Un año sin abrazar a su hijo: Alexandra Sabio y una historia donde la Justicia también quedó en el centro de la disputa

Hay historias familiares que terminan en una separación. Hay otras que terminan en un expediente. Y hay algunas que, cuando la Justicia, la policía y el poder político entran en escena, dejan de ser solamente un conflicto entre dos adultos y empiezan a convertirse en una historia que atraviesa la vida de un niño.

Adrián Characán
Adrián Characán

La historia de Alexandra Sabio y su hijo Milo es una de ellas. Hace un año, el 20 de agosto de 2025, una resolución judicial terminó con el retiro del niño del jardín de infantes al que concurría en Neuquén. Milo tenía entonces cinco años. El procedimiento fue realizado con presencia policial y funcionarios judiciales y terminó con el niño separado de su madre y entregado a su padre, Claude Staicos.

Desde entonces, Alexandra asegura que no volvió a tener un vínculo normal con su hijo. Y aquello que comenzó como una disputa por el cuidado y la comunicación entre dos progenitores terminó transformándose en una batalla judicial, política y mediática que todavía no encuentra una salida. Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: en el centro de todo está un niño.

Una separación que nunca terminó de ser una separación

Alexandra Sabio y Claude Staicos fueron pareja y tuvieron un hijo, Milo, nacido en junio de 2020. Poco después de la separación comenzaron los conflictos judiciales.

La Justicia de Familia intervino para establecer regímenes de comunicación entre el niño y su padre. De acuerdo con la sentencia penal que posteriormente condenó a Sabio, durante el período comprendido entre agosto de 2022 y agosto de 2023 se produjo un impedimento sistemático del contacto entre Milo y Staicos. El fallo sostuvo que durante ese lapso el niño no llegó a ver a su padre. 

Ese antecedente es fundamental para comprender por qué la Justicia terminó modificando el régimen de cuidado.

En mayo de 2025, el juez penal Juan Guaita condenó a Alexandra Sabio a seis meses de prisión en suspenso por el delito de impedimento de contacto agravado por la edad del niño. La sentencia se refería a un período concreto y se sumaba a una larga disputa que ya llevaba años en los tribunales. 

Pero allí no terminó la historia.

El día que el conflicto salió del expediente

El 20 de agosto de 2025 ocurrió la escena que terminó convirtiendo el caso en una causa pública. Milo estaba en el jardín de infantes. Allí se ejecutó la resolución que había otorgado el cuidado unilateral del niño a su padre. El procedimiento terminó con el niño separado de su madre.

Las imágenes circularon por las redes sociales y provocaron indignación. Para quienes acompañan a Alexandra, se trató de una escena de violencia institucional: una criatura de cinco años viendo cómo fuerzas policiales y funcionarios intervenían dentro de su espacio escolar para separarlo de la persona con la que había vivido desde su nacimiento.

Para quienes respaldan la actuación judicial, en cambio, aquello fue el cumplimiento de una resolución destinada a garantizar el vínculo del niño con su padre después de años de incumplimientos.

Y ahí aparece una de las grandes preguntas que atraviesan este caso:

¿Cuánto daño puede producirle a un niño convertirse en el escenario donde los adultos libran una guerra que parece no tener final?

Alexandra sostiene que fue víctima de violencia

La versión de Alexandra es completamente diferente.

La mujer sostiene que desde la separación sufrió hostigamiento, amenazas, denuncias y distintas formas de violencia psicológica. También afirma que la posición de poder de su expareja -a quien identifica como empresario de medios y funcionario del Gobierno de Neuquén- habría agravado su situación.

Esas afirmaciones fueron recogidas en presentaciones públicas e incluso llegaron al Congreso Nacional, donde distintos proyectos expresaron preocupación por la situación de la mujer y el niño.

En esos documentos se plantea la denuncia de una persecución judicial y de una posible utilización de relaciones de poder. 

Pero esas acusaciones deben ser diferenciadas de los hechos que sí fueron establecidos judicialmente.

Porque también existe una sentencia penal que condenó a Sabio por impedir el contacto entre su hijo y su padre.

Y esa contradicción es, justamente, lo que hace que este caso sea tan difícil de explicar y tan necesario de mirar con cuidado.

