En 85 años desde que por decreto comenzó a realizarse la fiesta de la Vendimia, tres ocasiones han sido especiales y no precisamente por la abundancia ni la magnificencia del sector. Casualmente esos tres años, quienes gobernaban la provincia, fueron representantes de la Unión Cívica Radical.

La madrugada del 26 de Enero, se sacudió el piso mendocino. Un terremoto que dejó como saldo la muerte de 6 personas, miles de casas dañadas severamente y 238 heridos precipitó la decisión del gobernador Llaver : En 1985 no se hizo la Fiesta de la Vendimia, ya por entonces con rango nacional.

Libro, guión y hasta escenografía, todo diseñado, excepto el terremoto y la decisión de don Santiago Felipe Llaver de no realizarla.

Dos artistas plásticos serían encargados, uno de toda la puesta y el otro de la escenografía.  Gamino y el Gringo Embrioni. Uno trabajaba en diario Los Andes, el otro, a una cuadra, en el por entonces competitivo diario Mendoza. Ambos artistas siempre bendecidos por el Negro Castillo, mecenas de cuanto artista pasaba por alguno de sus negocios gastronómicos, fueran o no muy afectos a los caldos vínicos que sus negocios ofrecían.

La sorpresa por la eliminación de festejo fue quizá el corolario de la Incomprensible actitud del por entonces presidente de la flamante democracia, Raúl Alfonsín. No visitó la provincia luego del importante sismo, gesto de manual para cualquier mandatario, y demasiado extraño para alguien al que siempre se lo destacó por su estatura cívica y sensibilidad.

Alfonsín sí había estado en el teatro griego Frank Romero Day el año anterior, a meses de haber sido ungido como primer mandatario de la recuperada democracia. En aquella Fiesta Nacional de la Vendimia, en 1984,  llegó custodiado por Raúl Guglielminetti (*) un criminal del batallón 601, miembro activo del centro clandestino conocido como “Automotores Orletti”. Datos, no opiniones.

Volvamos a vendimia, si es que podemos.

A finales de 2001, la catástrofe política de aquella otra coalición -La Alianza- comandada por Fernando de la Rúa, quien casualmente en 1983 había perdido la interna frente a Alfonsín, significó un colapso económico sin precedentes. Motivo suficiente para que la Fiesta Nacional de la Vendimia, versión “odisea 2002” se hiciera con suma austeridad y en el Estadio Malvinas Argentinas. Fiesta obligada de escaso brillo y sonrisas obligadas, mientras gobernaba Roberto Iglesias, radical que con la pseudo moneda petrón sorteó el vendaval.

La violencia de la naturaleza en 1985, la impericia política en 2002 y en el 2021, un fenómeno fuera de toda previsión: una pandemia. Tercera vez que se ve estropeada la festiva tradición mendocina.

Atrás quedaron demasiadas cosas. Las genialidades de Abelardo Vázquez; la audacia de un tractor amarillo; la ostensible corrupción -hasta en la coronación de una reina vendimial-durante la dictadura; las manifestaciones más políticas;  las vendimias de cristal; las medidas de fuerza de los bailarines; el dañino sonido de los fuegos artificiales; el folklore de los cerros; la carrera febril en la que competían los diarios de ese incipiente domingo; el afiche plagiado  y hasta la grúa que se precipitó en la noche previa, desplome que puso en peligro la vida de muchos artistas. Esta vez todo riesgo estuvo contemplado y como producto definitivo se reemplazó la danza multitudinaria final por un punto de reunión, una cómoda butaca en una sala de cine y el omnipresente control remoto que altera la señal del televisor.

Historias de Vendimia. Seis corto-metrajes que pintaron seis narraciones inconexas entre sí.

De ninguna manera asumiría el riesgo de enfrentar a seis directores de cine y a diez de vendimia. Tampoco poseo la valentía suficiente como para provocar a tantos y tantas actrices, bailarines, coreógrafos, iluminadores, camarógrafas, vestuaristas. Pero si hemos pasado por acá y atravesamos tiempos de vendimia, no habrá manera de evitar la crítica. Crítica siempre más inspirada en la expectativa y en la duda que en los saberes categóricos y juicios inapelables.

Esta vez la sempiterna discusión de si es ópera, comedia musical o un  género único se agotó en un formato al que le llamamos película aunque ya no es tal. Hace rato que la película, el acetato, se hizo cosa digital e inmaterial. Pero nadie podrá dudar del género ¿o sí?

