El apocalipsis de las selfies
Cuando mostrarse se vuelve una carga: del autoretrato al retrato editado, entre la exposición y la identidad.
Hace un tiempo - ya bastante largo quizás- empecé a notar algo curioso. Al abrir Instagram me di cuenta que las generaciones más jóvenes ya no aparecen en sus propios perfiles, ni en su "foto de perfil" ni en las fotos siguientes. Los feeds (es decir, la página principal de sus cuentas, para quienes no saben que es feed) están limpios, como si nadie habitara realmente esa parte de la red aunque efectivamente sucede -y sucede abismalmente- lo contrario.
Pero, a diferencia de la generación que ya pasó los 40 en muchos casos, las fotos personales -esas que antes se acumulaban sin culpa- ya no están. O, en muchos casos, ni siquiera estuvieron alguna vez.
Cuando pregunté por qué, me respondieron algo que me quedó dando vueltas: "La veo tantas veces que le encuentro defectos que no puedo soportar." Los chicos y las chicas de hoy la miran tanto que empiezan a ver todos los detalles que no les gustan. Un gesto raro, una sonrisa torcida donde se ven dientes sin dentista, una mancha allí, una persona detrás, una bolsa en el piso o simplemente el cansancio por una pose sostenida en el tiempo. Me hace acordar a la frase de Caetano "de cerca, nadie es normal".
Entendí, entonces, que la permanencia se ha vuelto una carga. Una foto quieta, eterna, es hoy un espejo demasiado exigente que nos habla (y nos grita, a veces) todo el tiempo. Remarcando nuestras imperfecciones, errores, detalles, manchas socializadoras. Reformulo la frase de Rorschach en la peli "Watchmen" (y seguro es también de los comics, pero no los leí): "No están encerrados conmigo, yo estoy encerrado con ustedes". Lo peor es que es adentro, en nuestra cabeza. Una cárcel perfecta.
Rorschach es un antihéroe ficticio coprotagonista de la aclamada serie de Alan Moore y Dave Gibbons, Watchmen, publicada por DC Comics entre 1986 y 1987.
Con el tiempo, descubrí que la tendencia iba todavía más lejos. Ni siquiera las selfies sobrevivían en las historias. Esas imágenes tomadas con el brazo extendido, tan directas, tan en primer plano, se volvieron difíciles de tolerar. Las selfies muestran demasiado: la piel real, la luz de un día cualquiera, un gesto sin filtro. Nadie quiere, por presión ajena pero también muy propia, enfrentarse a eso. Solo quedan algunas fotos verdaderamente espontáneas... y cada vez son menos.
Lo irónico es que selfie significa, justamente, "yo mismo". Pero parece que el "yo mismo" dejó de ser suficiente. Y si seguimos en el tren de las ironías, feed significa "alimentar". Ya no ocurre ni lo uno ni lo otro.
Después del gran boom en el que todos fotografiábamos absolutamente todo -desde un viaje hasta una extracción de muelas o la caca de la mascota- ahora parece que giramos hacia el extremo opuesto. Volvimos, de algún modo, a la época en que las personas encargaban retratos imponentes a los pintores del Renacimiento: poses épicas, piel perfecta, sonrisa calculada, varios kilos de menos, ropajes bien planchados, fondos impolutos, calculados, una versión editada de la vida.
Quizás, detrás de todo esto, nunca dejamos de buscar eso: como quisiéramos ser (la gente quiere querer... ) y no como realmente somos.








