Su consulta no (¿no?) molesta

Hay un fenómeno muy extendido llamado sesgo de confirmación: la tendencia a buscar, interpretar y consumir información que refuerza nuestras propias creencias, mientras ignoramos o descartamos aquello que las contradice.

Fede Fayad
Comunicador Social, Docente, Periodista. Maestrando. Prensa institucional en Colegio Universitario Central y en Magisterio. Co-Propietario de Agencia Fogón: producción audiovisual, prensa y Redes Sociales.

Por Fede Fayad

Charla de sobremesa:

- X se robó hasta el agua de los floreros.

- Pero eso no es cierto, ¿dónde lo viste?

- Ayer me apareció una noticia en Instagram sobre el tema.

- ¿Era un sitio confiable?

- La verdad, ni idea.

- Entonces no sabés si se robó hasta el agua de los floreros.

- Y mirá, si lo dicen, algo de verdad debe tener.

Es una conversación irritante. Pero existe. Y mucho más de lo que quisiéramos admitir.

Hay un fenómeno muy extendido llamado sesgo de confirmación: la tendencia a buscar, interpretar y consumir información que refuerza nuestras propias creencias, mientras ignoramos o descartamos aquello que las contradice. Un concepto hermanado con la posverdad, sin dudas.

Y no solo eso. La maquinaria de las redes sociales ya nos evita incluso el esfuerzo de buscar o rastrear información. Nos ofrece un abanico diseñado por un algoritmo que interpreta nuestros gustos, deseos, afinidades y miradas políticas. Si creemos que las manzanas son azules, probablemente nos aparecerán miles de noticias, influencers, videos y fotos que "demuestren" que las manzanas son azules.

Como refuerzo argumentativo, pienso en mi tocayo Nietzsche, quien sostenía que las personas no suelen querer confrontar sus ideas con otras distintas porque eso amenaza su estabilidad. Tal vez esa sea la explicación más sencilla: soy feliz porque de acá no me muevo. O, más crudamente, mis ideas son buenas porque son mías.

Esto, que podría ser anecdótico en un contexto de pensamiento crítico extendido, no lo es. Lo preocupante es que, en los últimos años, ya no parece importar si la información es verdadera o verificable. Si encaja con lo que pensamos -o con lo que queremos pensar- alcanza. Antes, al menos, existía cierta disposición a la duda; hoy, muchas veces, la veracidad queda en segundo plano.

Como decía antes, este mecanismo se ve amplificado por el ecosistema digital: siempre hay algún dato, recorte o teoría disponible para respaldar cualquier postura. El terraplanismo es un ejemplo extremo, pero no el único. Internet garantiza que siempre habrá "evidencia" para confirmar lo que alguien ya decidió creer. Hoy por hoy, con los debates sobre la reforma laboral puede verse con claridad. Haga la prueba, si quiere.

En este contexto, el chequeo de fuentes y el contraste de información se vuelven excepciones, no reglas. Si una afirmación proviene de alguien que nos resulta confiable o cercano, se asume como cierta sin mayor análisis. Y muchas veces esa afirmación activa narrativas complementarias que alimentan el enojo o el rechazo hacia otros.

Ocurrió cuando se afirmó, por ejemplo, que "se habían multiplicado las pensiones por discapacidad" sin aportar datos verificables, o cuando se instaló la idea de que mujeres de bajos recursos "se embarazaban por un plan", construyendo la imagen de personas que vivirían cómodamente, con lujos, gracias a la asistencia social. Más acá, pareciera haber una horda de trabajadores con licencia psiquiátrica abusando de este derecho laboral. Que los hay los hay, en todos los casos, pero lejos está de ser el patrón -curiosa elección de la palabra- general.

Más allá de la discusión sobre políticas públicas cualquiera sea nuestra postura ideológica, lo que opera primero es el sesgo: aceptar sin cuestionar aquello que confirma lo que ya creíamos.

El problema no es tener opiniones. El problema es renunciar a la duda. Porque en estos tiempos de angustia multifrontal, las certezas -aunque no sean tales- reconfortan. Nos cobijan como un plumón en invierno. Nos permiten construir un mundo seguro en nuestros propios términos, una sensación de control en medio del descontrol, que por cierto es cada vez mas grande.

¿Se vive mejor así? No lo creo. A la larga, más lúcidos serán quienes sigan albergando dudas frente al mundo que presenta complejas maquinarias de información. Como decía un colega en este medio, lo fundamental es -y seguirá siendo- saber preguntar y preguntarse. Sin miedo.

Su consulta no molesta.

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