OPINIÓN

Tan sencillo como soplar y hacer botellas: la historia de Rayén Curá, la fábrica de vidrio de Rodeo de la Cruz

Una empresa familiar mendocina que nació en 1947, creció al ritmo de la vitivinicultura, generó cientos de puestos de trabajo y terminó formando parte de uno de los grandes grupos mundiales de envases de vidrio.

Adrián Characán
Adrián Characán

Hay fábricas que producen mercancías 

No es un dato menor que Rayén Curá haya nacido en 1947. Fue al año en que asumió su primera presidencia Juan Domingo Perón 1946 y en el que la Argentina atravesaba una etapa de fuerte impulso a la industrialización y a la sustitución de importaciones. 

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En ese contexto, fabricar en Mendoza las botellas que necesitaba su industria vitivinícola significaba también producir localmente un insumo que hasta entonces podía depender de proveedores externos. Rayén Curá nació, así, en una Argentina que buscaba ampliar su capacidad industrial y reducir su dependencia de productos manufacturados del exterior.

Y hay fábricas que, con el paso del tiempo, terminan produciendo también una parte de la historia del lugar donde están.

Eso fue Rayén Curá para Rodeo de la Cruz.

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Rayén Curá nació en 1947, como una empresa familiar vinculada a la necesidad que tenía Mendoza de contar con una industria capaz de fabricar los envases que necesitaba su creciente producción vitivinícola. Los antecedentes históricos señalan que surgió poco después de Cristalería de Cuyo y que aquella iniciativa fue impulsada por empresarios relacionados con la industria del vino. 

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Más que la obra de un solo empresario, Rayén Curá aparece en sus orígenes como parte de aquella primera generación de empresarios mendocinos que entendió que para producir vino también había que producir las botellas.

Y así comenzó la historia. Una fábrica que no dormía

Durante décadas, los hornos funcionaron prácticamente de manera permanente.

El trabajo frente al vidrio fundido era duro, exigente y sometido a temperaturas extremas. Por la planta pasaron cientos de trabajadores y muchos llegaban desde Rodeo del Medio, San Martín, Guaymallén y distintos puntos del Este mendocino.

Entre los recuerdos que quedaron de aquella época aparece uno particularmente llamativo: el sachet de leche que recibían los trabajadores al terminar su turno.

Muchos recuerdan que quienes trabajaban en las zonas de los hornos recibían esa leche como parte de las condiciones laborales de la época. Se la vinculaba con las características de un trabajo realizado durante horas frente a temperaturas elevadísimas.

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Para establecer exactamente si aquella entrega estaba contemplada en un convenio y cuál era su fundamento sanitario específico habría que recuperar la documentación laboral de aquellos años. Pero el sachet de leche se comenzó  a entregar 20 años luego de inaugurada la fábrica, seguramente, como uno de esos pequeños recuerdos que permiten reconstruir cómo era la vida cotidiana dentro de la fábrica.

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El trabajador terminaba su turno, salía de la planta, esperaba el colectivo la CITA, Tac, el Rapido o el colectivo de la linea 2 y se llevaba su sachet de leche, seguramente en el año 1967 cuando salio al mercado.

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Una escena sencilla de una época industrial que ya no existe de la misma manera. Una fábrica que generó otras fábricas Rayén Curá tampoco terminó en la botella. Porque las botellas había que trasladarlas. Había que almacenarlas. Había que protegerlas. Había que llevarlas hasta las bodegas.

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Y alrededor de esa necesidad apareció toda una economía.

Crecieron empresas de fletes y transporte, algunas de las cuales terminaron convirtiéndose en importantes firmas del sector. Aparecieron talleres, proveedores y emprendimientos dedicados a fabricar pallets, chapadur y otros elementos utilizados para acondicionar y transportar las botellas en forma paletizada.

También surgieron actividades gastronómicas destinadas a atender a esa enorme masa de trabajadores.

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Entre los recuerdos de la zona aparece el restaurante Hermanitos, que posteriormente pasó a llamarse Mulata, y que preparaba viandas para los trabajadores de la fábrica.

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Así, alrededor de Rayén Curá se fue formando una cadena económica que iba mucho más allá del vidrio.

El horno producía la botella. El fabricante producía el pallet. El transportista ponía el camión. El restaurante preparaba la comida. Y la bodega esperaba el envase. Para lograr el famoso eslogan envasado en origen . 

Una fábrica terminó generando un pequeño ecosistema industrial a su alrededor. 

También se expandió sobre el territorio

A medida que la producción crecía, la fábrica necesitaba más espacio.

Rayén Curá fue ampliando su infraestructura y adquiriendo terrenos de vecinos de los alrededores para aumentar su capacidad de almacenamiento, producción y logística.

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El crecimiento de la empresa fue modificando progresivamente el paisaje de Rodeo de la Cruz.

Y, al mismo tiempo, los barrios fueron creciendo alrededor de una fábrica que llevaba allí décadas.

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La ciudad terminó acercándose a la industria. 

El club, la piscina y los sábados de fútbol

Pero Rayén Curá no solamente fue trabajo.

También fue comunidad.

La empresa tuvo su propio espacio recreativo: el recordado Camping de Rayén Curá, con piscina, espacios verdes y cancha de fútbol. La existencia del camping está documentada incluso en publicaciones oficiales de Mendoza.

Allí se organizaban campeonatos y encuentros entre trabajadores y familias. Los vecinos recuerdan especialmente los partidos de los sábados.

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También quedaron en la memoria las carreras de bicicletas vinculadas al nombre de Rayén Curá, con llegada en las inmediaciones del ingreso a la fábrica sobre el antiguo Carril Nacional, hoy Bandera de los Andes.

Era una época en la que una empresa podía tener alrededor suyo no solamente una planta industrial, sino también una comunidad laboral, deportiva y social.

El gran cambio de 1998

En 1998 llegó el capital internacional.

Saint-Gobain, el histórico grupo industrial francés, adquirió el control de Rayén Curá. Una referencia del Banco Europeo de Inversiones confirma que Saint-Gobain controlaba el 60% de Rayén Curá desde 1998, mientras el 40% restante correspondía entonces a Cristalerías de Chile. 

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Una entrevista posterior del entonces director general de Verallia Argentina, Walter Formica, describe a Rayén Curá como una empresa familiar que había construido un fuerte prestigio por la calidad de sus productos. 

Con la llegada de Saint-Gobain comenzó una nueva etapa.

Llegaron inversiones. Llegaron nuevos hornos. Llegó nueva tecnología.

Y aquella fábrica familiar comenzó a convertirse en una planta industrial de escala internacional. 

De Rayén Curá a Verallia

Rayén Curá es un nombre de origen mapuche, en mapudungun, y significa "flor de piedra". Un nombre que parece hecho para esta historia: la delicadeza de una flor y la fuerza de la piedra, convertidas en vidrio al calor de los hornos de Rodeo de la Cruz.

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Acá aparece una confusión frecuente. Verallia no es actualmente una subsidiaria de Saint-Gobain.

Verallia nació como la marca que Saint-Gobain utilizó para identificar su actividad de envases de vidrio. La propia compañía ubica el nacimiento de la marca en 2010. 

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En 2015, Saint-Gobain vendió Verallia a fondos administrados por Apollo Global Management y a Bpifrance. Desde entonces, Verallia pasó a ser un grupo independiente. 

En 2019, además, Verallia comenzó a cotizar en la Bolsa de París. 

Por eso la secuencia correcta es:

 ¿Rayén Curá ? ¿Saint-Gobain ? ¿Verallia ? grupo independiente. Y hay otra particularidad interesante: aunque la empresa actual tiene una identidad propia, sus raíces industriales son mucho más antiguas que el nombre Verallia. La historia internacional de Verallia se remonta a una cristalería fundada en Vauxrot, Francia, en 1827. Saint-Gobain, por su parte, tiene sus orígenes en la Manufacture Royale des Glaces creada bajo Luis XIV en 1665. 

Es decir que detrás de aquella fábrica que los vecinos conocieron simplemente como Rayén Curá existe hoy una historia industrial que conecta Rodeo de la Cruz con una tradición vidriera francesa de casi cuatro siglos.

La botella que sostiene al vino

La relación con la vitivinicultura nunca se perdió.

Rayén Curá nació porque Mendoza necesitaba botellas y su evolución estuvo directamente ligada al crecimiento de las bodegas.

En 2015, Verallia Argentina señalaba que aproximadamente el 99% de su producción estaba destinada a vino y champagne y el 1% a aceite de oliva, una muestra de hasta qué punto la fábrica estaba integrada a la economía productiva mendocina. 

En aquella misma etapa, la planta había pasado de unos 130 trabajadores en 1998 a aproximadamente 385, según declaraciones de Walter Formica. 

Y la producción había alcanzado una escala que permite comprender su importancia para las bodegas.

Porque si falta la botella, el vino no puede salir de la bodega.

Y detrás de esa botella hay toda una cadena.

La otra historia que también merece ser contada

Por eso la historia de Rayén Curá no debería contarse solamente como la historia de una fábrica de vidrio.

Es también la historia de los trabajadores que llegaban en colectivo desde distintos departamentos.

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Del hombre que terminaba su turno  y se llevaba su sachet de leche para desintoxicar de las pequeñas particulas de vidrio , silicio y plomo .

Del camionero que cargaba las botellas.

Del fabricante de pallets. Del trabajador que hacía el chapadur. Del restaurante que preparaba las viandas. Del vecino que vendió una parcela para que la fábrica pudiera crecer. Del sábado de fútbol en el camping. De la piscina. De las carreras de bicicletas.

Y de una industria que durante décadas fue una de las grandes referencias laborales de Rodeo de la Cruz.

Tan sencillo como soplar y hacer botellas

Hoy, cuando vemos una botella de vino mendocino sobre una mesa, vemos solamente el vidrio que contiene el vino.

Pero detrás hay mucho más.

Hay una industria. Hay trabajadores. Hay hornos. Hay transporte. Hay pallets. Hay logística. Hay bodegas.

Y hay casi ochenta años de historia.

Rayén Curá nació en 1947 como una empresa familiar mendocina y terminó formando parte de Verallia, un grupo internacional que hoy produce envases de vidrio en numerosos países.

Pero para varias generaciones de mendocinos seguirá teniendo un nombre más sencillo. Rayén Curá. La fábrica de botellas. La fábrica que no dormía. La fábrica que dio trabajo.

La fábrica alrededor de la cual crecieron otras empresas.

Y la fábrica que, durante décadas, acompañó desde Rodeo de la Cruz el crecimiento de la industria que identifica a Mendoza ante el mundo.

Porque hacer una botella puede parecer sencillo.

Pero detrás de cada botella hay una historia.

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