OPINIÓN

25 de Mayo: la revolución que soñó una patria y el desconcierto de verla entregada

Cada 25 de Mayo la Argentina recuerda el nacimiento de la Primera Junta y el inicio del proceso emancipador que terminó rompiendo los lazos coloniales con España. Pero detrás de los actos escolares, las empanadas y los locros, hay una historia profundamente política: hombres y mujeres que se animaron a discutir quién debía gobernar estas tierras, quién se quedaba con la riqueza y cuál era el destino de un pueblo cansado de obedecer órdenes desde Europa. Hoy, en medio de privatizaciones, endeudamiento, entrega de recursos estratégicos y discursos que desprecian la idea misma de Estado, aquella revolución vuelve a interpelar. Y obliga a preguntarse qué sentirían Manuel Belgrano, Mariano Moreno o José de San Martín frente a una Argentina que parece volver, lentamente, a la lógica colonial contra la que lucharon.

Adrián Characán

Entre escarapelas, discursos vacíos y una pregunta incómoda: ¿qué hicieron con aquel país que quisieron fundar?

Cuando Buenos Aires dejó de obedecer . El 25 de mayo de 1810 no fue un feriado patrio. Fue una crisis política. Y también una rebelión. La noticia de que Fernando VII había sido desplazado por Napoleón Bonaparte dejó al Virreinato del Río de la Plata en una situación inédita: si el rey ya no gobernaba, ¿por qué seguir obedeciendo a un virrey designado por una corona en crisis?

El Presidente, un peronista y una charla incómoda

Durante la llamada Semana de Mayo ocurrieron reuniones clandestinas, debates encendidos y presiones populares en las calles. El 22 de mayo se realizó el Cabildo Abierto. Allí comenzó a resquebrajarse el poder virreinal. El 24 intentaron mantener al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros disfrazado dentro de una junta manipulada. Pero el pueblo movilizado no aceptó la maniobra.

Y finalmente, el 25 de mayo de 1810, bajo la lluvia y entre rumores de represión, nació la Primera Junta.

La integraban, entre otros, Cornelio Saavedra como presidente; Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios; junto a Belgrano, Castelli, Alberti, Azcuénaga, Larrea y Matheu. No declararon todavía la independencia. Pero abrieron una puerta que ya no se cerraría jamás.

Entre curvas y velas: los santos populares de la Ruta 82

La revolución no fue solamente cambiar de bandera

Muchas veces se enseña el 25 de Mayo como una ceremonia prolija, casi romántica. Pero la Revolución de Mayo discutía algo mucho más profundo: quién manejaba la economía, el comercio y los recursos de estas tierras.

Los revolucionarios querían terminar con el monopolio español, fomentar la producción local y construir instituciones propias. Algunos, como Moreno, imaginaban un Estado fuerte capaz de defender los intereses populares y limitar el poder de las élites comerciales. Otros tenían posiciones más moderadas. Pero todos comprendían que la dependencia económica era otra forma de sometimiento. Por eso resulta imposible no mirar el presente y sentir cierto vértigo histórico.

Porque dos siglos después, la Argentina vuelve a escuchar que el Estado debe retirarse, que las empresas públicas "sobran", que la patria es apenas un obstáculo burocrático frente al mercado y que la soberanía puede negociarse como si fuera un activo financiero.

¿Qué pensarían los hombres de Mayo frente al presente?

Es imposible saberlo con exactitud. Pero sí se puede inferir qué defendían.

Belgrano impulsaba la educación pública, la industria nacional y el desarrollo económico autónomo. San Martín desconfiaba profundamente de las potencias extranjeras y concebía la independencia como un proyecto continental. Moreno denunciaba el saqueo económico y entendía que sin decisión política no había libertad real.

Difícil imaginar a esos hombres celebrando el desmantelamiento del Estado, la entrega de recursos naturales, la destrucción de organismos científicos o la idea de que todo lo público debe ser privatizado.

Más difícil todavía imaginar su reacción frente a un país donde se naturaliza el hambre, se desprecia la justicia social y se ridiculiza cualquier noción de comunidad organizada.

