La cuenta que no cierra: dólares récord y changuitos cada vez más vacíos

El Gobierno celebra la baja de la inflación y el auge exportador, pero la caída de la actividad, la recaudación estancada y el deterioro social muestran una economía que todavía no llega a la mesa de los argentinos.

Hernán Ansuini
Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

Querido lector: este cronista trata de explicar los números con los ojos de quien hace los mandados -porque nosotros también los hacemos-, no con los de quien mira una pantalla de Bloomberg. Y esta semana, otra vez, esos números no le dan la razón al relato oficial.

Conviene decirlo de entrada, aunque suene fuerte: no es fácil encontrar hoy un país que combine una recesión técnica en el horizonte, una pobreza nuevamente en alza, un riesgo país que se dispara y una recaudación que cae, al mismo tiempo que registra cosechas y exportaciones de petróleo, gas y minerales en niveles récord. Esa convivencia entre el viento de cola del comercio exterior y el viento de frente en el bolsillo de la gente es, quizás, la anomalía más llamativa de la Argentina de 2026.

El jueves, en Nueva York, Javier Milei le dijo al editor de Bloomberg News que no veía problemas en el crecimiento y que la Argentina crecería cerca del 3% este año. La afirmación llegó apenas horas después de que el INDEC confirmara una caída de la actividad económica del 2,9% en julio respecto de junio, la más pronunciada desde abril de 2020, en plena pandemia. Entre analistas de bancos, consultoras y fundaciones de raíz liberal -de Adcap a Empiria, de Analytica a la Fundación Libertad y Progreso- el diagnóstico es casi unánime: para que el tercer trimestre no cierre en rojo y el país evite su novena recesión técnica en 32 años, la economía necesita un rebote de entre 3% y 6% en agosto y septiembre. 

Hasta el economista más cercano al oficialismo entre los consultados admitió que ese escenario es "posible, pero poco probable".

El parte oficial y sus letras chicas

Frente a ese dato, el ministro de Economía, Luis Caputo, salió a explicarlo en su cuenta de la red X. Primero destacó que el nivel de actividad creció 1,7% en los primeros siete meses del año respecto de igual período de 2025 -un dato real, aunque hable del promedio acumulado y no de la foto del mes-. Después atribuyó la caída de julio a lo que llamó "shocks transitorios": menor disponibilidad de gas para la industria, lluvias y nevadas por encima de los promedios históricos que habrían golpeado a la construcción y la minería, y menos horas trabajadas en algunos sectores por el Mundial de fútbol.

Cuesta tomar en serio ese conjunto de explicaciones. El propio informe del INDEC muestra que la caída fue generalizada: ocho de los quince sectores retrocedieron frente al año pasado, con la industria manufacturera y el comercio a la cabeza. No se trató, por lo tanto, de un fenómeno limitado a dos o tres actividades afectadas por el clima o el fútbol. La mención del Mundial como excusa estadística resulta especialmente débil: fue también el mes en que, según reconoció el Gobierno, los argentinos gastaron una fortuna en dólares para viajar a verlo. Atribuir una recesión a la lluvia es, en el mejor de los casos, una lectura de escasa calidad técnica; en el peor, una manera elegante de no explicar nada. Los datos privados tampoco respaldan la versión oficial. La Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) estimó que la industria volvió a caer en agosto: un 0,9% respecto de julio y un 4,2% frente al año anterior, el peor registro interanual desde febrero. El supuesto "shock transitorio" de julio se parece cada vez más a una tendencia.

La pobreza oficial -y la que miden quienes desconfían del termómetro

El propio INDEC -que no es precisamente un panfleto opositor- publicó esta semana, además del EMAE, el informe de pobreza. En el primer semestre de 2026, el 32,3% de la población de los 31 aglomerados urbanos vive bajo la línea de pobreza y el 7,5% está directamente en la indigencia: 9,7 millones de personas pobres y 2,2 millones de indigentes. La cifra subió 4,1 puntos respecto del semestre anterior.