Del otro lado está Claude Staicos

Claude Staicos sostiene exactamente lo contrario.

Afirma que durante años fue él quien estuvo separado de su hijo y que Sabio habría impedido sistemáticamente el contacto entre Milo y su padre, su hermana y su familia paterna.

En declaraciones realizadas este mismo 1 de septiembre, Staicos sostuvo que realizó 42 denuncias por hechos de violencia y que existen medidas de protección y un botón antipánico a su favor. También negó que actualmente esté impidiendo el vínculo entre madre e hijo y sostuvo que la situación está determinada por decisiones judiciales. 

Su argumento central es sencillo: él no estaría haciendo ahora lo que, según la sentencia penal, Sabio hizo durante años.

La Justicia, en efecto, condenó a Sabio por impedimento de contacto.

Pero una condena por impedimento de contacto no responde por sí sola todas las preguntas que hoy plantea la situación.

No explica cómo debe reconstruirse el vínculo entre una madre y un niño después de un año de separación.

No explica qué siente un chico que fue protagonista involuntario de un procedimiento judicial.

Y tampoco resuelve el interrogante más profundo: cómo se garantiza el interés superior de ese niño cuando sus dos padres se acusan mutuamente de violencia y de impedir el vínculo con el otro.

Un niño en medio de una guerra de adultos

Hoy la historia volvió a entrar en una dimensión todavía más dramática.

Milo, ya con seis años, permaneció durante horas dentro de un colegio de Neuquén mientras sus padres sostenían posiciones enfrentadas. Alexandra se presentó para retirarlo. El establecimiento no se lo permitió por las restricciones judiciales vigentes. Staicos tampoco concurrió a retirarlo durante ese período, según las crónicas publicadas este martes.

La escuela quedó convertida, una vez más, en el escenario de una disputa familiar. Y ahí deberíamos detenernos.

Porque podemos discutir expedientes. Podemos discutir condenas. Podemos discutir denuncias. Podemos discutir quién dijo la verdad y quién mintió.

Pero resulta mucho más difícil discutir algo elemental: un niño no debería crecer sintiendo que debe elegir entre su madre y su padre.

La violencia no termina cuando se dicta una sentencia

Hay una dimensión todavía más profunda.

Cuando hablamos de violencia de género, muchas veces pensamos en golpes, amenazas o agresiones visibles.

Pero existen formas de violencia que pueden desarrollarse durante años y que se mezclan con los expedientes, las denuncias, las restricciones, los incumplimientos y las disputas por el cuidado de los hijos.

Y también existe el peligro inverso: que una denuncia de violencia sea utilizada para bloquear injustificadamente el vínculo de un niño con uno de sus progenitores.

Por eso este caso exige algo más que tomar partido.

Exige que la Justicia pueda determinar, con absoluta independencia, qué ocurrió realmente.

Exige que las denuncias sean investigadas. Exige que las condenas sean respetadas. Y exige, por encima de todo, que las decisiones tengan como prioridad al niño y no la victoria de uno de los adultos sobre el otro.

Porque cuando una madre dice que le arrancaron a su hijo de los brazos, no alcanza con responder que existía una orden judicial.

Y cuando un padre dice que durante años le impidieron ver a su hijo, tampoco alcanza con responder que todo forma parte de una disputa de pareja. Hay que mirar qué ocurrió. Hay que mirar las pruebas. Hay que mirar los expedientes.

Y hay que mirar, sobre todo, qué consecuencias está teniendo todo esto sobre Milo.

Un año después, la pregunta sigue abierta

Alexandra Sabio lleva un año reclamando recuperar el vínculo cotidiano con su hijo. Claude Staicos sostiene que él fue quien durante años luchó por recuperar el vínculo que, según la Justicia, la madre había impedido.

Ambos cuentan una historia distinta.

Y entre esas dos historias hay un niño que no eligió ninguna de ellas.

Quizás esa sea la única certeza que debería unir a todos. Porque la Justicia puede decidir con quién vive un niño. Puede establecer horarios. Puede imponer restricciones. Puede ordenar revinculaciones. Puede disponer medidas de protección.

