¿Otra vez nos quieren hacer creer que la culpa la tiene el que labura?

Mañana el país se paraliza. Y no es porque sí. Es porque el Gobierno insiste en una reforma laboral que, envuelta en un discurso modernizador, esconde la misma receta de siempre: ajustar a los que menos tienen.

Alejandro Gil
Alejandro Gil
El licenciado Alejandro Gil ha sido funcionario del Ministerio de Seguridad y miembro del Consejo de Seguridad. Director de Relaciones con la Comunidad.

Mañana el país se paraliza. Y no es porque sí. Es porque el Gobierno insiste en una reforma laboral que, envuelta en un discurso modernizador, esconde la misma receta de siempre: ajustar a los que menos tienen. Otra vez pretenden convencernos de que el problema del empleo son los derechos de los trabajadores. Otra vez nos quieren hacer creer que la culpa la tiene el que labura.

Pero hay una verdad que ningún comunicado oficial puede esconder: para que haya empleo tiene que haber ventas. Para que haya ventas tiene que haber producción. Y para que eso ocurra, es imprescindible recuperar el poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones. No hace falta ser un académico para entenderlo: si la gente no tiene plata en el bolsillo, los comercios no venden. Si los comercios no venden, las fábricas producen menos. Y si las fábricas producen menos, echan gente. Es una cadena tan simple como cruel cuando se la rompe.

Nos quieren hacer creer que la culpa la tiene el que labura.

Nos quieren hacer creer que la culpa la tiene el que labura.

Hoy, en Mendoza, esa cadena está hecha pedazos. Los datos oficiales duelen: los salarios privados perdieron 2% de poder de compra en el primer cuatrimestre de 2025. Los jubilados, esos a los que el gobierno nacional les vetó un aumento del 7,2% en agosto, acumulan una caída de entre el 32% y el 50% desde 2017. Seis de cada diez mendocinos ya no pertenecen a la clase media. Y en este contexto, ¿la solución que proponen es precarizar el trabajo? Es como querer apagar un incendio echándole nafta.

Pero vayamos punto por punto, porque la reforma está llena de trampas que merecen ser explicadas.

Saquemos a los trabajadores de la Ley de Contrato de Trabajo

Bajo el nuevo régimen, los trabajadores independientes, los de plataformas digitales y los contratados bajo figuras civiles o comerciales quedan afuera de las protecciones básicas. Basta con facturar y listo: ya no hay presunción de laboralidad. Es decir, si un repartidor trabaja ocho horas para una app, en horario fijo y con un jefe, legalmente es "independiente". Un accidente llevando una pizza no es accidente laboral: es un problema personal. ¿Alguien cree que eso es modernizar?

La responsabilidad solidaria se vuelve una ficción

Las empresas podrán tercerizar y desentenderse. Grupos económicos enteros responderán sólo si se prueba fraude. ¿Fraude? Si la ley misma lo permite, no hay fraude: hay negocios. Y los trabajadores, en el medio, sin saber a quién reclamar.

  • El banco de horas suena a inventario de supermercado, pero es mucho peor. Las horas extras no se pagan cuando se trabajan: se acumulan para compensar con días libres en el futuro. ¿Y si el futuro no llega? ¿Y si el despido aparece antes?.
  • Las vacaciones fraccionadas son otro clásico de las malas noticias. Se podrán dividir en tramos de siete días, y el verano será para vacacionar sólo cada tres años. Una familia entera con los chicos en la escuela, ¿a verano cada tres años? Eso no es flexibilidad: es miserable.
  • Los beneficios no remunerativos se multiplican. El comedor, la medicina prepaga, el "salario por mérito", el pago en moneda extranjera. Todo eso no aporta a la jubilación, no paga obra social. El trabajador cobra lo mismo o menos, pero la empresa ahorra en cargas sociales. El costo lo paga el sistema previsional (jubilados). Y al final, lo pagamos todos, porque todos seremos jubilados.
  • El Fondo de Asistencia Laboral (FAL) merece un párrafo aparte. El 3% patronal que hoy va a la ANSES para financiar jubilaciones y pensiones ira a los bancos para pagar indemnizaciones. Transferir el costo de las indemnizaciones a los jubilados no genera trabajo: destruye el sistema previsional. ¿A alguien se le ocurrió preguntarles a los jubilados si quieren pagar los despidos de los trabajadores? ¿O ya decidieron por ellos?.
  • El despido inválido es otra joya: o reincorporación o indemnización, pero no ambas. Es como si alguien robara un banco y le dieran a elegir: o devolvés la plata o vas preso. Así de cínico es el planteo.
  • La ultraactividad de los convenios colectivos desaparece. Si no se firma uno nuevo, los derechos caen. Los convenios de empresa, si alguien paga un plato de arroz ... si lo acepto el empleado, está bien. Es la libertad del gallinero: "la comadreja tiene derecho a comerse una gallina, así como la gallina tiene derecho a comerse una comadreja".
  • Las restricciones sindicales son un ajuste de cuentas político. Asambleas con autorización patronal. Reducción de horas gremiales. Eliminación de las bolsas de trabajo. No es modernización: es disciplinamiento.
  • El derecho de huelga queda limitado al 75% en servicios esenciales y al 50% en los "trascendentales". ¿Trascendentales según quién? ¿Según el mismo gobierno que define la cancha, cobra los penales y los patea? Limitar el derecho a huelga es prohibirla, sólo que con otro nombre.
  • El RIFL promete formalización con rebajas de aportes. Pero sin garantías laborales, formalizar es sólo ponerle un número de CUIT a la precariedad. Desde mañana se derogan todas las normas que penalizan delitos contra el estado y, así el 3% es legal.
  • Y el régimen de plataformas consagra la ficción del trabajador independiente. Sin mínimos, sin derechos, con seguros optativos. Un delivery accidentado no es un trabajador accidentado: es un emprendedor con mala suerte... lo importante es que la pizza llegue a destino.


Mañana hay paro. Y no es un capricho sindical

Es la respuesta de una sociedad que sabe, por experiencia, que flexibilizar no es crear empleo: es crear pobres con trabajo. Que precarizar no es modernizar: es retroceder un siglo.

La receta ya la probamos. Siempre termina igual: más ganancias para unos pocos, más pobreza para muchos, y la promesa incumplida de que el próximo año va a ser mejor.

Para que haya empleo tiene que haber ventas. Para que haya ventas tiene que haber producción. Y para que eso ocurra hay que recuperar el poder adquisitivo de los que laburan y de los que se jubilaron laburando.

Transferir el costo a los jubilados no es una solución: es una estafa. Y mañana, en la calle, vamos a decir basta. Porque el trabajo no es un costo a reducir. Es dignidad. Y la dignidad no se negocia.

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