La Ciudad de la Luz perdió una que llegó desde Mendoza

A horas de la partida del maestro del arte cinético, Julio Le Parc; el autor de esta nota revive momentos de la inauguración del Espacio Cultural que lleva su nombre y la última gran huella del artista en Mendoza en 2017. Una charla distendida entre los viñedos de Rutini Wines que unió los 11.500 kilómetros entre París y nuestra provincia a través de la memoria del artista con su pueblo. Adiós al genio de la luz.

Como casi todos, cuando nació era demasiado pequeño como para leer si estaba correctamente asentado en el Registro Civil. Tampoco hizo grandes esfuerzos, una vez que aprendió a leer, para supervisar si en la partida de nacimiento estaban bien consignados todos esos datos que aún requieren para formar parte de los padrones

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Su papá era obrero ferroviario, típico de la época, nos referimos a la tercera década del Siglo XX. La mayoría de los ferroviarios tenían trabajos itinerantes.

La estación de Palmira había sido inaugurada en 1883 por el Ferrocarril Andino y en 1928, la prosperidad del tren ya había convertido a esa localidad del este mendocino en un polo multimodal, pero Julio Le Parc, no nació ahí, aunque por persistencia de relatos, homenajes y sorderas voluntarias, sigan insistiendo.

Muchos años después, pero no tantos como para que él no fuera testigo de la admiración y respeto que sentían sus comprovincianos, fue inaugurado el Centro Cultural que lleva su nombre y apellido, Julio Le Parc. Casualmente contiguo a la vieja estación del ex ferrocarril Belgrano. Al Norte.

La construcción, de más de ocho mil metros cuadrados cubiertos, fue iniciativa del gobernador, ex y actual intendente de Malargüe Celso Jaque. La idea previa de construir en ese predio un estadio cubierto para quince mil personas fue reemplazada por este elegante y multifuncional edificio. Una arquitectura desafiante. Un barco en el desierto guaymallino.

Las obras comenzaron durante la gestión del malargüino pero -como parte también de nuestra cultura- debió esperar más tiempo para inaugurarse, aunque no tanto como el Ecoparque que lleva once años de misterios y animales invisibles. Fue en el año 2012, cuando comandaba la provincia Francisco Pérez. La idea de llamarlo "del bicentenario" sonaría anacrónica o anticipatoria, en 2010 fueron los dos siglos de la Revolución de Mayo, y para las dos centurias de la Declaración de la Independencia faltaban cuatro años.

Paco Pérez le otorga al plástico el título de Ciudadano Ilustre de la provincia de Mendoza, lo compromete a volver para la inauguración del centro cultural y le expone los argumentos de bautizar el lugar con su nombre y apellido. La decisión no fue aplaudida por todos, como es de esperar. Hubo mociones para que el centro cultural llevase el nombre del cantante, autor, compositor y genial cineasta Leonardo Favio, otros proponían investir ese complejo cultural con el pseudónimo de Joaquín Lavado: "Quino", y otras propuestas menos solventes. Algunas oposiciones sostenían que el artista era mendocino por nacimiento, pero su formación en Bellas Artes había sido en Buenos Aires y la consagración como exponente del arte cinético, y toda su vida, en Francia.

En 1966 representa a la Argentina en la 33 edición de la Bienal de Venecia y con sus más de cuarenta obras consigue el Gran Premio Internacional de Pintura, el más prestigioso reconocimiento de entonces, acentuando las tensiones de la disputa entre París y Nueva York por liderar la escena del arte contemporáneo. La crítica de entonces apeló a un calificativo amplio para intentar sintetizar a un argentino de París: arte sin fronteras. Dos años después, el Mayo Francés lo tiene como protagonista y es expulsado por algunos meses. Su pronto retorno obedece a la importancia que había cobrado su obra y su figura

Su residencia en Mendoza fue hasta los 14 años, luego partió a Buenos Aires en donde trabajó en diversas actividades no vinculadas al arte y estudió en la Prilidiano Pueyrredón, Escuela Nacional de Bellas Artes. También en el Ernesto de la Cárcova, y a sus 30 años llegó a París, gracias a una beca otorgada por el gobierno galo. Junto a otros contemporáneos conformaron el grupo GRAV, y entre sus propósitos alcanzados puede contabilizarse el de desmitificar al arte, hacerlo vivible, recíproco, comprensible y activo.

En 2012, el 11 de octubre Julio, que había nacido en septiembre, estuvo junto a Quino en la inauguración. El espacio cultural exhibe una de sus grandes obras, la Esfera Roja, compuesta por 2913 piezas de acrílico, perfectamente cuadradas, suspendidas en el espacio. Seis metros de diámetro y la movilidad natural que le otorga estar pendiendo de tanzas, suspendida a más de 4 metros de altura. Verdadero baluarte contar con una obra de Le Parc de manera permanente, privilegio que compartió con el Museo Nacional de Arte Contemporáneo Francés, más conocido como centro cultural Pompidou, refugio de la vanguardia de las artes visuales de los siglos XX y XXI

En 2017 regresó con su hijo Yamil, para presentar un vino concebido por el enólogo Mariano Di Paola, caldo que lleva por nombre "Antología Julio Le Parc

En esa ocasión, en Rutini Wines, en Tupungato, quien esto firma tuvo la oportunidad de charlar distendido con el artista y recordar a su colega Edgardo Robert, quien también experimentó el arte óptico y el arte cinético, y a pesar de los 11.500 kilómetros que separan a París de Mendoza; de la fama y de los reconocimientos, los unía algo más que un intención estética: el afecto por la comunidad y la ética a través del arte.

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Y como anécdota insustancial ¿o no?, en esa oportunidad no menos de tres veces se encargó de explicar que había vivido en Palmira y sentía gran afecto por ese lugar, pero que no era su lugar de nacimiento. Una cabal demostración que no sólo la inteligencia artificial generativa es persistente en desobedecer y malversar la historia.

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