Entre algoritmos y sufrimiento: una clínica que no puede automatizarse

La tarde de este jueves 27 de agosto, en el Salón Los Bosques del Hotel Marriott, el XIX Congreso Argentino de Salud Mental reunió dos mesas redondas que, aun partiendo de temas diferentes, convergieron en una misma preocupación: cómo sostener una clínica rigurosa, sensible y humana en un tiempo atravesado por redes sociales, inteligencia artificial, nuevas neurociencias y promesas terapéuticas de rápida circulación.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

Primero, la Jornada de Clínica y Psicopatología propuso pensar "La Psicopatología en el siglo de las redes y la Inteligencia Artificial". Luego, las "Perspectivas en torno a la Depresión. Clínica, Terapéutica, Neurociencias" llevaron esa reflexión a uno de los padecimientos más extendidos, complejos y frecuentemente simplificados de nuestra época.

Las mesas reunieron a profesionales de reconocida trayectoria asistencial, docente e institucional. El Dr. Ariel Falcoff, jefe de la División de Salud Mental del Hospital Teodoro Álvarez; el Dr. Andrés Rousseaux, psiquiatra a cargo del Pabellón San Juan del Hospital Moyano; la Dra. Cecilia García García, especialista invitada por la Asociación Argentina de Salud Mental, el Dr. Juan Carlos Fantín, coordinador de los Consultorios Externos de Salud Mental del Hospital Álvarez y referente internacional de la World Federation for Mental Health; el Dr. Martín Mazzoglio y Nabar, jefe del Servicio de Urgencias del Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear y profesor de la Universidad de Buenos Aires; y el Dr. Bruno Kliger, psiquiatra de la División Toxicología del Hospital Fernández y docente universitario.

Entre algoritmos y sufrimiento: una clínica que no puede automatizarse

No fueron dos asuntos aislados. Las plataformas digitales, la exposición constante, el mandato de rendimiento, la aceleración de los intercambios y la fragilidad de los vínculos atraviesan la vida cotidiana y, por lo tanto, también la manera en que el malestar se expresa, se nombra y llega a la consulta. La depresión, la ansiedad, el aislamiento, los trastornos del sueño, la sobreexigencia y las nuevas formas de soledad no pueden comprenderse del todo sin atender a ese escenario contemporáneo.

La subjetividad en la era de las redes

La mesa presidida por el Dr. Ariel Falcoff, junto con Cecilia García García y Andrés Rousseaux, colocó una pregunta indispensable sobre la mesa: ¿qué transformaciones subjetivas producen las redes sociales y la inteligencia artificial, y cómo debe responder la psicopatología ante ellas?

No se trata de condenar la tecnología ni de idealizar un pasado sin pantallas. Las redes pueden acercar personas, facilitar información, abrir espacios de expresión y hasta ofrecer herramientas valiosas para la educación y la comunicación. La inteligencia artificial, a su vez, promete aplicaciones relevantes en investigación, prevención, organización de datos y asistencia profesional.

Entre algoritmos y sufrimiento: una clínica que no puede automatizarse

Pero las herramientas nunca son neutrales cuando intervienen sobre la vida psíquica. La lógica de la exposición permanente puede convertir la intimidad en espectáculo; la comparación constante puede profundizar sentimientos de insuficiencia; la búsqueda de validación puede quedar subordinada a métricas de aprobación; y la velocidad del intercambio puede debilitar los tiempos necesarios para elaborar una pérdida, una duda, una angustia o un duelo.

Entre algoritmos y sufrimiento: una clínica que no puede automatizarse

También aparece un interrogante nuevo: qué ocurre cuando una persona encuentra en un sistema automatizado una escucha inmediata, disponible a toda hora y aparentemente comprensiva. Esa disponibilidad puede ser útil como apoyo o puerta de entrada a información, pero no equivale a un vínculo terapéutico. Ningún algoritmo puede hacerse responsable de una vida, advertir por sí solo la densidad de un silencio, acompañar una crisis suicida ni sustituir el juicio clínico, ético y humano que exige cada situación singular.

