Arte, literatura y salud mental: una conversación necesaria
El viernes 28 de agosto de 2026, entre las 16.50 y las 18.10, el Salón Río Uruguay del Hotel Marriott fue sede de una de las comunicaciones libres del XIX Congreso Argentino de Salud Mental. Bajo la coordinación de Sergio Benaroya, el espacio reunió seis trabajos del eje "Arte y Salud Mental", provenientes de instituciones y experiencias de la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, General Pacheco y Tafí Viejo.
La diversidad de procedencias fue acompañada por una coincidencia profunda: la literatura, la ficción, la escritura y las prácticas artísticas pueden ser herramientas de cuidado, de construcción de lazo social y de elaboración del sufrimiento. No como un complemento ornamental de la clínica, sino como un territorio donde la palabra, el cuerpo, la imaginación y la experiencia colectiva encuentran nuevas posibilidades.
La primera ponencia, "Literatura y sueño infantil: rituales de subjetivación", fue presentada por Anahí Porto y María Virginia Gallo, del Instituto Profesional de Sueño Infantil, IPSI, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su propuesta partió de un problema contemporáneo: la creciente dificultad para descansar en un contexto de pantallas, notificaciones, hiperconexión y disponibilidad constante.
El planteo recuperó antecedentes vinculados con las reflexiones de Paula Sibilia sobre las transformaciones contemporáneas de la subjetividad y con Byung-Chul Han, quien ha señalado la aceleración y la hiperactividad como rasgos de una época que parece haber perdido la capacidad de detenerse. Frente a ese escenario, las expositoras ubicaron la lectura compartida antes de dormir como un ritual posible de desaceleración.
No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar un pasado sin dispositivos, sino de recuperar, en el momento previo al sueño, una temporalidad distinta: la voz adulta, la disminución de la luz, la pausa entre páginas y la presencia de un libro que, a diferencia de la pantalla, tiene un final.
La lectura nocturna puede construir un puente entre adultos e infancias. Un niño que escucha un cuento no recibe sólo una historia: recibe una presencia, una voz, una escena de cuidado. En esa escena pueden aparecer preguntas, miedos y deseos que, de otro modo, quedarían sin nombre.
Los libros-álbum elegidos -Nocturno, de Isol; Justo antes de dormir, de Laura Wittner y Natalia Bruno; y No apagues la luz, de Alberto Montt- mostraron cómo la literatura puede ayudar a tramitar la oscuridad, el miedo y la separación sin negar aquello que inquieta. La ficción no elimina los temores, pero puede volverlos compartibles.
La segunda exposición fue "Fundamentos para la emancipación subjetiva a través del arte: el taller Las Kahlo", presentada por Héctor Aníbal Contreras y Cecilia Acosta, integrantes del Taller Las Kahlo del Hospital Braulio Moyano. La propuesta articuló pensamiento filosófico, práctica institucional y una defensa concreta del derecho a la cultura en el campo de la salud mental.
Sus antecedentes teóricos incluyeron la "lógica de la sensación" de Gilles Deleuze, desarrollada a partir de su trabajo sobre Francis Bacon; la noción de "conación estética" del psiquiatra y psicoanalista francés Jean Oury; y la idea de autogestión de Cornelius Castoriadis. Desde esos marcos, el arte fue pensado no como un instrumento para normalizar conductas, sino como una posibilidad de producir subjetividad y habilitar experiencias vitales nuevas.
El taller trabaja con pintura, murales, fanzines y otras formas de creación colectiva con mujeres internadas en el Hospital Moyano. Allí, el gesto de elegir un tema, producir una imagen, compartir una obra o participar en una decisión grupal puede convertirse en una experiencia de autonomía.
En ámbitos atravesados por internaciones prolongadas y por el peso de los diagnósticos, recuperar la condición de autora resulta fundamental. La persona deja de ser solamente una paciente o un expediente clínico para reaparecer como alguien capaz de crear, decidir y dejar una marca. La propuesta de Las Kahlo recuerda que el derecho a la salud mental también incluye el derecho a la belleza, a la expresión y a la participación cultural.
La tercera ponencia presentó el libro "PRIMERA PALABRA: Terapia de Integración Expresiva: el uso de los lenguajes del arte como camino clínico de transformación", a cargo de Eugenio Pablo Mazzucco, de "La Angostura, haceres, decires y pensares" y del Hogar con Centro de Día "Yiñ Peumayen", de Córdoba.
La exposición planteó una pregunta central para toda práctica clínica: ¿qué ocurre cuando una vivencia no encuentra todavía palabras? La respuesta no fue forzar el relato ni convertir el arte en una prueba diagnóstica. Fue abrir otros lenguajes: dibujo, pintura, escritura, color, formas y objetos.
La terapia de integración expresiva propone articular emoción, cuerpo, pensamiento y memoria. En ocasiones, una imagen puede aparecer antes que una narración. Un trazo aparentemente simple puede dar lugar a asociaciones, recuerdos y afectos que no habían logrado ser expresados en el discurso habitual.
La experiencia compartida alrededor del libro Primera palabra mostró la potencia de respetar el ritmo y el lenguaje singular de cada persona. Crear no es producir una obra "bonita" ni cumplir con una exigencia estética. Es encontrar una vía posible para acercarse a aquello que duele, para darle forma y, eventualmente, para comenzar a elaborarlo.
