Por una infrecuente casualidad estaba solo. Menos mal. Se me hubiese notado demasiado el regocijo. Y probablemente le hubiese reclamado a ella, me refiero a Nora la omisión. La fecha al menos me hacía merecedor de un café desganado y un beso obligado, de esos carentes de deseo e intención.

Fue Prado, amigo, compañero y casi colega quien destacó la fecha.  Seríamos colegas –tal vez- si hubiese tenido la suerte de heredar de mi padre o de mi tío, una voz así, como la de Ariel, redonda –grave en su caso- . Si en vez de tener una lengua gorda que se atropella a los desprolijos dientes inferiores y si me hubiese tocado en suerte no poseer este tono tan próximo a los que padecen de bocio, podría haber sido, también yo, locutor. No se dio. A veces el adn desobedece el mandato y la selección natural se comporta mal.

Es el día del escritor, aquí, en Argentina. Mi amigo tuvo la bondad de enviarme un elogioso y perfecto texto. Por whatsapp. Quise pensar si debiese explicarle esto de whatsapp al escritor por el cual se decidió nominar al 13 de junio como su día, cómo podría hacerlo.

Sí. Un whatsapp. Es un mensaje como si fuese una carta, o tal vez más parecido a un telegrama, pero no es una misiva. De ninguna manera una epístola. Puede prescindir de lápiz e inclusive, de papel. No. Para qué cuero. Tampoco una piedra. Difícil explicar para mí, pero don Leopoldo Lugones igual lo hubiese comprendido. Su capacidad intelectual así lo sugiere.

Nació hace 147 años. O sea, cuando libaba leche de su madre ni la radio pudo haberlos distraído en esa ceremonia tan íntima. Algo que ahora resulta casi imposible. Todo está atravesado por interrupciones comunicativas. Un sonido nos alerta de un posteo de facebook, otro de una historia en Instagram, una campanita para indicar que hay un twitter que no hemos leído, y por si faltaba algún método de irrupción, tip tock. No menciono a los correos porque prácticamente están sólo para que nos olvidemos de revisar una de las bandejas, justo esa a la que llega el mail que contiene la información importante. Todo muy distinto a las épocas en las que los hombres disputaban una idea con el pulso de la sangre y se batían a duelo para salvar su honor.  Pero que escribimos, escribimos.

Escribimos y leemos. Bastante más de lo que solemos concebir. La extensión de lo que leemos y escribimos es quizá la diferencia más notoria. Nos asusta cualquier libro que exceda el centímetro y medio de espesor. Nos parece un mamotreto hasta las revistas que entregan con novedades literarias de las editoriales. Pero leemos y escribimos.

Impera la fragmentación, indiscutible. No hay tolerancia para algo que exceda los 40 minutos. Tampoco paciencia para escuchar más de tres conceptos seguidos, y poca voluntad para ir a la biblioteca. Exiguos recursos como para optar de entre la cuantiosa oferta en las góndola de rezagos de las librerías y siempre a mano la excusa que sirve de argumento: para qué si esto debe estar subido a internet

Contámela a mí. Dos años atrás un editor me da la oportunidad de publicar un libro. Nunca descarté la posibilidad de ganar dinero con el oficio, más allá de que escribir para otros géneros, como el publicitario, haya sido y aún hoy sea mi modo de obtener recursos económicos. Un libro. Un objeto.

No sólo desperdigadas notas en un diario cuyo destino final será el ansiado asado de domingo en familia. Tampoco la inclusión de algunos poemas tempranos en una antología que acaso sólo leerá el corrector a sueldo. Un libro. Ese objeto de tres dimensiones pero que puede desplegar muchas más, según quien sea el autor y la complicidad del lector.

El libro ya editado e impreso, con una ilustración en tapa de un admirado, talentoso y querido artista plástico e ilustrador, Luis Scafati; el prólogo tan generoso como devastador de Ulises Naranjo y la contratapa con los conceptos de otro amigo, Facundo Manes, le otorgaron alguna carnadura al ejemplar de “La Grieta del Medio” como para que el editor consiguiera un espacio en el stand de la SADE (sociedad argentina de escritores, de la cual su primer presidente fue justamente Lugones) en la Feria Internacional del Libro, en el predio de la Sociedad Rural, ahí en Palermo, cerca de la abominable estatua de Sarmiento realizada por Rodin, sí, el mismo que el del pensador.

