Perdimos la capacidad de asombro

El vértigo de este tiempo hace que un día veamos a Donald Trump sentado frente a Vladimir Putin, y al otro al mismo Trump amenazando a Venezuela.

Adrián Characán
Adrián Characán

Nos pasa de largo lo que antes nos estremecía. El vértigo de este tiempo hace que un día veamos a Donald Trump sentado frente a Vladimir Putin, y al otro al mismo Trump amenazando a Venezuela como si la política internacional fuera un reality show de los que nos venden cada noche en la pantalla.

Perdimos la capacidad de asombro

Cambian los escenarios, se modifican los actores, pero lo que permanece es nuestra pasividad, nuestra capacidad de mirar sin mirar, de no conmovernos.

Perdimos la capacidad de asombro

En nuestro país escuchamos audios que desnuda un esquema de coimas y sobornos sobre los sectores más vulnerables, como la discapacidad. Y, sin embargo, el presidente sigue en su cargo, firme, blindado, como si nada. ¿No debería eso sacudirnos? ¿No tendría que ser motivo de indignación colectiva? Y sin embargo seguimos, como anestesiados.

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Mientras tanto, en la Franja de Gaza los niños mueren bajo bombas del Estado de Israel. Nos enteramos, lo vemos en imágenes en alta definición, y pasamos a la siguiente noticia. En otro tiempo, semejante barbarie hubiera desatado protestas, marchas, solidaridad masiva. Hoy se diluye entre posteos, memes y trending topics que duran lo mismo que un pestañeo.

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Quizás fue cuando le gatillaron a Cristina Fernández de Kirchner en la cara y el disparo no salió. Quizás fue ahí donde dejamos de asombrarnos. Porque lo increíble, lo impensado, lo intolerable, sucedió frente a nuestros ojos y aun así no reaccionamos. Y ahora Cristina está proscrita, encerrada en un juicio armado de errores jurídicos tendenciosos, y el pueblo apenas susurra.

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La lista es interminable. Cuando Santiago Maldonado desapareció en un río del Sur, cuando los 44 del ARA San Juan se hundieron y nunca volvieron, cuando Macri recibió a sus familiares en pantuflas, en jogging, como si se tratara de una incomodidad más en su agenda, luego los espió igual que  a los suyos. O cuando los jubilados son golpeados en la calle por reclamar lo mínimo. O cuando vemos a los discapacitados protestar por pensiones recortadas y nadie se inmuta.

Tecnología, indiferencia y la fatiga de la sorpresa

Desde que los smartphones, las redes sociales y plataformas de video se convirtieron en nuestra ventana principal al mundo, la mirada colectiva se domesticó. Sherry Turkle, socióloga del MIT, advierte que hemos reemplazado las verdaderas conversaciones por conexiones digitales superficiales que agotan nuestra empatía. Un estudio de UCLA lo comprobó: chicos de sexto grado que pasaron apenas cinco días desconectados de pantallas mejoraron notablemente en su capacidad para leer emociones humanas.

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La psicología le puso nombre a otra parte del fenómeno: compassion fade, el desvanecimiento de la compasión. Nos cuesta más empatizar a medida que crece el número de víctimas. Miles de muertos se nos vuelven estadísticas, no tragedias. Y en un mundo hiperconectado, donde vemos crisis múltiples en simultáneo, esa anestesia opera en piloto automático: no reaccionamos porque ya no sentimos.

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Ejemplos sobran. En Irlanda, un hombre agonizaba ahogándose en un río y varios lo grabaron con sus celulares en lugar de socorrerlo. Convertimos la tragedia en contenido, en espectáculo, y perdimos la dimensión de lo humano.

Raíces más profundas

Claro que el problema no empieza ni termina en las pantallas. Viene de más lejos. Desde la dictadura en adelante, la derecha conservadora encontró la manera de convencernos de que eran la opción más confiable, pese a haber dejado al país con represión, deuda y hambre. Menem, De La Rúa, Macri, Milei: promesas calcadas que nos vendieron una y otra vez. Y aun después del corralito, de las superinflaciones, de los endeudamientos eternos, la gente vuelve a elegirlos. Quizás el antiperonismo sea tan fuerte como el peronismo mismo, y ese choque nos ciegue.

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La historia argentina está llena de ejemplos diseñados para anestesiar: desde la forma en que fue asesinado y expuesto el caudillo riojano Ángel Vicente "Chacho" Peñaloza en 1863 -su cuerpo decapitado y su cabeza exhibida como advertencia- hasta la reciente indiferencia frente al hambre de los jubilados o a los cuerpos desaparecidos de nuestros compatriotas. A leccionar, a disciplinar, a enseñar que el dolor ajeno no debe doler.

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¿Cómo revertirlo?

No todo está perdido. Los mismos estudios que muestran nuestra desconexión sugieren caminos de regreso. Volver a la conversación cara a cara, recuperar el silencio, el contacto visual, lo humano. Practicar la empatía activa: detenernos un momento frente al dolor del otro, preguntarnos qué siente, qué necesita, en lugar de pasar la pantalla. Narrar historias identificables: un nombre, un rostro, un niño, un anciano. No estadísticas, no porcentajes.

Perdimos la capacidad de asombro. Y lo más grave no es haberla perdido: lo más grave es que ya ni siquiera nos asombra haberla perdido. Pero quizás, si nos damos el tiempo de escuchar de nuevo, de mirar sin pantallas de por medio, podamos empezar a recuperarla.

Un mundo convulsionado

Vivimos en un mundo convulsionado, atravesado por cambios repentinos, continuos, estrepitosos, que no nos dan tiempo de procesar todo lo que estamos viviendo. La velocidad de los hechos nos arrastra y, en esa vorágine, perdemos la capacidad de detenernos, de comprender en profundidad lo que ocurre.

Tal vez por eso naturalizamos lo que debería sacudirnos. Vemos a alguien tirado en la calle y pasa a ser parte del paisaje. Se vuelve invisible, se convierte en parte del escenario que transitamos a diario y, casi sin darnos cuenta, lo ignoramos con indolencia, como si el dolor del otro no tuviera derecho a interrumpir nuestra rutina.

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