A la estúpida mentira que reza que sobre gustos no hay nada escrito, podríamos agregarle otras varias.

En el también desaparecido género “crítica periodística de artes y espectáculos” solía colarse un vicio difícil de erradicar: decir lo que pudo ser y no fue. Intentando no caer en la tentación, sí podremos argüir algunas consideraciones

El preciosismo fílmico estuvo presente en todos los episodios. Las pretensiones estéticas sobre abundaron frente a guiones que son más próximos al cine arte que a un producto convencional de entretenimiento. Las cualidades entre unos y otros, significativamente distantes. La ficción alcanzada elimina alguna posibilidad documental, toda una decisión.

¿De qué estamos hablando?. Ante el interrogante primigenio, inclusive en las expresiones más abstractas del arte, la respuesta en esta película de seis secuencias, no está explicitada, no queda clara y tampoco estimula la duda para decodificarlo.

Actuaciones solventes. La factura general de intachable calidad. Vestuarios, maquillajes, fotografía, iluminación, sonido, sino perfectos, casi. Ambientación sobresaliente en varias historias y en muchas escenas.

Uno de los aspectos que más dudas despierta sobre las narraciones refiere a las coreografías. Nada que objetar en cuanto a la disciplina, a los géneros danzantes, al despliegue. Cuadros inclusive impactantes, pero ¿se ajustan al relato? ¿se condice con los climas de la cadencia narrativa?.  En algunos pasajes, no alcanzo a entender cuál es la razón de esas logradas coreografías.

La recomendación de distanciarnos y la inconveniencia de reunirnos en gradas con nombres de varietales y en cerros contiguos despertó una opción distinta, novedosa en su factura pero no en su mensaje general, pues de eso se trata la tradición.

Estuvieron y seguirán estando en historias de Vendimia: el agua y el desierto. Los originarios y los inmigrantes. Los hechizos y la actualidad, San Martín y –por más que nos jactemos de laicos e incrédulos, cuando no de ateos y apóstatas  la Virgen de la Carrodilla.

Hay quienes se preguntan si esto, en el futuro, podrá reemplazar a la Fiesta Nacional de la Vendimia. Me atrevo a decir que aunque “Historias de Vendimia”  ganase el Oscar, el León, el Oso o la Concha de Oro, no es sustituto del acontecimiento más vibrante, multitudinario y el más criticado del espectáculo mendocino.

Además, y aunque sume antipatía el pronunciamiento, el cine –con formato tradicional o como esta suerte de Bocaccio 70 a la mendocina, es anterior al formato de la Fiesta Nacional de la Vendimia, hecho que le quita esa pátina vanguardista y que elimina toda petulancia sobre saltos tecnológicos.

Sólo llama la atención que así como suelen hacerse compulsas desde todos los medios para saber quién será la Reina Nacional de la Vendimia, esta vez no hayan hecho competir a las seis propuestas entre sí, algo que no requiere seguir poniendo a las mujeres como objetos de apreciación anatómica.

Celebramos la concreción de esta idea, para que las y los trabajadores y artistas de la Fiesta Nacional de la Vendimia pudieran desplegar sus talentos y además, obtener pago por ello. Festejamos la concreción de una idea que subroga ocasionalmente a una festividad que es lo más destacado y destacable de nuestro acervo, esto en absoluto significa un aplauso sostenido y de pie, porque el fenómeno que más estamos extrañando no es exactamente lo que ocurre allá, en ese magnífico escenario, la ausencia más entristecedora es la parte del abrazo, sea por algarabía o por consuelo.

En el cine, al revés que en los diarios, los títulos aparecen al final y son prácticamente ilegibles, razón por la que no tengo precisión pero sí pido un enroque. El canto a Mendoza versión candombe déjenlo para cuando vuelva la fiesta al teatro, en esta película, acudan a alguna de las muchas buenas versiones con ritmos más propios.

A las hacedoras y hacedores; a directoras y directores: evitemos el corona y la corona; omitamos nuevas cepas y el único augurio apropiado para que la Vendimia sea una Fiesta es: ¡SALUD! Prometo que esto por hoy, no continuará.

 

(*) Raúl Antonio Guglielminetti, también conocido bajo el alias «Mayor Gustavino», uno de los edecanes del presidente Raúl Alfonsín (1983-1989) además de haber sido partícipe de crímenes de lesa humanidad y juzgado por ello, ya en democracia integró una banda de secuestradores. Pesa una condena de 30 años, próxima a cumplirse