Cuando el algoritmo nos pone una máscara

Hay imágenes que explican mejor una época que muchos informes. La escena que vimos en el Congreso Argentino de Salud Mental -dos cuerpos cubiertos por máscaras, placas, cables y rostros superpuestos- puede parecer extravagante o incluso inquietante. Y probablemente deba serlo. Porque inquietante es también el tiempo que estamos viviendo.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

Uno de los personajes carga sobre su cabeza una multitud de caras. No tiene un solo rostro: tiene muchos. Algunos miran, otros juzgan, otros parecen gritar. En su cara, un diseño semejante a un código. En el cuerpo, objetos, circuitos, fragmentos, equipamiento. No vemos simplemente a una persona disfrazada. Vemos una metáfora:

La persona contemporánea atravesada por miradas ajenas, por etiquetas, por exigencias, por datos y por algoritmos.

Esa escena dialoga de modo directo con el lema del XIX Congreso Argentino de Salud Mental: "Subjetividad, algoritmos y violencia simbólica", que propone justamente pensar de qué manera la tecnología, las plataformas y las nuevas formas de exposición intervienen en nuestros vínculos, nuestra autoestima y nuestro padecimiento.

Cuando el algoritmo nos pone una máscara

La pregunta ya no es solamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla. Es más profunda: ¿qué hacen las pantallas con nosotros?

Durante años pensamos que internet era una herramienta. Y lo sigue siendo. Nos permite trabajar, estudiar, comunicarnos, informarnos, acceder a servicios, encontrar comunidades y hacer visibles problemas que antes quedaban encerrados en el silencio. Pero, al mismo tiempo, esa herramienta dejó de ser neutral. Hoy gran parte de lo que vemos, deseamos, tememos o discutimos está mediado por sistemas que seleccionan contenidos, priorizan emociones, recomiendan consumos y ordenan la atención.

Cuando el algoritmo nos pone una máscara

El algoritmo no nos conoce por completo. Pero conoce patrones. Sabe qué nos detiene, qué nos enfurece, qué nos conmueve, qué nos hace comparar. Y esa lógica puede terminar moldeando la experiencia cotidiana: no vemos necesariamente lo más importante, sino lo que tiene más posibilidades de capturar nuestra atención.

El problema empieza cuando la atención se convierte en el principal recurso a disputar.

Entonces, cada persona queda expuesta a una presión constante para mostrarse, rendir, opinar, reaccionar y producir una versión atractiva de sí misma. Ya no alcanza con vivir: parece necesario exhibir que se vive bien.

Cuando el algoritmo nos pone una máscara

Ya no basta con estudiar: hay que demostrar productividad. Ya no basta con estar triste: hay que contar la tristeza de un modo que sea comprensible, visible, compartible.

Y en ese movimiento, algo central puede perderse: la singularidad.

La salud mental no puede reducirse a una estadística, a un diagnóstico apresurado, a una foto editada ni a un perfil de comportamiento. Una persona no es el promedio de sus búsquedas. No es el conjunto de sus reacciones. No es un dato de consumo. No es la etiqueta que recibe en redes sociales ni el diagnóstico que alguien pronuncia sin escuchar su historia.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que el lenguaje digital simplifique lo humano. "Tóxico", "narcisista", "ansioso", "cancelable", "exitoso", "fracasado", "productivo", "viral". Palabras que a veces nombran experiencias reales, pero que, usadas sin cuidado, se transforman en sellos. Y un sello puede dejar de describir para empezar a encerrar.

Cuando el algoritmo nos pone una máscara

Eso es parte de lo que se llama violencia simbólica: una forma de dominación que no siempre aparece como agresión explícita. Puede presentarse como un comentario, una expectativa, un ideal de belleza, una exigencia de rendimiento, una norma cultural aparentemente inocente. Opera cuando ciertas jerarquías se vuelven tan habituales que dejan de ser cuestionadas.

En la vida digital, esa violencia puede tomar formas nuevas: la comparación permanente, la ridiculización pública, el hostigamiento, la exigencia de disponibilidad constante, el juicio inmediato, el ranking de popularidad, la discriminación amplificada por una audiencia masiva. No hace falta que alguien grite para que una persona se sienta expulsada. A veces alcanza con que nadie la vea. O con que todos la miren demasiado.

La escena del congreso tiene, en ese sentido, una potencia particular. Ese gran conjunto de cabezas podría representar las voces que se nos acumulan encima: la opinión de otros, el mandato familiar, el discurso social, la demanda laboral, la presión estética, la lógica de la plataforma. Rostros que no siempre elegimos, pero que pueden terminar hablando a través de nosotros.

Y la máscara con apariencia de código plantea otra pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que creemos elegir está ya guiado por una lógica que no vemos?

Cuando el algoritmo nos pone una máscara

No se trata de demonizar la tecnología. Sería ingenuo y también injusto. La tecnología puede ampliar derechos, facilitar tratamientos, acercar información sanitaria, asistir a personas con discapacidad, sostener redes de apoyo y democratizar recursos de cuidado. El desafío no es volver atrás. Es avanzar sin entregar aquello que nos hace humanos.

Eso implica recuperar el valor de la pausa, de la conversación sin métricas, de la escucha que no busca convertir el dolor en contenido. Implica enseñar alfabetización digital, pero también alfabetización emocional. Implica que las familias, las escuelas, los profesionales, los medios y el Estado comprendan que la salud mental no se protege sólo con más mensajes de bienestar; se protege también revisando las condiciones sociales que producen sufrimiento.

Porque nadie puede sostener una vida saludable bajo un mandato permanente de rendimiento, visibilidad y comparación.

La respuesta no es apagar el teléfono y creer que el problema desaparece. El dilema está también en el mundo que construimos fuera de la pantalla: en la precariedad, en la soledad, en la desigualdad, en la violencia, en la falta de escucha, en la ausencia de proyectos compartidos.

Pero sí podemos cambiar la relación con las herramientas. Podemos exigir plataformas más responsables; pedir políticas públicas que contemplen los impactos de la vida digital; evitar diagnosticar desde una publicación. También pensar antes de amplificar una humillación y comprender que detrás de cada perfil hay una historia que no entra en una pantalla.

Cuando el algoritmo nos pone una máscara

Tal vez eso sea lo que la performance nos recuerda: debajo de las máscaras, los datos y las voces superpuestas, sigue habiendo un cuerpo. Un cuerpo vulnerable, deseante, contradictorio. Un cuerpo que necesita reconocimiento, pero no vigilancia; palabras, pero no etiquetas; comunidad, pero no exposición obligatoria.

En una época que parece convertirlo todo en información, defender la salud mental es defender el derecho a no ser reducido a un algoritmo.

Y, sobre todo, defender el derecho a conservar un rostro propio.

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