OPINIÓN

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

Antes de las grandes sagas de ciencia ficción, Metrópolis imaginó una ciudad dividida entre élites y trabajadores invisibles. Su visión de máquinas, vigilancia y desigualdad resuena hoy en un mundo donde la riqueza se concentra cada vez más en pocas manos.

En 1927 una película alemana imaginó el futuro. Casi cien años después, ese futuro se parece demasiado al presente

Hay películas que envejecen. Y hay películas que, con el paso del tiempo, parecen volverse más verdaderas.

En 1927, el director alemán Fritz Lang estrenó Metropolis, una obra monumental que intentaba imaginar cómo sería el futuro. Lo hizo mucho antes de que existieran universos cinematográficos como Star Wars o las ciudades oscuras de Blade Runner. Y lo sorprendente es que ese futuro que imaginó ya tiene fecha: 2026.

La ciudad de Metrópolis es una maquinaria perfecta y cruel. Arriba viven las élites, rodeadas de jardines, torres y lujo. Abajo, invisibles para quienes gobiernan, miles de trabajadores sostienen el funcionamiento de las máquinas que mantienen viva a la ciudad.

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

Los de arriba disfrutan del progreso.

Los de abajo lo pagan con su vida.

La película muestra máquinas gigantes, robots, pantallas de control y sistemas que anticipan lo que hoy llamaríamos inteligencia artificial o vigilancia tecnológica. Pero detrás de la estética futurista hay algo más antiguo: la lucha entre quienes concentran el poder y quienes sostienen el sistema con su trabajo.

El guion, escrito por la novelista Thea von Harbou, costó cerca de cinco millones de marcos imperiales, una cifra enorme para la época. La filmación duró dieciocho meses y movilizó miles de extras. Los estudios presumían de haber utilizado mil figurantes con la cabeza rapada y 750 niños.

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

Para las escenas de la inundación -uno de los momentos más impactantes del film- Lang obligó a repetir durante días las tomas con agua real cayendo sobre los actores. Sin saberlo, estaba creando algo que hoy es habitual en Hollywood: la primera  película de desastres.

Pero lo que convirtió a Metrópolis en una obra inmortal no fue el espectáculo, sino su idea central.

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

La historia sigue a Freder, el hijo del poderoso gobernante de la ciudad, que descubre el mundo subterráneo de los trabajadores y se enfrenta a la brutalidad del sistema. Allí conoce a María, una joven que predica la reconciliación entre las clases.

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

El científico Rotwang, una figura obsesiva y casi demoníaca, secuestra a María y transfiere su apariencia a un robot. Esa falsa María termina provocando una rebelión de los obreros que destruyen las máquinas que mantienen viva a la ciudad.

El caos es total. Las aguas inundan los túneles. Y el sistema que parecía eterno está a punto de colapsar.

Al final llega una reconciliación frágil. La película deja una frase que resume toda su filosofía:

"El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón."

Casi un siglo después, esa metáfora parece escrita para el presente.

Hoy el mundo también se divide entre un "arriba" y un "abajo". Arriba están las grandes corporaciones tecnológicas, los fondos de inversión, los dueños de plataformas que controlan datos, algoritmos y capital. Abajo, millones de trabajadores cada vez más precarizados sostienen esa maquinaria: repartidores, programadores tercerizados, operarios de fábricas automatizadas, empleados de plataformas digitales.

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

Las máquinas ya no son las enormes turbinas de Metrópolis.

Son servidores, algoritmos y redes.


Pero la lógica se parece demasiado.

La riqueza global se concentra cada vez en menos manos. Mientras tanto, millones de personas trabajan más horas por menos estabilidad. Las manos siguen moviendo la ciudad, aunque muchas veces ni siquiera sepan quién es la cabeza.

Quizás por eso Metrópolis sigue fascinando.


Porque detrás de su estética futurista -robots metálicos, rascacielos imposibles y máquinas gigantes- no hablaba realmente del futuro.

Hablaba del poder.

Y de algo que sigue siendo tan frágil hoy como en 1927: el equilibrio entre quienes piensan, quienes trabajan y quienes deberían gobernar con algo más que cálculo.

Tal vez por eso aquella vieja visión también dialoga con otra advertencia artística mucho más cercana. En la canción Yo quiero ver un tren, de Luis Alberto Spinetta, el paisaje también parece situarse después de una catástrofe: un mundo casi vacío, posterior -según el propio Spinetta sugería- a la explosión de una bomba neutrónica . Otra obra que, desde la música, imaginaba el silencio que podría quedar cuando la tecnología y el poder se llevan demasiado lejos.

Mientras las tensiones y guerras vuelven a encenderse en Medio Oriente y el mundo observa con inquietud si esos conflictos quedarán contenidos o si terminarán arrastrando a potencias mayores hacia algo que recuerde a una guerra mundial, aquella vieja película muda vuelve a sonar inquietantemente actual.

Metrópolis, 2026: la vieja profecía de una película muda

Las máquinas cambiaron, las ciudades crecieron, la tecnología domina cada rincón de la vida.

Pero el problema sigue siendo el mismo.

Arriba se concentran las decisiones, la estrategia y el poder.

Abajo siguen estando las manos que sostienen al mundo.

Y en medio de líderes que calculan movimientos, alianzas y amenazas como si el planeta fuera un tablero, la advertencia de 1927 vuelve a aparecer, sencilla y brutal.

Que entre la cabeza y las manos, todavía debería existir el corazón.

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