Escoliosis, la columna torcida de Ariel Robert

Quizá no cuenta para las cifras oficiales porque la primera vez que volé lo hice en el vientre de mi madre. Nelly estaba a días de parirme. Un Comet 4 de Aerolíneas Argentinas nos transportó algo más de mil kilómetros, a toda la familia. Quien esto escribe, con la ventaja de hacerlo sumergido en el confortable líquido amniótico y la azafata no pudo exigirme que me ajuste el cinturón. Aunque sin boleto y más cómodo que ninguno no puedo decir que fue mi vuelo de bautismo.

En aquella época y según las estadísticas se comercializaban en todo el planeta 270 millones de pasajes al año (*). Hablar de pasajeros no es correcto porque seguramente son más los recurrentes, las idas y venidas, que las experiencias individuales y sólo de un tramo.

La industria de la aeronavegación civil ha sufrido un crecimiento vertiginoso -permítaseme la figura alusiva-. En 2019 los pasajes comercializados fueron 4.397 millones (*), o sea, 16 veces mayor que cuando ocurrió el siniestro del vuelo 707 en el Chaco, con 39 víctimas que lamentar.

Para que podamos establecer una comparación, en 1970 había 3.692.492.000 personas en el Globo, y el dato que arroja la Worldmeter, ayer éramos 7.904 millones de humanos sobre la Tierra, poco más del doble.

La cantidad de personas que perdieron la vida durante el 2020 a causa de fatalidades aéreas fue de 299. Sí, doscientas noventa y nueve vidas. Excepto que debamos sufrir el dolor de un ser querido, la cifra en términos estadístico-demográficos es insignificante, no nos alcanzarán los dedos de una mano para contar los ceros detrás de la coma.

A propósito de los fríos números –pero reales e invariables- temer subirse a un avión no tendría argumento estadístico.

Necesariamente autorreferencial, admito que lo que desde hace unos días me causa temor no es subirme a un avión, lo que me provoca miedo es verme en la necesidad de adquirir un pasaje rápidamente y sin el auxilio de una agencia o de alguna colaboración.

Debido a una tragedia personal, la pérdida de mi hermano, Mauricio, quise llegar para despedirlo. También comprendo que no obedece a la lógica, ya que eso no alteraría nada concretamente, pero se entenderá la necesidad.

Ingreso a través de internet, compro dos de los cuatro tramos en Aerolíneas Argentinas, y por cuestiones de horario y destino, debí buscar opción en otra línea aérea. Así fue que ingresé al sitio digital de Jetsmart.

Nadie podrá achacarme que me metí en el sitio de una empresa desconocida y de dudosos orígenes. Jetsmart, según dicen, fue creada por el Fondo de Inversión (privado) Indigo Partners, con dos décadas de solvente experiencia en la creación de las low cost, como las llaman.

Esta línea aérea, Jetsmart, es controlada en América Latina desde Chile y su máximo referente se llama Estuardo Ortiz Porras, uno de esos CEO que bien uno puede confundir con un actor de publicidad de dentífrico.

A la tristeza padecida, cuando regresé a mi lugar de trabajo y vi el resumen de la tarjeta, debí sumarle una innecesaria cuota de zozobra.  Observé que desde Jetsmart me habían debitado dos cifras similares para un mismo servicio. Sí, con una diferencia mínima, dos débitos de la misma empresa y por un mismo servicio.

Aproximadamente 10 veces debí soportar el deficitario sonido de una grabación con acento caribeño que dice sin cansarse: “Hola. Prepárate para volar smart…”. Para que luego de opciones varias se repita hasta el hartazgo la misma voz que pronuncia incansablemente “Nuestros ejecutivos están ocupados. Estamos haciendo todo lo posible para que vueles smart”.

Para que no resulte inútil haber leído hasta aquí, advierto que el número que ofrecen y al que recomiendo nunca llamar es el 1122067799.

Venciendo el tedio e impidiendo que la tristeza mudara en ira, logré dar al otro día con una persona que me diera respuesta. Así como ellos alertan que pueden grabar la conversación, hice lo mismo y le pregunté a la gentil mujer que me atendió si admitía que grabe la conversación. Lo admitió. Grabé la charla que superó los 10 minutos.

¿Existe alguna posibilidad de ocupar un asiento en un vuelo comercial sin exhibir el pasaje y el documento? No. ¿Ocurre que la nave parta cuando falta un pasajero, sin que lo detecte la compañía? No. Los sistemas de registros de personas, en todos los Estados del mundo, ¿admiten que existan dos personas con la misma identidad, o sea, iguales nombres, apellidos, e idéntico número de documento? Rotundamente no. Entonces, cómo podría ocurrir que una misma persona pague dos veces por el mismo asiento, en el mismo vuelo, en la misma nave y con igual destino. La respuesta es poco smart.

Tranquilícese –me dijeron- sólo debe responder un mail que le enviaremos. Su caso es el 499105 (es el número de reclamo). Llegó el mail. Y, al revés de como indica el derecho, es uno el que debe comprobar su inocencia. Me pidieron que enviara todos los antecedentes, número de tarjeta, de vuelo, de hora, importes. Cumplí. Respuesta a las 24 horas. Contenido de la respuesta: caso cerrado. El caso 499105 al no haber recibido la documentación pedida, queda cancelado.

La memoria suele ser esquiva. Horas después recordé que viajé en el vuelo inaugural de esa compañía, y aquella vez sólo padecí que me cobraran dos veces el equipaje, pero no los pasajes, como ahora. Esto demuestra que al menos, no fue un accidente y a la hora de cobrar dos veces por lo mismo, no improvisan.

Aunque estudié bastante, fue en vano y frustrante. Jamás pude dominar el inglés. Cero (o zero) y siempre acepté que las traducciones literales conducen al error. Las expresiones no se deben literalizar. Me enseña mi Hijo: Make up your mind no significa el tarzanesco “hacer hasta tu mente”, carece de sentido. Es un imperativo, o una invitación: decídete, en castellano y en nuestro modo más impositivo aún sería: Decidíte. Vaya como ejemplo, inteligente.

Pero siempre hay una excepción. Este hecho, por el que me sentí -y así me siento aún- estafado, aunque no sea esa la figura jurídica, mereció haber hecho una traducción literal. Pero no al castellano sino al lunfardo. Jet smart. Efectivamente: CHORRO PÍCARO.

El riesgo no consiste en volar, si no en creer en la seriedad de estas compañías y en creer que low cost significa bajo costo. Cómo extraño el tren, aunque mucho más a mi hermano y aquellos tiempos en el que volar era una experiencia compartida y sin sobresaltos.

 

(*) Datos oficiales provistos por la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI)