Un año sin Alejo Montenegro: la herida que todavía duele a Fray Luis Beltrán
A un año de la muerte de Alejo Montenegro, familiares y amigos volverán a marchar para pedir justicia. El joven de 17 años murió atropellado en Kilómetro 8 mientras regresaba caminando de un cumpleaños. La Justicia determinó que el conductor manejaba alcoholizado. La tragedia dejó una herida profunda.
Familiares y amigos convocan este 23 de junio a una marcha pacífica en Rodeo del Medio para pedir justicia por Alejo Montenegro, el joven de 17 años atropellado en Kilómetro 8.
Una tragedia atravesada por el abandono rural, el alcohol al volante y el dolor interminable de una comunidad que todavía no logra entender por qué un chico lleno de vida no volvió nunca más a su casa.
Hay ausencias que se vuelven eternas. Una camiseta colgada. Una cama vacía. Un grupo de amigos que ya no vuelve a ser el mismo. Un club donde todavía parece que en cualquier momento alguien va a entrar sonriendo después de un partido.
El nombre de Alejo Montenegro sigue latiendo con fuerza. Porque no era solamente un chico más. Era el joven que jugaba al futsal en el Club Fray Luis Beltrán, el que defendía la camiseta número 2, el que compartía entrenamientos, viajes, risas y sueños con sus compañeros. Uno de esos jóvenes que todavía estaban empezando a escribir su vida.
Pero todo quedó detenido durante la madrugada de un sábado 23 de junio.
Aquella noche, Alejo había salido junto a otros chicos de un cumpleaños que se festejaba en un salón de la zona de Kilómetro 8. Como cualquier grupo de adolescentes mendocinos: música, amigos, bromas y la simple intención de volver a casa después de pasar un buen momento.
Sin embargo, en las zonas rurales de Mendoza muchas veces regresar a casa se transforma en una ruleta peligrosa.
Los chicos comenzaron a caminar porque prácticamente no había señal para pedir un Uber o algún vehículo por aplicación. Y ahí aparece una de las desigualdades más silenciosas que atraviesan a quienes viven lejos de los grandes centros urbanos. Mientras algunos hablan de tecnología, conectividad y modernidad, otros todavía quedan expuestos en caminos oscuros porque ni siquiera tienen señal estable para pedir ayuda o transporte.
Y fue en ese contexto donde ocurrió la tragedia.
El hecho sucedió sobre el callejón Los Italianos, en la zona de Kilómetro 8. Una calle rural, oscura, con escasa circulación y prácticamente sin controles durante la madrugada.
Por allí circulaba Joaquín Pastorelli, de 20 años, al mando de una Ford Ranger cabina simple. Una camioneta robusta, pesada, preparada para soportar impactos y terrenos difíciles. Capaz de hacer daño. Y aquella madrugada lo hizo.
La Justicia determinó que Pastorelli conducía con 1,30 gramos de alcohol por litro de sangre al momento del hecho. Además, distintos testigos pudieron observar una conducta temeraria previa del conductor.
Después vino lo irreversible.
El impacto.La desesperación. Los gritos. La corrida. Y el silencio posterior que destruyó para siempre a una familia. Alejo murió producto de un traumatismo encéfalocraneano grave. Tenía apenas 17 años. Diecisiete. La edad donde todavía sobran sueños y falta mucha vida por vivir.
Porque cuando muere un chico joven no muere solamente una persona. También se rompen sobremesas familiares, cumpleaños futuros, abrazos pendientes, proyectos y rutinas enteras. Se apagan pedazos completos de una familia.
Y hay algo que los Montenegro no aceptan que se banalice: esto no fue simplemente un accidente.
Conducir alcoholizado no es un accidente. Es una decisión. Manejar irresponsablemente también lo es. Y abandonar el lugar después de atropellar a una persona, mucho más.
Durante este año, además, la familia no pudo atravesar el duelo en paz. Entre las acciones pacíficas realizadas para sostener el pedido de justicia estuvieron los carteles y folletos con la imagen de Alejo colocados en distintos puntos de la zona. Papeles sencillos. Una foto. Un nombre. Una fecha. Un pedido desesperado para que nadie olvide. Pero incluso eso parecía molestar. Personas vinculadas al entorno de Pastorelli se tomaban el trabajo de retirar y descolgar esos carteles. Como si arrancar un folleto pudiera borrar el daño causado.
Como si esconder una imagen pudiera silenciar la ausencia brutal de un chico que nunca regresó a casa.
Y mientras la familia Montenegro intentaba sobrevivir al dolor, otra escena comenzó a golpear todavía más fuerte en el ánimo de quienes conocían a Alejo. Videos de allegados y vecinos que lo muestran a Joaquín Pastorelli en distintas oportunidades en boliches y salones bailables tiempo después de haber ocurrido la tragedia.
Y aunque cada persona enfrenta las situaciones de manera distinta, para quienes lloran a Alejo esas imágenes resultaron devastadoras. Como si la indiferencia hubiera pasado a formar parte de la vida cotidiana. Como si nada realmente hubiera ocurrido. Como si el dolor de una familia entera no existiera.
Porque mientras algunos seguían saliendo a bailar, en una casa de Fray Luis Beltrán había una madre mirando una habitación vacía. Había amigos guardando mensajes viejos. Había una camiseta número 2 colgada como recuerdo.
Y había un abuelo que lentamente se fue apagando.
Con el paso de los meses llegó además otro golpe durísimo para los Montenegro: el fallecimiento de Salvador, el amoroso abuelo de Alejo. Entre familiares y vecinos quedó instalada una sensación profundamente humana, imposible de medir judicialmente pero imposible también de ignorar. Muchos sienten que murió de dolor y de tristeza. Que jamás logró sobreponerse a la pérdida de su querido nieto. Como un efecto dominó del dolor. Primero la tragedia. Después el vacío. Después la angustia diaria. Y finalmente un corazón cansado de sufrir. Porque el dolor también enferma. También envejece. También consume.
Y quizás allí esté una de las dimensiones más crueles de estas tragedias: las víctimas no son solamente quienes mueren aquella madrugada. También son quienes quedan intentando sobrevivir después.
Mientras tanto, Mendoza sigue arrastrando una discusión incómoda que aparece cada vez que ocurre una tragedia vial y desaparece apenas pasan unos días. La naturalización del alcohol al volante. Las bromas con los excesos. La idea absurda de que nunca pasa nada. Hasta que pasa. Después llegan las sirenas.
Y las familias destruidas intentando entender cómo se sigue viviendo después de perder un hijo.
La convocatoria de este 23 de junio buscará justamente eso: que Alejo Montenegro no sea olvidado. Que su nombre siga presente en Fray Luis Beltrán, en Rodeo del Medio y en toda Mendoza. Que el paso del tiempo no transforme su historia en un expediente más archivado entre miles.
Porque para sus amigos del futsal, para su familia y para todos los que todavía lo recuerdan con la número 2, Alejo no es un caso policial. Es el niño que faltó volver a casa.







