Por Alan Robinson.

 ¿Qué es el camuflaje autista? El camuflaje o enmascaramiento autista es el proceso de enmascararse, en el cual la persona autista en su ámbito laboral o social, incorpora una máscara para desenvolverse. La máscara que incorpora en su proceso de camuflaje le permite parecerse en su comunicación, discurso y modo de hablar a las personas que no son autistas, denominadas desde la cultura autista como personas “alistas” o “neuro-tipicas”. De esta manera, la persona autista se camufla para parecerse a una persona sin autismo. Por lo general nadie se da cuenta de que la persona autista está camuflada.

Reconocerse como una persona autista implica un proceso de transición que puede ser muy lento debido a la cantidad de prejuicios psiquiátricos, estigmas psicoterapéuticos y estereotipos culturales que existen en relación al autismo.

Enmascararse en ámbitos sociales de personas no-autistas permite la integración para las personas autistas. Sin embargo, el costo que se paga por la integración puede ser muy alto. No es justo para quien se enmascara tener que expresarse y comunicarse como lo hacen las personas convencionales, alistas o neurotípicas que es la forma más común de hacerlo. Es injusto porque no es su forma natural de comunicarse y expresarse.

El problema de camuflarse es que una persona debe ocultar determinadas formas de expresarse tanto verbales como corporales porque estas formas de expresión no son consideradas normales por la mayoría.

Entonces, el camuflaje en tanto estrategia de supervivencia, impide que, en el ámbito de trabajo, por ejemplo, se vean las formas de expresar de las personas autistas como un síntoma de alguna patología mental, como pueden ser el síndrome de Asperger, el trastorno del espectro autista o el síndrome de Tourette. Entonces, el camuflaje o enmascaramiento evita que se relacionen las conductas con síntomas de trastornos mentales, en ámbitos laborales. Lo que significa que una persona autista invisibiliza su propia naturaleza para evitar los conflictos laborales que se podrían desarrollar en la convivencia.

Pero al mismo tiempo, y acá se presentan más problemas, enmascararse resulta agotador porque la persona autista siempre está copiando conductas ajenas, imitando modos de hablar y actuando de persona normal. Se pueden perder en este fenómeno, los rasgos creativos individuales de cada persona. Enmascararse resulta riesgoso para la salud porque se reprimen las conductas de auto-estimulación y resulta angustiante porque constantemente la persona autista está en peligro de ser descubierta. Cuando la persona autista se camufla, puede además sentirse como farsante ante las personas convencionales, lo cual también puede ser muy angustiante. Se puede comparar, por ejemplo, al camuflaje de un trabajador autista como una improvisación teatral durante el tiempo que dura la jornada laboral. Interpretar el personaje de trabajador convencional, es algo que puede resultar agotador, riesgoso y angustiante.

Si recordamos que la libertad de expresión es un derecho humano, el camuflaje autista resulta un mecanismo de autocensura por miedo a la exclusión social. En este sentido los códigos convencionales para la comunicación humana se constituyen como barreras sociales que se imponen en ámbitos sociales para una persona autista restringen la libertad de expresión de formas muy concretas. De esta forma parecería ser que la única opción de inclusión social para algunas personas autistas resulta ser el enmascaramiento. Hay tantas expresiones verbales y corporales que se encuentran estigmatizadas como síntomas de trastornos mentales, que no podrían desarrollarse aquí, con detalle.

La auto-estimulación es imprescindible para muchas personas autistas porque puede servir tanto para concentrarse, para comunicarse con otras personas, como como para relajarse ante situaciones sociales las cuales implican interacción. Cabe aclarar que la interacción social con personas neuro-tipicas para muchas personas autistas puede resultar estresante. La auto-estimulación expresada en movimientos físicos, gestos verbales, gestos sonoros, formas del lenguaje, en la comunicación oral o incluso en la comunicación escrita suele ser vista como síntoma del trastorno del espectro autista, pero en realidad son aspectos de la diversidad corporal y mental de la persona.

La función del enmascaramiento o camuflaje es reprimir la auto-estimulación. Esta función que cumple el camuflaje autista no solo es un problema y un desgaste excesivo de energía, sino también un peligro. Uno de los problemas con el camuflaje autista es que no sirve para evitar un bloqueo, un colapso o una sobrecarga sensorial o emocional en la persona. Estos tres estados son los que la psicología y la medicina denominan como crisis nerviosas o brotes psicóticos. Por esto el camuflaje es una estrategia de supervivencia, porque si fuera una estrategia de adaptación quienes se camuflan estarían tranquilas de no sentirse expuestas a un bloqueo, un colapso o una sobrecarga sensorial. Cualquiera de estos tres escenarios en el ámbito laboral, por ejemplo, sería catastrófico.

El enmascaramiento autista en ámbitos laborales resulta un fenómeno de integración forzada debido a que quienes comparten las tareas laborales con la persona autista no pueden notar nada en particular en las conductas y expresiones del compañero de trabajo. El camuflaje es algo que la persona autista aplica en sí misma para desempeñarse en sociedad de forma tal de poder mantenerse integrada al ámbito laboral. Pero, esa integración forzada no es inclusión laboral.

Para que el enmascaramiento deje de ser algo que las personas autistas tengan que hacer en ámbitos laborales o sociales parece ser necesario reconocer en el autismo una identidad y dejar de sostener los discursos médicos que lo describen como una enfermedad, un trastorno o una condición.