de vida en la provinciaY ahí aparece la gran contradicción de esta época: el Gobierno puede mostrar porcentajes, pero no puede esconder la calle.
Porque la calle habla. Habla cuando los contenedores empiezan a ser recorridos sistemáticamente por personas buscando comida. Habla cuando aumentan las changas miserables. Habla cuando aparecen nuevas formas de supervivencia. Habla cuando la mendicidad deja de ser excepcional y pasa a formar parte del paisaje urbano.
En paralelo, también crece un fenómeno nuevo y profundamente preocupante: aplicaciones y plataformas que permiten comprar alimentos próximos a vencer a precios reducidos. Presentadas como "innovación", "consumo inteligente" o "economía sustentable", estas herramientas funcionan como un síntoma brutal del deterioro social.
Aplicaciones nacidas en Europa y replicadas en distintos países permiten que supermercados y cadenas mayoristas comercialicen productos cercanos a su vencimiento con descuentos importantes. Para las empresas, significa recuperar rentabilidad sobre mercadería que antes muchas veces terminaba siendo donada a comedores comunitarios, parroquias o espacios de asistencia social. Para miles de familias empobrecidas, representan la posibilidad de acceder a alimentos que de otra manera ya no podrían comprar.
Y ahí aparece otra tragedia silenciosa de la Argentina de hoy: lo que para una empresa es optimización financiera, para un comedor comunitario puede significar menos comida disponible.
El ajuste no cae del cielo. Tiene consecuencias concretas. Cada producto que deja de donarse porque ahora puede venderse barato en una app, es un plato menos en una olla popular.
Claro que para la clase media empujada hacia abajo estas aplicaciones terminan siendo una herramienta de supervivencia. Familias que hace algunos años llenaban changuitos hoy esperan descuentos nocturnos para comprar productos al borde del vencimiento. El deterioro es tan profundo que el mercado ya encontró cómo hacer negocios incluso con la comida descartada.
Lo que hace pocos años parecía una rareza europea, hoy empieza a instalarse en supermercados, panaderías y comercios argentinos: vender productos próximos a vencer con descuentos que van del 50 al 70%.
La más conocida actualmente es Cheaf, una startup nacida en México y fundada por el emprendedor francés Kim Durand. La aplicación desembarcó en Argentina durante 2025 y ya opera con cadenas como Jumbo, Disco y Vea. Su sistema funciona mediante "bolsas sorpresa" o paquetes de alimentos excedentes que todavía están en buen estado, pero que los comercios no lograrían vender antes de su fecha límite.
La lógica es simple: el usuario abre la aplicación, encuentra ofertas cercanas, paga desde el celular y retira el paquete en el local adherido. Según la empresa, ya rescataron millones de kilos de alimentos en distintos países de América Latina.
Otra plataforma que comenzó a ganar espacio es Vencify, una iniciativa argentina enfocada específicamente en productos próximos a vencer. A diferencia del modelo "sorpresa" de Cheaf, Vencify permite visualizar directamente los productos disponibles, reservarlos y retirarlos en comercios cercanos.
También apareció Buen Provecho, una foodtech argentina inspirada en modelos europeos. Su enfoque no está tanto en productos industrializados cercanos al vencimiento, sino en excedentes frescos de panaderías, cafeterías y locales gastronómicos: comida elaborada que sigue siendo apta para consumo, pero que comercialmente ya no puede venderse como "recién hecha".
El antecedente mundial más famoso es Too Good To Go, creada en Dinamarca en 2015 y expandida luego por Europa y Estados Unidos. La aplicación se convirtió en símbolo del "consumo anti desperdicio", aunque también recibió críticas de usuarios que denuncian que algunas empresas terminan utilizando estas plataformas para vender mercadería de baja calidad o muy deteriorada.
En Argentina también existieron otras experiencias como Kigüi, una app local nacida para incentivar la compra de productos de corto vencimiento mediante reintegros y beneficios. Aunque su modelo era distinto, compartía el mismo objetivo: evitar que toneladas de alimentos terminaran en la basura mientras crece la dificultad para llenar la heladera.
El fenómeno deja una pregunta incómoda: en un país productor de alimentos, ¿por qué cada vez más personas dependen de aplicaciones para comprar comida que está a días de vencer? Lo que en Europa apareció como una tendencia ecológica, en la Argentina comienza a transformarse también en una herramienta de supervivencia cotidiana.
Mientras tanto, la dirigencia política mendocina parece vivir en otro planeta.
El gobernador Cornejo y buena parte de los intendentes radicales continúan alineándose con el modelo económico libertario aunque eso implique acompañar medidas que destruyen el consumo, golpean a las pymes y pulverizan el salario.
El intendente Esteban Allasino llegó incluso a celebrar el aumento de las tarifas del gas y el fin de beneficios vinculados a la denominada "zona fría", una medida que perjudica directamente a miles de hogares argentinos en un contexto de pérdida brutal del poder adquisitivo.
En paralelo, el intendente Marcos Calvente enfrenta cuestionamientos por gastos millonarios en carteleria repetitiva y peligrosa por la obra del acceso este y por un estilo de gestión cada vez más asociado al lujo político, tenia su despacho en el hotel Hilton , donde habria gastado casi 800 millones de pesos , mientras la pobreza crece en los barrios y la contaminación de los vecinos de los Corralitos.
Todo esto sucede mientras el Fondo Monetario Internacional continúa exigiendo nuevas reformas: más ajuste sobre jubilados, presión fiscal sobre monotributistas y profundización de políticas de recorte social. este es un claro indicador de que nuestro pais perdio la soberanía económica.
La consecuencia es evidente: el derrumbe del tejido social argentino.
Y en medio de semejante crisis aparece otra discusión de fondo que Argentina nunca termina de resolver: el modelo productivo.
Se repite hasta el cansancio que el país produce alimentos para 400 millones de personas. Pero pocas veces se aclara algo fundamental: gran parte de esa producción está orientada a commodities destinados a alimentar ganado o abastecer cadenas industriales extranjeras.
Argentina exporta naturaleza barata e importa valor agregado caro.
La diferencia es obscena. Una tonelada de soja ronda actualmente entre 225 y 430 dólares según el tipo de cotización y mercado de referencia. En cambio, un automóvil de alta gama como un Mercedes Benz puede valer 80 mil dólares o más pesando aproximadamente lo mismo.
Ahí está la verdadera tragedia argentina: vender toneladas de materias primas para luego comprar tecnología, maquinaria y productos industrializados a precios infinitamente superiores.
Un país serio utilizaría sus recursos naturales para industrializarse, generar trabajo calificado y construir soberanía económica. Transformaría soja en biocombustibles, alimentos elaborados, productos químicos y tecnología. Transformaría el maíz en industria. Defendería el mercado interno. Apostaría a las pymes nacionales.
Pero el modelo actual hace exactamente lo contrario.
La apertura indiscriminada de importaciones destruye comercios, funde industrias nacionales y precariza aún más el empleo. Cada fábrica que cierra es más gente empujada hacia la informalidad, la mendicidad o la dependencia estatal.
Por eso Mendoza duele. Porque detrás de cada contenedor revisado hay una derrota colectiva. Porque detrás de cada jubilado vendiendo medias hay décadas de destrucción económica. Porque detrás de cada chico pidiendo en un semáforo hay una política pública ausente. Y porque mientras todo eso ocurre, el Gobierno sigue festejando estadísticas que no logran ocultar una realidad demasiado visible: la Argentina de Milei podrá mejorar en los discursos financieros, pero en las calles cada vez se parece más a un país quebrado.