Pero hay algo que ningún expediente debería perder de vista:

cada vez que los adultos convierten a un hijo en el territorio de una disputa, ese niño también paga el precio.

Y si realmente queremos hablar de derechos, de violencia y de perspectiva de género, tendremos que hacerlo sin consignas automáticas y sin condenas anticipadas.

Porque la violencia contra una mujer puede destruir una vida.

Pero una guerra judicial interminable entre dos adultos también puede terminar destruyendo la infancia de un hijo.

Y en Neuquén, después de seis años de expedientes y un año de separación, esa es precisamente la pregunta que todavía nadie consiguió responder de manera definitiva:

¿quién está protegiendo realmente a Milo?

¿Quién es Claude Staicos?

Claude Christian Staicos es un empresario de medios de Neuquén y fue designado secretario de Prensa y Comunicación de la provincia durante la gestión de Rolando Figueroa. La propia documentación oficial del Gobierno de Neuquén lo identifica en ese cargo.

Además, existe una página creada específicamente alrededor del conflicto, "La verdad de Milo", que presenta la versión de Staicos y reúne documentos judiciales, fotografías y videos. La página sostiene que el padre fue quien durante años intentó recuperar el vínculo con su hijo y publica material que, según afirma, documentaría esa situación.www.laverdaddemilo.com

Cuando el interés del niño debe estar por encima de todo

Hay una escena bíblica que, siglos después, sigue ofreciendo una poderosa metáfora para los conflictos en los que dos adultos disputan por un hijo.

En el primer libro de Reyes, dos mujeres llegan ante el rey Salomón reclamando como propio al mismo niño. Ante la imposibilidad de determinar inmediatamente quién dice la verdad, Salomón propone una salida extrema: partir al niño en dos y entregar una mitad a cada una.

La verdadera madre reacciona inmediatamente. No acepta que su hijo sea lastimado y prefiere entregárselo a la otra mujer antes que verlo morir. La otra, en cambio, acepta que sea dividido. Entonces Salomón comprende quién es la verdadera madre y ordena entregarle el niño. 

La enseñanza no está, naturalmente, en la espada ni en la amenaza de partir al niño. Está en algo mucho más profundo: cuando dos adultos se enfrentan, el primero que debe quedar fuera de esa disputa es el propio niño.

Y quizá allí esté una de las preguntas centrales que deja este caso.

Más allá de quién tenga razón en cada una de las acusaciones, de qué denuncias hayan sido comprobadas, cuáles permanezcan en investigación y qué hayan resuelto hasta ahora los tribunales, la prioridad debería ser una sola: el bienestar de Milo.

Si existe un conflicto judicial y familiar de semejante magnitud y, al mismo tiempo, uno de los progenitores ocupa un cargo de relevancia dentro del Gobierno provincial, resulta razonable preguntarse si no debería evaluarse alguna medida preventiva que garantice que ninguna de las partes pueda sentir -o pueda efectivamente tener- una posición de poder sobre la otra mientras la Justicia termina de esclarecer los hechos.

No se trata de condenar anticipadamente a nadie. Tampoco de quitarle a un padre su derecho a ejercer la paternidad. Se trata de garantizar que el proceso pueda desarrollarse con la mayor independencia, equilibrio y transparencia posibles.

Porque tampoco debería convertirse este conflicto en una batalla interminable entre dos adultos en la que cada denuncia, cada medida judicial y cada exposición pública termine agregando una nueva herida a un niño que no eligió estar en medio de ella.

Tal vez la verdadera sabiduría de una Justicia que quiera parecerse, aunque sea simbólicamente, a aquella de Salomón, no consista solamente en determinar quién tiene razón.

Consista, sobre todo, en encontrar la manera de no partir al niño en dos.

Y que, una vez esclarecidas las responsabilidades que correspondan, los adultos puedan encontrar -con acompañamiento profesional y bajo las condiciones que determine la Justicia- una forma más sana, estable y respetuosa de ejercer la parentalidad.

Porque al final de cualquier expediente, de cualquier denuncia y de cualquier disputa, hay algo que debería estar por encima de todo: Milo necesita seguir siendo hijo de ambos, no el campo de batalla de ninguno quién está protegiendo realmente a Milo?

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