Infancias en pantalla

Neurociencia, desigualdad y crianza digital: lo que ABCD, JECS y GUSTO revelan sobre el desarrollo infantil en América Latina

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

La combinación de mucha pantalla, muy temprano y casi sin acompañamiento adulto se asocia con peores resultados en lenguaje, atención y funciones ejecutivas, tal como muestran las grandes cohortes internacionales y los estudios latinoamericanos. El desafío regional ya no es demonizar ni celebrar la tecnología, sino regular usos, tiempos y contextos para proteger un neurodesarrollo infantil marcado por la desigualdad.

Una ola silenciosa está reconfigurando la infancia en América Latina: la de las pantallas. Más allá de las modas tecnológicas y la nostalgia adulta, lo que está en juego es el neurodesarrollo: lenguaje, atención y funciones ejecutivas en los años más plásticos del cerebro.

Los colosales estudios internacionales dibujan un mapa inquietante. El ABCD, en Estados Unidos, indica que el uso frecuente de medios digitales está ligado a cambios en circuitos de recompensa y control mental. Esto incluye el estriado, la corteza cingulada anterior, la ínsula y las redes frontoparietales, que son responsables de mantener la atención, regular los impulsos y concentrarse en tareas difíciles. JECS, en Japón, sigue a niños desde su primer año y, con una claridad casi aritmética, muestra una relación dosis-respuesta: a más tiempo de pantalla a los 12 meses, más retrasos en comunicación y resolución de problemas a los 2 y 4 años. GUSTO, en Singapur, agrega un dato clave: esas horas de pantalla tempranas dejan huella en la actividad cortical medida por EEG y se traducen, años después, en diferencias en atención y funciones ejecutivas.

Pantallas: Una ola silenciosa está reconfigurando la infancia en América Latina.

Pantallas: Una ola silenciosa está reconfigurando la infancia en América Latina.

Todo esto sería preocupante aunque fuera un fenómeno lejano. Pero no lo es. En América Latina, los tiempos de pantalla en la primera infancia superan sistemáticamente las recomendaciones. Televisores siempre encendidos, celulares entregados para "calmar" o "entretener" y tablets convertidas en niñeras digitales sustituyen conversaciones, juego libre y lectura compartida. La evidencia regional viene diciéndolo con insistencia: más pantalla sin mediación se vincula con menos lenguaje, más dificultades de atención y peores funciones ejecutivas. Y cuando se mide qué familias logran cumplir las pautas de "sin pantalla" antes de los dos años o "hasta una hora diaria" entre los dos y cinco, el resultado es desolador: son minoría.

Sin embargo, la historia no es una condena tecnológica, sino una radiografía de desigualdades. Las mismas pantallas que en hogares con tiempo, libros y adultos disponibles se usan para contenidos educativos y co-visión dialogada, en contextos de pobreza y sobrecarga laboral se transforman en reemplazo de la presencia. No es el mismo impacto el de una hora de dibujos animados comentada con un adulto que el de cuatro horas de videos aleatorios mientras nadie puede prestar atención. Lo que muestran los datos es que el riesgo no se explica solo por la cantidad de pantalla, sino por lo que desplaza: lenguaje cara a cara, juego, lectura, mirada compartida.

Desde el punto de vista de política pública, seguir discutiendo el tema en términos de "demonización" o "celebración acrítica" de la tecnología es una pérdida de tiempo que no tenemos. La cuestión no es si las pantallas son buenas o malas en abstracto, sino qué usos, en qué edades y bajo qué condiciones afectan circuitos que sostienen funciones decisivas para la vida escolar, laboral y emocional futura. La neurociencia del desarrollo hoy pone nombres y apellidos a esos circuitos; los estudios de cohortes longitudinales muestran trayectorias; la región aporta el contexto: desigualdad, sobrecarga, falta de apoyo a las familias en crianza digital.

Pantallas e infancia: Los colosales estudios internacionales dibujan un mapa inquietante.

Pantallas e infancia: Los colosales estudios internacionales dibujan un mapa inquietante.

En Argentina y en el resto de América Latina, una agenda mínima y urgente debería tener tres ejes. Primero, reconocer la primera infancia como periodo crítico y establecer recomendaciones claras y difundidas: casi nada de pantallas antes de los dos años, límites estrictos y contenido de calidad después, con prioridad para lectura compartida y juego libre. Segundo, invertir en educación parental y acompañamiento, especialmente en los sectores que más usan las pantallas como sustituto de presencia porque no tienen otra cosa que ofrecer. Tercero, incorporar esta evidencia en los debates sobre regulación de plataformas, publicidad dirigida a niños y diseño de entornos digitales: detrás de cada notificación y cada video automático hay un cerebro en desarrollo.

La nota incómoda es que no hay solución mágica: pedir "menos pantalla" sin ofrecer condiciones para "más presencia" es condenar a las familias a la culpabilidad y al fracaso. Pero ignorar lo que ya sabemos -que la combinación de + pantalla, + temprano y + sola se asocia con - lenguaje, - atención y - función ejecutiva- es aceptar resignadamente que las próximas generaciones crezcan en un ecosistema digital. Este no fue pensado para su neurodesarrollo, sino para su permanencia. Y esa es una conversación que ya no podemos seguir postergando.

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