Milei ya no está en campaña: la sociedad empieza a pedir resultados

Milei llegó a la Casa Rosada prometiendo romper el sistema. Más de dos años después, la sociedad empieza a reclamar algo diferente: menos confrontación y más resultados. Con el bolsillo golpeado, el consumo en caída y una oposición que intenta rearmarse, el próximo poder político podría no ser el que grite más fuerte, sino el que logre demostrar que sabe gobernar.

Martín Tula
Analista Político. Periodista. Activista y referente en discapacidad. Influenciador en redes sociales.

Argentina: cuando la sociedad empieza a pedir otra cosa

A casi un mes de la final del Mundial, la política argentina volvió a poner en marcha sus agendas. Pero esta vez no se trata solamente de la agenda del Gobierno. También comenzaron a moverse las agendas de quienes ya miran hacia 2027 y empiezan a posicionarse como posibles candidatos presidenciales.

El calendario electoral todavía parece lejano, pero en política los tiempos nunca son los mismos que en la vida cotidiana. Mientras la dirigencia comienza a pensar en candidaturas, alianzas y posicionamientos, la sociedad está pensando en algo bastante más simple: cómo llegar a fin de mes.

Y ahí aparece el primer gran problema que enfrenta el Gobierno de Javier Milei.

La inflación, que durante buena parte de su gestión fue el principal eje de la discusión económica, dejó de ocupar el centro de las preocupaciones. No porque los argentinos hayan dejado de preocuparse por los precios, sino porque la discusión cambió. Hoy la pregunta ya no es solamente cuánto aumentó un producto. La pregunta es si el salario alcanza para pagarlo.

La diferencia no es menor.

Durante los primeros meses de la gestión, el Gobierno podía argumentar que el esfuerzo era necesario para terminar con la inflación y ordenar una economía que había recibido en una situación crítica. Ese argumento tenía una lógica y una parte importante de la sociedad decidió acompañarlo.

Pero todo esfuerzo tiene un límite.

Y ese límite aparece cuando el ciudadano comienza a preguntarse cuánto tiempo más deberá esperar para que la recuperación macroeconómica se transforme en una mejora concreta de su vida cotidiana.

Los números empiezan a mostrar esa tensión. El consumo privado acumuló una caída del 1,7% durante el primer semestre de 2026 y registró en junio su séptimo retroceso interanual consecutivo.

A esto se suma el deterioro del crédito de las familias. Según datos elaborados sobre información del Banco Central, en mayo había 20,9 millones de personas con deudas con bancos y billeteras virtuales y 5,8 millones se encontraban en situación de mora. En el caso de las billeteras virtuales, la morosidad llegó al 29,6%.

Es decir, mientras desde el Gobierno se habla de equilibrio fiscal, desinflación y normalización de la economía, una parte importante de la sociedad está viviendo otra realidad: menos consumo, más endeudamiento y mayores dificultades para cumplir con sus obligaciones.

Y acá aparece una pregunta que el Gobierno debería hacerse.

¿Hasta dónde puede sostenerse un programa económico si el equilibrio de las cuentas públicas no empieza a sentirse también en el bolsillo de quienes todos los días hacen el esfuerzo para sostenerlo?

No se trata de cuestionar la necesidad de ordenar las cuentas públicas. El déficit permanente tampoco puede ser una solución. La discusión verdadera está en otro lugar: cuál es el costo social de ese ordenamiento y cuánto tiempo puede sostenerse sin que aparezca crecimiento, inversión productiva y recuperación del consumo.

Porque una economía puede mostrar buenos números macroeconómicos y, al mismo tiempo, tener una sociedad que siente que está peor.

Ese es el riesgo político que La Libertad Avanza todavía parece no terminar de comprender.

Hoy, para quien tiene algún excedente de dinero, las opciones parecen estar cada vez más relacionadas con el mundo financiero: bonos, letras, dólares o instrumentos de inversión. Para quien no tiene ese excedente, la realidad es completamente distinta.

Abrir un comercio significa asumir alquiler, impuestos, servicios, salarios, cargas laborales y una demanda que no necesariamente acompaña.

Por eso la pregunta es inevitable:

¿Queremos una Argentina donde el negocio sea producir, contratar y crecer o una Argentina donde el negocio sea simplemente tener capital suficiente para invertir en activos financieros?

El mercado financiero puede ser una herramienta de crecimiento. El problema aparece cuando se transforma en una de las pocas alternativas atractivas para quienes tienen capacidad de ahorro, mientras el resto de la sociedad queda cada vez más lejos de esa posibilidad.

Y ahí es donde el discurso del Gobierno empieza a encontrar una contradicción difícil de ocultar.

El segundo problema es político.

