Mi Presidente es un dibujo

Datos de actividad, consumo y empleo reflejan un escenario recesivo con impacto social creciente. La inflación sigue siendo el eje del modelo, pero la economía real muestra signos de desgaste. Cierre de empresas, caída industrial y pérdida de poder adquisitivo tensionan el clima social.

Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

La economía argentina atraviesa un punto crítico: inflación persistente, caída de la producción, cierre de empresas y deterioro del consumo. Los datos muestran una recesión profunda con impacto en empleo e informalidad. El modelo económico prioriza la estabilidad macro, pero enfrenta tensiones sociales crecientes. La incertidumbre se consolida como eje del escenario económico 2026.

Por cuarto mes, los salarios volvieron a perder contra la inflación

El abismo como destino: el punto de inflexión de la era Milei

Digamos las cosas como son: Argentina ha cruzado un umbral. El aire social se siente distinto y la sensación térmica en la calle sugiere que las cosas ya no volverán a ser como antes. El Gobierno de Javier Milei atraviesa su propio punto de inflexión, aferrado a un único salvavidas que intenta inflar con desesperación: la inflación cero. Es, quizás, el último recurso que le permitiría "subir como pedo de buzo" a la superficie, aunque sea solo para tomar un suspiro de aire antes de que la presión de la realidad lo vuelva a sumergir.

El presidente de Argentina, Javier Milei; junto a Karina Milei, Patricia Bullrich, Luis Caputo, Manuel Adorni. | Imagen generada por IA.

No debemos olvidar que la estabilidad de precios fue la promesa central de campaña, tanto como la lucha contra la casta, ese contrato sagrado por el cual el pueblo argentino está aceptando un sacrificio económico sin precedentes. Pero detrás de la frialdad de cualquier dígito inflacionario que el oficialismo desea exhibir como un trofeo de guerra, la gestión hace agua por todos lados.

El último informe del INDEC funciona hoy como un espejo cruel, un "colador" de malas noticias que el relato oficial no logra filtrar. La inflación en ascenso, la producción industrial en caída libre; los sectores textil, de maquinaria y automotriz operan a media máquina, con una capacidad instalada que languidece. La construcción, otrora motor del empleo, sigue paralizada. Y aunque desde los despachos oficiales se intenta instalar el "cuento chino" de una baja en la pobreza, los indicadores de la vida real cuentan una historia diferente: el desempleo sube, la informalidad galopa y el consumo de servicios básicos como energía eléctrica, gas y agua se desploma. Si estas cifras no vinieran de un organismo público, sonarían a una ficción mal escrita.

El dato de inflación en Mendoza superó a la nacional y es la más alta en dos años

El panorama se agrava con una encerrona cambiaria auto infligida. Con un tipo de cambio que el Gobierno sostiene artificialmente bajo. Sin divisas y con la actividad económica en el subsuelo, el modelo empieza a mostrar sus costuras más débiles.

Pero lo más grave no es solo técnico; es subjetivo. Lo que se rompió -amigo lector- es la expectativa. En la "vitrola de la calle" ya no suena la música del cambio, sino el crujido de un límite que se alcanzó. La decepción es el sentimiento que empieza a ganar terreno. Si bien todavía persisten sectores que, con la panza vacía y bajo una lluvia de plagas, eligen creer que este es el rumbo correcto, los números de las encuestas son una bofetada de realidad: un 63% de imagen negativa frente a un magro 33% de positiva. Es un mensaje ensordecedor.

¿Cómo se vuelve de semejante erosión? ¿Cómo hace un Gobierno para revertir el rechazo de casi dos tercios de la sociedad después de haber estado en la cresta de la ola? La respuesta lógica sería un golpe de timón, un cambio de rumbo hacia la creación de empleo, la mejora salarial y la protección de derechos. Pero la lógica no parece ser el combustible de esta gestión.

A pesar de los números en rojo sangre, la orden de la Casa Rosada es que "el rumbo no se toca". Seguirán ajustando lo que haga falta, caiga quien caiga. Si esto fuera una discusión geográfica, diríamos que el Gobierno es terraplanista: está convencido de que el horizonte es infinito, ignorando que, más allá de sus teorías, lo que nos espera es el vacío. Hoy, lamentablemente, el abismo parece ser el único destino aceptado como "correcto" por quienes nos conducen.

El topo que devora derechos: el espejismo del emprendedor y el cementerio de empresas

La historia argentina parece condenada a un eterno retorno de recetas que prometen libertad pero entregan intemperie. Cada vez que desembarcan gobiernos de ideología neoliberal, el lenguaje se transforma: ya no se habla de trabajadores con derechos, sino de "emprendedores".

