Murió el Indio Solari: El hombre que hizo cantar a las multitudes
A los 77 años falleció el líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Dueño de una obra que marcó generaciones, construyó uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de la historia argentina.
La noticia cayó como suelen caer las noticias que parecen imposibles: murió el Indio Solari. Carlos Alberto Solari, una de las figuras más influyentes, enigmáticas y convocantes de la historia de la música argentina, falleció este viernes a los 77 años, después de una larga lucha contra el Parkinson.
Con su muerte no desaparece solamente un cantante. Se va una de esas raras personalidades que lograron trascender el arte para convertirse en un fenómeno cultural. Durante décadas, millones de argentinos discutieron sus letras, viajaron cientos de kilómetros para verlo, transformaron sus canciones en consignas y encontraron en sus versos una forma de interpretar la realidad.
Murió el Indio Solari, la voz que convirtió el rock en una religión popular.
Nacido en Paraná y criado en La Plata, el Indio construyó una carrera imposible de encasillar. Fue dibujante, escritor, poeta urbano, provocador y líder de una banda que cambió para siempre la historia del rock nacional: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Junto a Skay Beilinson, levantó un proyecto artístico que comenzó en los márgenes durante los años setenta y terminó convirtiéndose en una de las expresiones populares más importantes de la Argentina contemporánea.
Es probablemente la entrevista más importante de sus últimos años. La realizó Julio Leiva y se emitió a fines de 2023. El Indio habló de su salud, de la muerte, de Los Redondos, de Skay, de la política, del amor y de cómo convivía con el Parkinson. La estética a contraluz terminó reforzando el carácter casi mítico del personaje. De allí salen varias frases memorables, entre ellas una que hoy adquiere una dimensión especial: "Me gustaría que la muerte me encuentre vivo"
Los Redondos nunca necesitaron de la televisión ni de las grandes campañas publicitarias. Mientras la industria musical perseguía rankings, ellos construían una liturgia. Cada recital se transformaba en una peregrinación. Cada disco era esperado como un acontecimiento. Cada aparición pública del Indio generaba una expectativa desproporcionada para alguien que hizo del silencio una marca registrada.
Tras la separación de la banda en 2001, muchos imaginaron que el fenómeno terminaría allí. Ocurrió exactamente lo contrario. Con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el músico logró mantener intacta la convocatoria y multiplicar una devoción que ya parecía imposible de agrandar. Los recitales de Tandil, Mendoza y especialmente Olavarría quedaron grabados en la memoria colectiva como manifestaciones culturales de una magnitud pocas veces vista.
Pero el Indio nunca fue solamente una cuestión de números. Su influencia residía en otro lugar. En una época donde las figuras públicas parecían obligadas a mostrarse permanentemente, eligió el misterio. Cuando la industria reclamaba exposición, eligió la distancia. Mientras otros artistas explicaban sus canciones, él prefería dejar que hablaran por sí mismas.
El último round contra el "míster Parkinson"
En 2016 confirmó públicamente que padecía Parkinson. Desde entonces, sus apariciones se volvieron cada vez más esporádicas, aunque nunca desapareció del todo. Siguió publicando música, libros y mensajes para una comunidad de seguidores que jamás dejó de acompañarlo.
Quizás por eso resulta difícil escribir sobre su muerte en tiempo pasado. Porque el Indio fue mucho más que una biografía. Fue una voz que atravesó generaciones distintas y enfrentadas. Sonaron sus canciones en los barrios populares, en las universidades, en las rutas interminables y en las plazas. Lo escucharon quienes vivieron la dictadura, quienes crecieron durante la democracia y quienes nacieron cuando Los Redondos ya eran leyenda.
Hoy el rock argentino pierde a uno de sus últimos mitos verdaderamente masivos. Pero los mitos tienen una particularidad: dejan de pertenecer a las personas para convertirse en parte de una memoria colectiva.
Y en algún lugar de esa memoria seguirá sonando una multitud cantando al unísono, como si todavía estuviera allí, sobre el escenario, transformando una canción en una ceremonia. Porque pocas veces un artista logró algo tan extraordinario: hacer que cientos de miles de personas sintieran que esa voz, única e irrepetible, estaba hablando directamente con cada una de ellas.