La propuesta de reforma de la Ley de Tierras es un buen ejemplo. La discusión sobre la propiedad rural y la inversión extranjera es absolutamente válida. Incluso puede sostenerse que la legislación necesita ser revisada y que Argentina debe discutir cómo atraer inversiones sin resignar soberanía ni control sobre recursos estratégicos.

El propio Gobierno argumenta que las restricciones actuales desalientan inversiones y propone flexibilizar el régimen para permitir una mayor participación extranjera.

El problema, entonces, no necesariamente está en discutir la iniciativa.

El problema está en cómo se comunica, cómo se negocia y, fundamentalmente, en qué momento se decide colocarla en el centro de la agenda.

El proyecto generó dificultades para conseguir los votos necesarios en el Senado y se terminó sacando ese capítulo de la discusión.

La política también consiste en saber leer el momento.

Cuando una familia está pensando cómo pagar la luz, el alquiler, la comida o la cuota de la tarjeta, es muy difícil convertir una discusión sobre la propiedad de tierras rurales en una prioridad social.

Puede ser una reforma importante. Puede incluso ser necesaria. Pero eso no significa que sea la principal preocupación de quien está contando los pesos antes de llegar a fin de mes.

Y acá aparece uno de los errores más importantes de La Libertad Avanza después de más de dos años de gestión: todavía parece comportarse, en algunos momentos, como si continuara en campaña.

Pero Milei ya no es el outsider que denuncia al sistema desde afuera.

Es el Presidente.

Y ser Presidente implica algo diferente: gestionar, negociar, administrar conflictos, construir mayorías y resolver problemas.

La sociedad puede tolerar que un candidato grite contra la política. Pero lo que empieza a exigirle a un Presidente es que gobierne.

Ese cambio de rol todavía no parece completamente asumido por el oficialismo.

Y ese vacío empieza a ser aprovechado por otros.

La oposición peronista comenzó nuevamente a buscar un camino de reorganización. La paradoja es que buena parte de los dirigentes que hoy intentan reconstruir esa oposición también forman parte de la historia política que explica el triunfo de Milei.

Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner, Germán Martínez, José Mayans y tantos otros fueron protagonistas de una etapa que terminó dejando a una parte importante de la sociedad agotada de la política tradicional.

La pandemia fue parte de ese contexto, pero no explica todo.

El problema fue que, después de años de crisis, inflación, pérdida del poder adquisitivo y falta de respuestas, la sociedad decidió probar algo completamente diferente.

Eligió a un outsider.

Eligió a alguien que prometía romper el sistema y terminar con la casta.

Pero hay algo que empieza a resultar evidente: Milei llegó para romperlo y, hasta ahora, en varios aspectos terminó administrándolo y, en algunos casos, incluso afianzando estructuras que había prometido combatir.

Por eso comienzan a aparecer nuevos jugadores que intentan ocupar ese espacio.

Y lo interesante es que algunos de ellos parecen entender que el próximo discurso disruptivo no necesariamente tendrá que parecerse al de Milei.

El discurso de Milei fue el de romper.

El de algunos nuevos outsiders busca ser el del diálogo, la unión y la construcción de acuerdos. Allí aparecen nombres como Daniel Hadad, Jorge Brito o Dante Gebel, cada uno desde espacios y recorridos completamente diferentes.

No necesariamente porque todos tengan un proyecto político consolidado, sino porque representan una señal de algo que empieza a aparecer en la sociedad: el cansancio frente a la política basada exclusivamente en la confrontación.

Los argentinos ya tuvieron el discurso del "ellos contra nosotros".

Ya tuvieron al político que gritaba.

Ya tuvieron al dirigente que insultaba.

Y también tuvieron al Estado que prometía resolverlo todo.

Lo que ahora podría comenzar a buscar una parte de la sociedad es otra cosa.

Un adulto.

Alguien que pueda sentarse a negociar, ordenar, tomar decisiones y explicar hacia dónde va el país.

No necesariamente alguien que prometa una revolución.

Alguien que pueda mostrar gestión.

Porque quizás el próximo cambio político argentino no venga de quien grite más fuerte, sino de quien consiga convencer a una sociedad cansada de discutir que todavía existe una manera razonable de hacer funcionar el país.

Los argentinos ya tuvieron al papá Estado.

Ahora están atravesando la etapa del nene caprichoso.

El próximo desafío será encontrar al presidente adulto.

Uno que no necesite gritar para demostrar autoridad, que no necesite enemigos para construir identidad y que pueda mostrar algo mucho más difícil que una consigna: resultados.

Porque, al final, la sociedad no está pidiendo demasiado.

Está pidiendo poder vivir un poco mejor.

Gobernar es crear trabajo.

Juan Domingo Perón, 1971. -


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