Pero hay un problema de fondo que rara vez se explica con claridad: la canasta que usa el INDEC para trazar esa línea de pobreza sigue basada en los hábitos de consumo relevados por la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares de 1996/97, apenas validada más tarde con la de 2004/05. Es decir, la vara con la que se mide si una familia es pobre está anclada en cómo gastaba un hogar argentino hace más de veinte años, cuando el peso de los servicios (alquiler, salud, transporte, conectividad) en el presupuesto familiar era mucho menor que hoy. Actualizar esa canasta no es un capricho técnico: es la diferencia entre medir bien o medir mal.

Indigencia: la cifra subió 4,1 puntos respecto del semestre anterior.

Por eso, las consultoras privadas que actualizaron la canasta obtienen cifras sensiblemente superiores a la oficial. Equilibra -la consultora fundada por Martín Rapetti y Diego Bossio- elaboró una serie alternativa que corrige tanto la desactualización de la canasta como la subdeclaración de ingresos en la encuesta del INDEC; para el primer semestre de 2026, estima una pobreza del 44,9%, casi 13 puntos por encima del dato oficial. El CEPA, mediante otro ajuste metodológico, la ubica entre el 40% y el 43%. La Universidad Nacional de Moreno, con una corrección similar, calculó un 44,1% para el primer trimestre del año. Ninguna de estas mediciones es la "verdadera" en términos absolutos, porque cada una aplica correcciones diferentes. Sin embargo, las tres apuntan en la misma dirección: con canastas y métodos actualizados, la pobreza se acerca más a uno de cada dos argentinos que a uno de cada tres, y el indicador oficial presenta un sesgo a la baja.

Exportaciones récord, arcas que no se llenan

Si algo debería sorprender a cualquier lector de a pie es esta paradoja: 2026 va camino a ser el año de mayores exportaciones de la historia argentina -se proyectan más de US$103.000 millones, superando el récord de 2022- y, sin embargo, la recaudación tributaria no logra despegar. En agosto, según la consultora Criteria, la recaudación total cayó 0,1% en términos reales contra el mismo mes del año pasado, y los ingresos vinculados a la Aduana acumulan ya doce meses consecutivos en baja.

La contradicción se vuelve aún más llamativa cuando se observa cada sector. El petróleo crudo, impulsado por Vaca Muerta, exportó más de US$6.600 millones entre enero y agosto, con un salto interanual del 54,7%. La balanza energética -petróleo, gas y derivados- acumuló un superávit de casi US$7.000 millones en siete meses. El agro, con una cosecha récord de maíz, llevó las exportaciones de granos por encima de los US$41.000 millones. A la vez, la minería metalífera y el litio, de la mano del RIGI, siguen incorporando provincias al mapa exportador. En teoría, ese desempeño debería traducirse en más dólares genuinos para el Estado. En la práctica, buena parte de los ingresos llega con retenciones reducidas o eliminadas, se destina al pago de deuda o al fortalecimiento de las reservas y no compensa la caída de la actividad interna, que sostiene el grueso de la recaudación mediante el IVA, Ganancias y los aportes patronales.

El país exporta como nunca y recauda como si estuviera en el llano.

El petróleo crudo, impulsado por Vaca Muerta, exportó más de US$6.600 millones entre enero y agosto.

El petróleo crudo, impulsado por Vaca Muerta, exportó más de US$6.600 millones entre enero y agosto.

La city tampoco está tranquila

Si en el mundo del trabajo y las compras las señales son de freno, en el de las finanzas son directamente de nerviosismo. El riesgo país superó los 600 puntos esta semana, un salto de casi 50% desde el mínimo de 402 puntos que había tocado en julio. Según Adcap Grupo Financiero, la deuda argentina rinde peor que la de otros países emergentes comparables aun cuando las tasas internacionales no se movieron, lo que sugiere que el problema es más local que global. El propio Milei, en vez de asumir esa lectura, salió a cargar las culpas sobre el gobernador bonaerense Axel Kicillof por la suba del riesgo país, un gesto que dice más sobre el clima de campaña que sobre la economía en sí.

A eso se suma un dato que cualquier argentino, por su arraigada cultura de ahorro en dólares, entiende con rapidez: en agosto, los ahorristas compraron más de US$3.366 millones, la segunda cifra más alta del año y un monto superior al que aportó el campo por sus exportaciones durante el mismo mes. Al mismo tiempo, el Banco Central redujo con fuerza su ritmo de compra de reservas. Es la clásica señal de alerta para el bolsillo: cuando los ahorristas corren a cubrirse en dólares, el clima económico empieza a resentirse.