La inteligencia artificial puede procesar lenguaje, reconocer patrones y formular respuestas convincentes. Lo que no puede hacer es reemplazar la responsabilidad de escuchar a una persona concreta en su historia, sus vínculos, su cuerpo, sus pérdidas y su modo irrepetible de padecer.

Depresión: una palabra que no alcanza

La segunda mesa, presidida por Juan Carlos Fantin y con las intervenciones de Martín Mazzoglio Nabar y Bruno Kliger, se detuvo en la depresión desde una perspectiva articuladora: clínica, terapéutica y neurocientífica.

Entre algoritmos y sufrimiento: una clínica que no puede automatizarse

Hablar de depresión parece sencillo. La palabra circula en la conversación cotidiana, en los consultorios, en las familias, en los medios de comunicación y en las estadísticas sanitarias. Sin embargo, detrás de ese término aparentemente familiar existe una realidad humana y clínica de enorme complejidad.

La depresión no es una enfermedad única, lineal ni explicable por una sola causa. Puede presentarse como una reacción ante una pérdida, como parte de un duelo que requiere tiempo y acompañamiento, como expresión de una enfermedad orgánica, como consecuencia de dolor crónico, como síntoma asociado a otros trastornos o como un cuadro depresivo de gravedad considerable, incluso con riesgo suicida.

Por eso, el primer deber no consiste en asignar rápidamente una etiqueta ni en indicar de modo automático un tratamiento. Consiste en escuchar, la historia de la persona, las circunstancias de su vida, sus relaciones significativas, las condiciones materiales en que vive, sus enfermedades físicas, sus consumos, sus duelos, sus miedos y también aquello que no consigue todavía poner en palabras.

Una escala de síntomas puede aportar información. Una entrevista estructurada puede orientar. Una neuroimagen puede abrir hipótesis de investigación. Pero ninguna de esas herramientas, aislada, reemplaza el encuentro clínico.

Más allá de la explicación química

Durante años se difundió una versión excesivamente simple: la depresión sería, en esencia, el resultado de un déficit de serotonina. Esa imagen pudo contribuir a instalar la importancia de consultar y tratarse, pero es insuficiente para explicar la diversidad de cuadros depresivos y las diferencias en la respuesta de cada paciente.

Los antidepresivos pueden ser recursos fundamentales y, para muchas personas, decisivos. Sin embargo, no actúan de igual modo en todos los casos. Un medicamento eficaz para una persona puede no producir mejoría en otra, ocasionar efectos adversos difíciles de tolerar o perder eficacia en una recaída posterior. Reconocer esa variabilidad no implica desacreditar la medicación: implica asumir que el tratamiento debe ser individualizado y sostenido por evaluación profesional.

La depresión tampoco se presenta siempre como tristeza manifiesta. Puede aparecer bajo la forma de cansancio persistente, insomnio o exceso de sueño, dolores musculares, cefaleas, molestias digestivas, ansiedad, irritabilidad, hipocondría, alteraciones alimentarias, dificultades cognitivas, consumo problemático de alcohol u otras conductas de riesgo. En no pocos casos, la puerta de entrada no es el consultorio de salud mental, sino la consulta con un médico clínico, cardiólogo, neurólogo, gastroenterólogo o especialista en dolor.

La prudencia clínica exige evitar dos errores simétricos: atribuir todo síntoma corporal a una causa "psicológica" y, a la inversa, creer que el sufrimiento depresivo se explica por completo mediante un marcador biológico aislado.

Neurociencias, innovación y prudencia

Las neurociencias han ampliado de manera relevante el conocimiento sobre el cerebro, los circuitos de recompensa, la cognición, el estrés, el dolor crónico, la inflamación y los mecanismos involucrados en distintos cuadros depresivos. Las neuroimágenes permiten estudiar patrones y conexiones; las investigaciones actuales buscan comprender mejor la heterogeneidad de la depresión y avanzar hacia tratamientos más ajustados a las características de cada paciente.

