XIX Congreso Argentino de Salud Mental: el deber de no dejar a nadie solo
Hoy, 26 de agosto, Buenos Aires reúne a profesionales, investigadores, trabajadores de la salud, referentes comunitarios y autoridades en el XIX Congreso Argentino de Salud Mental. La jornada, que se desarrolla en el Buenos Aires Marriott, propone mucho más que un encuentro académico: pone en discusión qué respuestas ofrece la sociedad frente al sufrimiento psíquico, la soledad, las violencias, los consumos problemáticos y los desafíos de una vida cada vez más mediada por tecnologías.
Desde la apertura, a cargo de autoridades de la Asociación Argentina de Salud Mental y representantes provinciales y universitarios, el Congreso despliega una agenda tan amplia como necesaria. Se suceden conferencias, mesas redondas, comunicaciones libres, presentaciones de libros y experiencias territoriales sobre políticas públicas, infancias y adolescencias, inteligencia artificial, prevención del suicidio, discapacidad, clínica, género, derechos humanos, trabajo, envejecimiento y comunidad.
El mensaje de fondo es claro: la salud mental no puede reducirse a un diagnóstico ni a la consulta individual. Es una cuestión pública. Depende de la existencia de servicios accesibles, equipos capacitados, familias y comunidades acompañadas, instituciones responsables y políticas capaces de anticiparse a las crisis en lugar de intervenir únicamente cuando el daño ya está consumado.
Medir, cuidar y humanizar
Una de las primeras conferencias de la jornada plantea una premisa insoslayable: "Sin indicadores no hay políticas de salud mental". La expresión condensa una verdad básica. No se puede planificar una respuesta sanitaria, distribuir recursos ni corregir desigualdades territoriales si se desconoce dónde están las necesidades, cuánto tardan las personas en acceder a una consulta o qué sucede cuando una guardia no puede responder.
Pero la información, por sí sola, no alcanza. El Congreso también pone en primer plano las tensiones entre violencia simbólica y cuidado, así como el riesgo de deshumanización en las instituciones. El reto consiste en que los datos se conviertan en decisiones concretas y que esas decisiones preserven siempre la singularidad de las personas. Medir no debe ser contar expedientes: debe ser una herramienta para evitar que alguien quede sin atención, sin red y sin horizonte.
La agenda muestra, además, que el sufrimiento subjetivo rara vez se origina en un único lugar. La angustia puede estar asociada a una pérdida, al endeudamiento, a una situación de violencia, al aislamiento, a la precariedad laboral, a una crianza sin apoyos o a la falta de acceso oportuno a un tratamiento. Por eso, pretender que la clínica resuelva por sí sola problemas que son sociales e institucionales equivale a pedirle a un consultorio que sustituya al Estado y a la comunidad.
Infancias y algoritmos
Las infancias y adolescencias ocupan un lugar destacado hoy. Mesas y comunicaciones se concentran en la relación entre subjetividad, algoritmos, violencia simbólica, imágenes corporales, trastornos de la conducta alimentaria, redes sociales, sexting, grooming, cibervictimización, videojuegos, sueño y restricciones al uso de celulares en la escuela. También se presenta un libro dedicado a la educación digital crítica frente a la creciente "smartphonización" de la vida cotidiana.
El interés no es casual. Las pantallas forman parte del mundo de niños y adolescentes: pueden habilitar aprendizajes, vínculos y formas de expresión. Pero las plataformas tampoco son neutrales. Organizan la atención, multiplican la comparación social y exponen a los más jóvenes a formas de violencia, presión estética y consumo que exigen una mirada adulta e institucional responsable.
No se trata de elegir entre demonizar la tecnología o celebrarla sin reservas. Se trata de acompañar. Las familias no pueden afrontar solas esa tarea, y las escuelas tampoco deben quedar libradas a respuestas improvisadas. Hace falta alfabetización digital, prevención, conversación, límites razonables y compromiso de quienes diseñan y administran plataformas que compiten por capturar tiempo y atención.
Inteligencia artificial y escucha
La inteligencia artificial es otro de los grandes asuntos del día. Las actividades examinan su respuesta frente al delirio, sus vínculos con los neuroderechos, su impacto en los padecimientos subjetivos y la pregunta de si puede tratarse el sufrimiento psíquico con herramientas de IA. También se discuten la ética, el cuidado y el papel del Estado ante la expansión de los entornos digitales.