Lo que confirma el changuito del supermercado

La Encuesta de Supermercados del INDEC completa el cuadro: en julio, las ventas aumentaron un 25,8% en pesos, pero, una vez descontada la inflación, cayeron un 2,1% respecto de julio del año pasado y acumularon una baja del 2,7% en los primeros siete meses.

Traducido: la gente gasta más pesos, pero llena menos el changuito.

Lo que también hay que decir

No sería justo, sin embargo, limitar la nota a la mirada crítica. Las voces cercanas al oficialismo señalan dos aspectos que merecen ser considerados. El primero es la desaceleración sostenida de la inflación desde niveles anuales de tres dígitos hasta registros mucho más manejables, el principal logro que reivindica Milei y un alivio concreto para el poder adquisitivo de quienes tienen menos margen para compensar la suba de precios con mayores ingresos.

El segundo es el fuerte crecimiento interanual de sectores como la pesca y la explotación de minas y canteras -entre ellas, Vaca Muerta-, que avanzaron más del 400% y del 8%, respectivamente, según el EMAE, y aportaron casi un punto porcentual a la actividad. El Presidente también sostiene que se crearon 520.000 empleos, aunque admite que una parte importante es informal, una salvedad que no es menor.

Ese último punto -la informalidad- es, en rigor, uno de los nudos centrales del año y matiza el dato de creación de empleo mencionado en el párrafo anterior. Las cifras ayudan a esclarecer la realidad y a trazar un mapa más preciso. Si se toman los datos oficiales, y no el discurso de atril, entre noviembre de 2023 y mediados de 2026 el empleo formal en la Argentina acumuló una caída sostenida: según la Secretaría de Trabajo (EIL/SIPA), hasta el 31 de mayo de 2026 se perdieron 337.365 puestos -unos 373 por día, en promedio-, de los cuales 79.865 correspondieron al sector público y 16.324 al trabajo en casas particulares. Datos de septiembre de 2026 indican, además, la pérdida de más de 246.000 empleos privados, con trece meses consecutivos de retroceso, mientras el monotributo crecía en paralelo, con 169.026 altas. A su vez, un cálculo del Ministerio de Capital Humano, al cumplirse dos años de gestión, situó la pérdida de asalariados registrados en casi 300.000; la cifra asciende a 540.872 si se incluyen también los no asalariados. Por sectores, la construcción, con 81.295 puestos perdidos, y la industria manufacturera, con 76.556, fueron las más afectadas.

La pregunta que queda para la mesa familiar

Ninguno de estos números, considerado de manera aislada, cuenta la historia completa. Pero, puestos uno junto a otro -la pobreza que, medida con canastas actualizadas, se acerca a uno de cada dos argentinos; la actividad que se frena pese a exportar como nunca; la recaudación que no acompaña siquiera los récords del campo, el petróleo y la minería; el riesgo país que se dispara; y el consumo que no logra recuperarse de forma sostenida-, componen un mapa que cualquier familia puede reconocer sin necesidad de leer un informe técnico. Y ese mapa no se explica con la lluvia, el Mundial ni la falta de gas natural.

La discusión sobre si la Argentina está o no técnicamente en recesión es, en el fondo, una cuestión de manual de economía. La pregunta decisiva es otra: qué ocurre en la mesa de los argentinos y cuánto tiempo más puede sostenerse un ajuste cuyo principal logro ha sido devolver la inflación a niveles de 2015.

La cuenta que no cierra: dólares récord y changuitos cada vez más vacíos

¿Recuerda, estimado lector, cuando Patricia Bullrich y Federico Adolfo Sturzenegger -entonces en la oposición- exhibían carteles con cifras mensuales de entre el 1,4% y el 2,2%, como el 1,48% de febrero o el 2,17% de agosto de aquel año?

Los argentinos pagan muy caro cada nuevo agujero del cinturón, mientras el país bate récords de ventas al exterior que, por ahora, no llegan a sus bolsillos. Esa es la cuenta que todavía no cierra.

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