Pero la investigación no autoriza triunfalismos. No existe todavía un biomarcador único que diagnostique depresión con la precisión de un análisis destinado a detectar una infección, una alteración tiroidea o un trastorno metabólico. Una resonancia no reemplaza la entrevista clínica. Un dato biológico no agota la experiencia de una vida atravesada por pérdidas, violencia, precariedad, dolor, trauma, soledad o falta de horizonte.

El aporte más esperanzador de las neurociencias quizá sea confirmar la plasticidad cerebral. El cerebro cambia durante toda la vida: en la infancia, en la adultez y en la vejez. Los vínculos, la psicoterapia, la actividad significativa, las condiciones ambientales y, cuando corresponde, los tratamientos farmacológicos, pueden modificar modos de procesar el sufrimiento y circuitos funcionales asociados a él.

Esa constatación permite cuestionar dos discursos igualmente dañinos. Por un lado, el fatalismo que supone que una persona queda definida para siempre por un diagnóstico. Por otro, la banalización que presenta la depresión como falta de voluntad, fragilidad moral o un problema resoluble mediante frases motivacionales. La depresión requiere tiempo, acompañamiento, evaluación y tratamiento; ni sentencia definitiva ni defecto individual.

También las llamadas terapias innovadoras deben ser consideradas con responsabilidad. El renovado interés científico por psicodélicos como la psilocibina, especialmente en depresiones resistentes, ha generado expectativas importantes. Pero cualquier evaluación seria exige recordar que estas intervenciones se investigan en protocolos controlados, con selección previa de pacientes, evaluación de riesgos, acompañamiento especializado y seguimiento posterior.

La discusión no debería oscilar entre el entusiasmo acrítico y la condena automática. Ni toda innovación es una solución milagrosa, ni toda novedad debe ser descartada por ser novedosa. La pregunta ética y clínica es otra: qué tratamiento puede ser seguro, eficaz, accesible y adecuado para esta persona concreta; bajo qué condiciones; con qué controles; y dentro de qué red de cuidados.

Una política de la escucha

Las dos mesas del Congreso permitieron advertir que la salud mental no puede quedar reducida a una conversación privada entre un paciente y un diagnóstico. La depresión se vincula también con la precariedad, el desempleo, el endeudamiento, la violencia, el aislamiento, el dolor crónico, los mandatos de éxito, la sobrecarga de cuidados y el debilitamiento de las redes comunitarias.

No toda depresión se origina en causas sociales, pero ninguna sociedad puede desentenderse de las condiciones en las que sus integrantes nacen, trabajan, envejecen, se relacionan y padecen. De allí la necesidad de políticas públicas que fortalezcan la atención temprana, reduzcan el estigma, formen adecuadamente a los equipos de atención primaria y garanticen abordajes integrales.

Eso supone psicoterapia cuando está indicada, evaluación clínica cuidadosa, estudio de enfermedades orgánicas asociadas, medicamentos cuando corresponden, acompañamiento familiar y comunitario, prevención del suicidio y seguimiento sostenido. Supone, además, defender el tiempo clínico frente a la presión por respuestas inmediatas, diagnósticos veloces y soluciones estandarizadas.

Entre algoritmos y sufrimiento: una clínica que no puede automatizarse

La época de las redes y de la inteligencia artificial vuelve más urgente esa defensa. La tecnología puede colaborar, informar y ampliar recursos; nunca debería reemplazar la responsabilidad profesional ni la presencia humana allí donde alguien está atravesando un sufrimiento profundo.

La depresión no se resuelve con una única respuesta porque no tiene una única causa. Tampoco la salud mental puede ser custodiada por una aplicación, una receta o un algoritmo. Detrás de cada diagnóstico existe una persona que no necesita simplificaciones: necesita ser escuchada, comprendida y tratada con la seriedad, la prudencia y la dignidad que merece su sufrimiento.

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