La cuarta intervención, "La ficción y el juego en la elaboración de la trama subjetiva", fue presentada por Federica María Merlo y Federico Javier Gurruchaga, del HZGA Magdalena V. de Martínez, de General Pacheco. La ponencia se construyó a partir de una experiencia de teatro leído en un hospital de día y examinó la relación entre ficción, delirio, trauma y elaboración subjetiva.
Los autores retomaron aportes de Eduardo Pavlovsky, Jacques-Alain Miller y otros desarrollos psicoanalíticos para pensar la escena como un soporte de representación. La ficción, lejos de ser una evasión superficial, puede ofrecer un marco donde aquello insoportable encuentre una forma indirecta de aparecer.
La experiencia clínica relatada mostró que la lectura de una escena teatral podía tocar zonas sensibles de la historia de una paciente. La clave no consistió en interpretar apresuradamente ni en cancelar el taller ante una reacción intensa. Consistió en sostener el dispositivo y reconocer que el juego, el teatro y la representación pueden permitir trabajar aquello que no logra tramitarse de forma directa.
La ficción puede ofrecer distancia sin abandonar lo real. En una escena leída o representada, alguien puede ensayar una posición distinta, poner en palabras una angustia, desplazarse de un lugar fijo o encontrarse con una vivencia propia bajo la forma de un personaje. El juego, así entendido, no evita el padecimiento: crea condiciones para abordarlo.
La quinta presentación fue "El oxímoron del duelo: ficcionalizar un real para poder-perder", de Gabriel Germán Artaza Saade, integrante del Poder Judicial de Tucumán, con sede en Tafí Viejo. Su trabajo se detuvo en una experiencia universal y a la vez irreductiblemente singular: el duelo.
El antecedente principal fue la literatura del duelo, en diálogo con interrogantes psicoanalíticos. El expositor analizó especialmente El año del pensamiento mágico, de Joan Didion; La historia del fantasma, de Siri Hustvedt; y La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. A través de estas escritoras, la pérdida aparece no como un proceso lineal ni como un camino rápido hacia la aceptación, sino como una experiencia cargada de ambivalencias.
Guardar los zapatos de quien murió, resistirse a modificar un objeto cotidiano o imaginar que el ausente podría regresar son acciones que pueden parecer ilógicas desde afuera. Sin embargo, expresan algo esencial del duelo: la dificultad de reorganizar la vida cuando un vínculo decisivo ya no está.
Ficcionalizar un real no equivale a negarlo. Significa construir una narración, una imagen o una forma que permita bordear aquello que irrumpe como insoportable. La literatura enseña que perder no es olvidar ni reemplazar: es aceptar, con tiempo y de manera siempre incompleta, que el vínculo deberá persistir de otro modo.
Por último, María Marta Rodríguez, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, presentó "Escritos analíticos en el litoral". Su exposición abordó la escritura como parte constitutiva de la práctica analítica y como una forma de transmisión, de comunidad y de elaboración.
La autora propuso pensar al analista como alguien que lee y escribe: lee los textos que surgen en una sesión, la teoría, la literatura, la época y las formas cambiantes del malestar. Pero también escribe, no para clausurar sentidos, sino para bordear aquello que no termina de escribirse.
Desde cartas a colegas hasta relatos urbanos, poemas y obras de danza, la presentación mostró que la escritura puede extender la práctica analítica hacia la comunidad. En sus textos aparecen figuras cotidianas muchas veces invisibilizadas: la verdulera, el canillita, el cartonero, quienes habitan y sostienen la ciudad desde lugares que rara vez alcanzan el centro de la escena.
En un tiempo de circulación rápida de información y de vínculos crecientemente mediados por algoritmos, la apuesta por la escritura compartida adquiere una dimensión política. Escribir una carta, leer a otro, narrar una escena barrial o poner en palabras una cicatriz puede sostener una comunidad más despierta y menos indiferente.
Una misma apuesta
Las seis presentaciones no ofrecieron una fórmula única para el sufrimiento psíquico. Propusieron algo más valioso: una orientación.
Leer con un niño antes de dormir. Pintar en un taller colectivo. Dibujar aquello que no encuentra palabras. Representar una escena. Escribir sobre la ausencia. Narrar la vida de quienes suelen permanecer invisibles. En todos esos gestos hay una apuesta por el tiempo, por la escucha y por la posibilidad de que algo nuevo aparezca.
En una época que exige respuestas rápidas a problemas complejos, estas experiencias defendieron el valor de los procesos lentos. Recordaron que no todo padecimiento puede resolverse con una explicación, una etiqueta diagnóstica o una intervención inmediata.
A veces, antes de una respuesta, hace falta una página. Un color. Una escena. Una voz. Un espacio donde alguien pueda volver a ser autor de algo.
Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de cuidado en salud mental: no reducir a las personas a su dolor, su diagnóstico o su silencio, sino acompañarlas para que puedan encontrar -en el arte, en la ficción, en la lectura o en la escritura- una manera singular de decirse y de seguir viviendo.