Luego de una presentación en aquella 45va. Edición de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires en la SADE,  la Secretaría de Cultura de Mendoza también me ofreció un momento en su escaparate y repetí la presentación, ocasión en la que no faltó ninguna ausencia (parafraseando a Bioy Casares). Misma feria en la que Cristina Fernández de Kirchner presentó su “Sinceramente”, explosión editorial. La concurrencia excedió la capacidad de ese lugar bastante impropio  y la venta de ejemplares se multiplicó de tal forma que hasta los de la Sociedad Rural sintieron envidia pecuniaria. De alguna manera aquello fue el principio de la recuperación del gobierno nacional.

La soledad que pude experimentar en aquellas presentaciones en Buenos Aires sólo fue mitigada por la presencia de algunos afectos. Colegas, amigos. Mónica, Cecilia, Eduardo, Roberto, y acaso cinco o seis nombres más.

Debía presentar el libro en Mendoza. La buena memoria y la admisión de diferencias ideológicas posibilitaron esa otra presentación. Willy Romero y Mariana Juri  permitieron hacer la presentación –la primera porque hubo dos- en el flamante reinaugurado Teatro Mendoza.

Dos años han pasado. Exactamente el día del escritor. La coincidencia no me amedrentó, principalmente porque ante el reclamo de alguno de los muchos fantasmas y personajes de Lugones que pudiera reclamarme falta de legitimidad, antepondría la presencia de otros, amigos, compañeros, colegas que sí podrían defender y con enorme altura la condición de “escritores”.  Miguel García Urbani, Emilio Vera da Souza y Ulises Naranjo. En el fondo, música original y ejecutada como merece, por Altertango, con Pablo Conalbi, Gerardo “Cóndor” Lucero , Ezequiel Acosta y María Paula Rosas, pianista designada por Elbi Olalla que estaba lejos, tanto como hoy.

La obstinación de que el libro sólo fuese en el formato convencional, en papel, sin la posibilidad de que las más de 280 páginas y las 93 historias estuviesen en formato digital, no ha colaborado en la divulgación del libro. Y eso tampoco es un aporte para que se vendan más ejemplares. De ninguna manera resisto los avances culturales, ni de tecnología. No rehúso de nuevos formatos y no me niego a ganar lectores de generaciones actuales. Eso no me inhibe el potente deseo de que alguien –o muchos- ejercite, redescubra o debute disfrutando del perfume que cada libro despide al abrirlo.  Quisiera conocer la sensación táctil de los dedos que descorren las páginas. Saber que un marcador improvisado divide lo que ya se incorporó de lo que falta aún. Conocer el lugar que ocupará en un estante, o en la mesa, o –por qué no- en el baño.

Una reciente re impresión de La Grieta del Medio –en la que la generosidad de Adrián Characán contribuyó de manera rotunda, desnuda que de la obstinación a la obsesión hay una delgada línea casi imperceptible que las separa, tan delgada como la hoja repleta de letras que unida algo dicen, y no se pueden alterar con la facilidad con la que hoy enmiendan alguno de los cuantiosos errores que aparecen en los sitios informativos digitales.

Dicen que fue el poeta cubano José Martí quién disparó aquél mandato de que debíamos plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. De los tres, sin dudas lo que más me ha inspirado para escribir en un árbol y sembrar un libro ha sido mi hijo, Federico. Pero de ninguna manera eso, me convierte en un “escritor”, sí en un hombre con extensos momentos de felicidad y con la urgencia de que nada ocurra con tanta urgencia. Quizá quienes no han invertido afecto y tiempo en un hijo han podido escribir más y mejor, Cortázar y Borges me darían la razón. O en ocasiones muy escasas, poco hay para celebrar de sus descendientes, tal el caso –vaya casualidad- de quien es celebrado hoy. Sin su literatura Argentina sería peor, pero sin la invención de su hijo, también.

Aunque persista el debate sobre la artificiosidad del destino, nunca podremos comprobar que hemos sido autores de nuestra propia historia. De ninguna manera es una invitación a abandonarnos al arbitrio del viento, es acaso una pregunta con veleidades de respuesta ¿somos lo suficientemente conscientes de nuestra permanente irreflexión?

Es el día del escritor, y no creo equivocarme si acaso en lo inmediato no debiésemos encontrar una fecha para el día de la escritora. Las controversias políticas y existenciales del genial Leopoldo Lugones en absoluto contemplan esa otra mirada. Y el cianuro poco explica.

Sin apuro. Porque la lectura veloz es como digerir sin haber probado bocado.

La rapidez sin destino que nos imprime la actualidad suele aniquilar los sabores que sólo pueden disfrutarse sin el vertiginoso apuro de deglutir.

Antes de que suene el ringtone del celular, iré a regar el árbol. Felicidades y salud.