La pregunta es pertinente, pero la respuesta no puede ser ingenua. La inteligencia artificial puede colaborar con la organización de información, la orientación inicial o determinadas tareas de gestión. No puede reemplazar la escucha clínica, el juicio profesional, el consentimiento informado ni la responsabilidad de sostener a una persona en crisis.
El Congreso Argentino de Salud Mental despliega una agenda tan amplia como necesaria. Se suceden conferencias, mesas redondas, comunicaciones libres, presentaciones de libros y experiencias territoriales sobre políticas públicas, infancias y adolescencias, inteligencia artificial, prevención del suicidio, discapacidad, clínica, género, derechos humanos, trabajo, envejecimiento y comunidad.
Ningún algoritmo puede suplir la presencia de una guardia que funciona, la disponibilidad de un equipo interdisciplinario o el abrazo de una red familiar y comunitaria. La innovación es valiosa cuando amplía derechos y mejora el acceso; se vuelve peligrosa cuando se utiliza para justificar ausencias humanas, institucionales o presupuestarias.
Prevenir antes de la crisis
La prevención del suicidio atraviesa distintas actividades de esta jornada. Se presentan estrategias de abordaje integral del riesgo suicida en niños, niñas y adolescentes, experiencias de intervención telefónica ante urgencias y catástrofes, propuestas de prevención y posvención, y modelos de trabajo intersectorial.
El Congreso también contempla un reconocimiento a la responsabilidad periodística, especialmente relevante en un tema que exige informar con sobriedad y cuidado.
No existen soluciones simples para un problema complejo. La prevención requiere una trama: atención oportuna, continuidad terapéutica, escuelas alertas, familias acompañadas, recursos comunitarios, profesionales formados y una comunicación que no banalice ni convierta el dolor en espectáculo. Actuar cuando aparece una emergencia es imprescindible; construir condiciones para que esa emergencia no se produzca, todavía más.
Los consumos problemáticos también se analizan desde una perspectiva que busca superar el prejuicio. Durante el día se discutirán modelos de atención, tratamientos, internaciones, experiencias comunitarias, violencia simbólica, consumos en diferentes territorios y barreras para acceder a cuidados, incluso para personas trans. El sentido de ese enfoque es claro: el consumo no se comprende ni se atiende con condenas morales. Se necesitan dispositivos sostenidos, escucha y condiciones de inclusión.
Derechos y presencia estatal
Las discusiones sobre la Ley Nacional de Salud Mental 26.657, sus posibles reformas, las internaciones involuntarias, la salud mental y la ley penal, las intervenciones policiales y la violencia institucional permiten recordar un principio que no debería discutirse: el cuidado debe ser compatible con los derechos humanos.
La urgencia puede exigir una intervención. Pero esa intervención debe estar fundada, ser proporcional, contar con controles y orientarse a restituir autonomía, no a reemplazarla indefinidamente. Cuidar no es encerrar; proteger no es silenciar; tratar no es etiquetar.
El programa aborda además discapacidad, neurodivergencia, salud mental perinatal, pérdidas gestacionales, acompañamiento de familias, envejecimiento, trauma, trastornos alimentarios y sufrimiento en el trabajo. Esa amplitud confirma que hablar de salud mental es hablar de condiciones de vida. No hay bienestar psíquico posible cuando faltan vivienda, ingresos, accesibilidad, vínculos, tiempo para cuidar y servicios públicos presentes.
La mayor contribución de esta jornada quizá sea volver visibles problemas que muchas veces se tramitan en soledad. Un congreso no reemplaza una política pública, ni una mesa redonda sustituye una red de cuidados. Pero puede ayudar a formular mejores preguntas y a recordar que no hay salida individual para padecimientos que tienen causas sociales, institucionales y culturales.
Hoy, 26 de agosto, la discusión sobre salud mental convoca a la clínica, a la escuela, a la justicia, a los medios, a las familias, a las organizaciones sociales, a las empresas tecnológicas y al Estado. La obligación compartida es sencilla de enunciar y difícil de cumplir: que nadie tenga que atravesar solo aquello que una comunidad organizada tiene el deber de acompañar.