El gobierno de Javier Milei sostiene que el mercado resolverá lo que el Estado no pudo. Pero la historia argentina muestra algo distinto: cada vez que el país quedó librado únicamente a intereses financieros o extranjeros, el resultado fue endeudamiento, concentración económica y pérdida de soberanía.

Y allí es donde el 25 de Mayo deja de ser una efeméride escolar para transformarse en una discusión actual.

La hidrovía: el nuevo puerto colonial y la guerra silenciosa dentro del mileísmo

Hay una discusión que hoy atraviesa al propio corazón del gobierno libertario . No se trata solamente de una pelea de nombres, egos o espacios de poder. Se trata de quién controlará la principal arteria comercial de la Argentina: la Hidrovía Paraná-Paraguay.

Son más de 1.500 kilómetros bajo jurisdicción argentina -y más de 3.400 kilómetros en todo su recorrido regional- por donde circula cerca del 80% de las exportaciones del país. Por allí salen granos, aceites, minerales, combustibles y buena parte de la riqueza nacional. También es la vía estratégica que conecta comercialmente a Bolivia, Paraguay, Brasil, Uruguay y Argentina con el Atlántico.

En otras palabras: los puertos que obsesionaban a los hombres de Mayo hoy reaparecen bajo otra forma.

La diferencia es que ahora la discusión no pasa por la corona española, sino por corporaciones multinacionales, fondos privados y operadores políticos que disputan un negocio multimillonario.

La licitación impulsada por el gobierno de Javier Milei enfrenta actualmente a dos gigantes belgas: Jan De Nul -la empresa que ya opera históricamente el dragado- y DEME (Dredging, Environmental & Marine Engineering). También había participado inicialmente la brasileña DTA Engenharia, aunque luego quedó fuera del tramo decisivo. Pero detrás de las empresas aparecen las verdaderas tensiones del poder libertario.

Por un lado, distintos sectores periodísticos y políticos señalan la cercanía entre Jan De Nul y el entorno del asesor Santiago Caputo, especialmente a través de vínculos empresariales con el grupo Neuss, históricamente ligado al asesor presidencial.

Del otro lado aparece DEME, que en las últimas semanas encontró respaldo político en el sector alineado con Karina Milei , los Menem y Macri. Incluso trascendió una reunión de ejecutivos de DEME con Martín Menem en pleno avance de la licitación.

La pelea ya dejó de ser técnica. Se transformó en una guerra interna por uno de los negocios más grandes del actual gobierno: una concesión estimada en más de 10 mil millones de dólares y con ingresos anuales que superarían los 300 millones de dólares en peajes y operaciones.

En paralelo, crecieron las denuncias por supuestas irregularidades, direccionamientos y lobby cruzado. La Procuraduría de Investigaciones Administrativas advirtió sobre posibles anomalías en el proceso licitatorio, mientras las propias empresas se acusan mutuamente de prácticas anticompetitivas y falta de transparencia.

Porque la hidrovía no es solamente una obra de infraestructura. Es soberanía económica. Es control del comercio exterior. Es capacidad logística. Es geopolítica. Y también es dinero. Mucho dinero.

Por eso dentro del propio oficialismo comenzaron las operaciones cruzadas, las cuentas anónimas en redes sociales y los ataques internos. En ese clima apareció incluso el seudónimo "Rufus", una cuenta atribuida en distintos círculos políticos al entorno de Martín Menem, desde donde se lanzaron cuestionamientos contra el sector de Caputo y operadores cercanos al asesor presidencial. Aunque nunca fue reconocido oficialmente, el episodio dejó expuesta la fractura interna de un gobierno que había prometido terminar con "la casta" y hoy parece reproducir sus mismos mecanismos de lobby y disputas empresariales.

La pregunta vuelve sola: ¿qué pensarían aquellos revolucionarios de Mayo viendo que la principal vía comercial argentina vuelve a discutirse entre corporaciones extranjeras, operadores financieros y peleas de poder interno?

Porque mientras se habla de libertad económica, la Argentina parece resignar otra vez el control de las puertas por donde entra y sale su riqueza.

Y detrás de la hidrovía aparecen otras privatizaciones estratégicas, como el avance sobre empresas vinculadas al sistema energético y al manejo de recursos esenciales, entre ellas áreas asociadas a Aguas y Saneamientos Argentinos, en medio de un modelo que considera al Estado no como herramienta de desarrollo, sino como mercancía en liquidación.