El estoicismo que circula hoy no busca comprender el sufrimiento, sino despolitizarlo

En los 90 fueron los parripollos, las canchas de paddle y el kiosco en la ventana de casa. Con el macrismo, el "sé dueño de tu tiempo" llegó en bicicleta o en Uber. Hoy, el canto de sirena se repite, pero el trasfondo es un desierto que avanza.

Lo que estamos viviendo no es un accidente, es un plan. El propio Presidente lo advirtió con una honestidad brutal: "Soy el topo que va a destruir al Estado desde adentro". Y en esa demolición, lo primero que cae son las garantías sociales que sostienen la vida de la mayoría. Porque cuando se destruye el trabajo formal, no solo se pierde un sueldo; se aniquila el futuro. Se destruye la obra social, el aporte jubilatorio y la red de contención que separa a una familia de la marginalidad. No sos vos el que falla, es el modelo.

Los datos de este "experimento" son escalofriantes. Desde diciembre de 2023 hasta principios de 2026, la situación económica ha empujado al cierre a más de 22.600 empresas. No son solo números en una planilla; es el desmantelamiento del entramado productivo nacional. Cuando el consumo interno se desploma, los costos operativos vuelan y las importaciones se abren sin anestesia, el resultado es un cementerio industrial.

El listado del dolor recorre todo el mapa:

  • Alimentos Refrigerados (ARSA) y La Suipachense golpean al sector lácteo, dejando a cientos de familias en la calle.
  • Emblemas como Fate o John Foos (que tras 40 años decidió importar de China en lugar de fabricar en Beccar) marcan el fin de la soberanía manufacturera.
  • Gigantes como Whirlpool, Kimberly-Clark o Cervecería Quilmes (que recortó el 43% de su personal en Zárate) demuestran que ni la espalda de las multinacionales resiste este modelo.
  • La salida de firmas como HSBC, P&G y Xerox confirma que el "clima de negocios" es solo para la especulación financiera, no para la inversión real.

Detrás de la promesa de que "vos decidís cuánto ganás", se esconde la realidad de quien vende por redes sociales o desde su casa y descubre que no hay cliente que compre porque el bolsillo popular está seco. Si la economía anda mal, lo hace para todos.

El modelo actual es extractivista y financiero: minería, combustibles, agro y timba. Todo lo demás, "si viene más barato de afuera, que venga". Es una transferencia de recursos fenomenal que beneficia a un sector minúsculo con poder adquisitivo, mientras destruye el empleo del conjunto.

La justicia social no es un "robo", como pregona el mandatario; es el piso de dignidad que evita que la vida sea una selva. Para que Argentina vuelva a tener industria, hace falta proteger lo propio y poner límites a la voracidad de precios. Lo que está pasando hoy es la ruptura de una expectativa: muchos creyeron que el ajuste no los tocaría, pero el topo sigue cavando. Y cuando termine de destruir al Estado, lo que quedará no es libertad, sino una sociedad sin red, sin jubilación y sin futuro. Estamos ante la demolición planificada de nuestra dignidad.

El "plan Caputo" frente al espejo: por qué la falta de pesos y el techo de los dólares propios ponen en alerta a la economía

Crónica de una transferencia: La magia detrás de tu billetera vacía

Este humilde cronista se detiene hoy frente a una duda que ya no es solo retórica, sino existencial: ¿hasta dónde llegará, realmente, el filo de la motosierra? La pregunta flota en el aire denso de las mañanas, y la respuesta -estimado lector- resuena con la solemnidad de un eco en catedral vacía: llegará hasta donde el pueblo aguante. Ni un milímetro más, pero ciertamente ni un centímetro menos.

Estamos asistiendo a un fenómeno que roza lo metafísico, pero que se siente en lo más material de la existencia. Todo aquello que ya no encontrás al revisar tu bolsillo, o que desapareció del saldo de tu billetera virtual, no se esfumó por arte de magia ni se desintegró en el éter. La riqueza no se destruye, solo cambia de manos. Lo que a vos te falta, a otro le sobra. Es una ecuación cruel de vasos comunicantes.

Cada vez que el boleto de transporte te exige un sacrificio extra, cada vez que el surtidor de nafta parece burlarse de tu salario, o que la cuota de la escuela y la prepaga se vuelven cimas inalcanzables, estás pagando el banquete de alguien más. El supermercado se ha vuelto un territorio hostil y vestirse, un lujo de otra época.

Parece un truco de ilusionismo barato, pero es la realidad más cruda: la transferencia es total. El límite de este avance no lo marca la ética, ni la justicia social, ni un plan macroeconómico; el único freno de este motor fuera de control es la capacidad pulmonar de una sociedad que empieza a sentir que el aire se le termina. La pregunta, entonces, no es qué más van a cortar, sino cuánto más puede resistir el cuerpo social antes de decir basta.

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