El Atlántico Sur: cuando la soberanía empieza a hablar en inglés

Y como si la discusión por la hidrovía no alcanzara para encender alarmas, esta semana apareció otro hecho que pasó casi en silencio entre escándalos mediáticos, operaciones políticas y crisis económicas: la autorización para profundizar la cooperación militar y operativa con fuerzas vinculadas a los Estados Unidos en el Atlántico Sur, una zona históricamente estratégica para la Argentina. La preocupación no nace solamente de un convenio técnico o militar. Nace del trasfondo político y geopolítico que eso implica.

Porque el Atlántico Sur no es un pedazo de agua perdido en el mapa. Allí están las Islas Malvinas. Allí circulan rutas comerciales fundamentales. Allí existen reservas pesqueras, energéticas y minerales gigantescas. Y allí también se disputa el control de la proyección hacia la Antártida, uno de los territorios más codiciados del siglo XXI.

Durante décadas, distintos gobiernos -con enormes diferencias ideológicas entre sí- sostuvieron al menos una premisa común: el Atlántico Sur era una cuestión de soberanía nacional.

Cuando un Estado cede control logístico, militar, energético o comercial sobre territorios estratégicos, después no alcanza con un cambio de gobierno para revertirlo. Los acuerdos internacionales generan dependencia, condicionamientos y compromisos a largo plazo. Y muchas veces las potencias actúan como si esos espacios ya les pertenecieran.

Ahí aparece el verdadero problema que puede dejar este tiempo político: acostumbrar a la Argentina a vivir sin soberanía. Acostumbrarla a que sus ríos los administren corporaciones extranjeras. A que sus puertos dependan de intereses financieros. A que sus recursos naturales se negocien desde afuera. A que sus mares sean "custodiados" por otros.

Y entonces vuelve inevitable imaginar qué sentirían José de San Martín, Manuel Belgrano o Mariano Moreno frente a un país que parece olvidar algo elemental: que la independencia no fue solamente sacar una bandera extranjera, sino decidir quién manda sobre el territorio, los recursos y el destino nacional.

Porque la historia demuestra que ningún poder extranjero "custodia" territorios ajenos por altruismo. Siempre hay intereses. Siempre.

Aquella frase de Mauricio Macri que todavía resuena

La frase de Mauricio Macri fue pronunciada el 9 de julio de 2016, durante los actos oficiales por el Bicentenario de la Declaración de la Independencia Argentina en la Casa de Tucumán.

En esa ceremonia estaba presente el entonces rey emérito de España, Juan Carlos I, invitado especial del gobierno argentino para la conmemoración de los 200 años de la independencia.

Claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido rey, de separarse de España

La frase no fue un simple error protocolar. Expuso una mirada histórica profundamente discutible. Porque los protagonistas de Mayo no actuaron desde la tristeza colonial, sino desde la decisión política de construir autonomía.

La revolución fue, justamente, la ruptura con ese orden. Por eso aquella imagen de un presidente argentino homenajeando al rey de España en una fecha patria quedó para muchos como una metáfora incómoda: una dirigencia más fascinada con el poder extranjero que comprometida con un proyecto nacional.

La patria como negocio o como destino colectivo

La Revolución de Mayo no fue perfecta. Tampoco homogénea. Pero tuvo algo que hoy parece escaso: vocación de futuro. Aquellos hombres discutían cómo crear universidades, ejércitos, puertos, industrias y sistemas políticos propios. Soñaban un país. Incluso en medio de guerras, traiciones y pobreza.

Hoy, buena parte del debate público parece reducido a cuánto puede venderse, privatizarse o ajustar. Y tal vez por eso cada 25 de Mayo produce una mezcla extraña entre orgullo y melancolía.

Porque debajo de las banderas celestes y blancas todavía late la pregunta que aquellos revolucionarios dejaron abierta hace más de dos siglos: si esta tierra iba a pertenecer a su pueblo o volvería, tarde o temprano, a arrodillarse ante poderes externos. La historia no responde sola. La responden los pueblos. Siempre.

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