Mercado Libre y la distorsión del valor: cuando el precio deja de decir la verdad
La comparación entre productos idénticos vendidos en Mercado Libre y en Facebook Marketplace expone una distorsión profunda en los precios de referencia. No es el bien lo que cambia, sino la plataforma. Comisiones, intermediación total y posición dominante generan valores inflados que confunden al consumidor y afectan tanto a compradores como a comerciantes. En una economía ya golpeada, esta sobredimensión del precio profundiza la incertidumbre sobre el valor real de las cosas y consolida un modelo que concentra poder y condiciona la vida cotidiana.
Durante años, el mercado encontró formas rudimentarias pero eficaces de medir el valor real de las cosas. Una de ellas fue el célebre Índice Big Mac: una hamburguesa idéntica en casi todo el planeta que permitía comparar, de manera simple, el poder adquisitivo y las distorsiones de precios entre países. Un Big Mac valía "tantos dólares" en cada lugar del mundo y, a partir de ahí,se podía inferir si una economía estaba cara o barata.
Hoy, en la Argentina, ni siquiera eso parece alcanzarnos
La irrupción y consolidación de Mercado Libre, la plataforma creada por Marcos Galperín, introdujo una variable nueva y profundamente distorsiva: el precio ya no responde solo al producto, sino a la plataforma que lo vende. Dos bienes idénticos, con las mismas características técnicas, pueden tener diferencias de precio brutales, incluso dentro de la misma plataforma. No por calidad, no por origen, no por logística extraordinaria, sino por el ecosistema que los contiene.
Los ejemplos son concretos y verificables
Un sillón-colchón inflable, de iguales características, puede conseguirse en Facebook Marketplace por alrededor de 43.000 pesos, mientras que en Mercado Libre el mismo producto supera los 253.731,70 pesos.
En Marketplace, una hormigonera equivalente , incluso acompañada por una carretilla, ronda los 357.000 pesos, más envio.
Una hormigonera de 1 HP, sin la carretilla, vendida de forma individual en Mercado Libre, supera los 545.816,25 pesos mas el costo del envío, que muchas veces es mas caro por que Galperin ya pensó en la devolución gratis, no es gratis ya te lo cobro con el primero.
No estamos hablando de márgenes normales. Estamos hablando de una disparidad estructural que confunde al consumidor, distorsiona la percepción del valor y termina afectando a toda la economía cotidiana.
Marcos Galperín, ciudadano argentino, decidió hace años radicarse en Montevideo, Uruguay, uno de los enclaves fiscales más favorables de América Latina. Desde allí dirige una plataforma que participa de casi todos los movimientos de nuestra vida diaria: compramos, vendemos, pagamos servicios, cargamos transporte, realizamos trámites. Mercado Pago está en el Registro Civil, en el colectivo, en la boleta de impuestos, peajes, en la vida diaria de millones de personas.
Esa omnipresencia genera una relación ambigua. Una relación que muchos podrían describir, sin exagerar, como una forma de síndrome de Estocolmo: confiamos porque está en todas partes, porque la publicidad es constante, porque "siempre funciona". Pero esa confianza convive con una realidad menos visible.
Existen innumerables denuncias y quejas de usuarios que han perdido productos: heladeras, televisores, electrodomésticos completos. Personas que fueron estafadas con créditos otorgados por Mercado Pago, o que nunca recibieron lo comprado. Eso si, no hay un solo caso en que defensa al consumidor haya estado a favor del cliente, prefieren no involucrarse, que lo resuelvan los chabot de Galperín. Reclamos que chocan contra un muro de chatbots, respuestas automáticas y frases hechas:
"Sentimos mucho lo que estás pasando", "lamentamos profundamente la situación que estás viviendo".
Pero el resultado suele ser el mismo: la plataforma se lava las manos y el usuario pierde. Sin interlocutor humano, sin resolución real, agotado por un sistema diseñado para cansar.
Mientras tanto, el comerciante también paga su parte: comisiones elevadas, costos de devolución, exigencias logísticas. Todo eso termina trasladándose al precio final. Mercado Libre participa de cada tramo de la cadena y, al hacerlo, empuja los valores hacia arriba, generando una sobredimensión artificial del mercado.
En contraste, Facebook Marketplace, propiedad de Mark Zuckerberg, al menos por ahora no cobra comisiones. No es altruismo: es estrategia. Pero esa diferencia explica, en buena medida, por qué los precios pueden ser radicalmente más bajos. El producto es el mismo; lo que cambia es el intermediario.
El resultado es inquietante: ya no sabemos si algo es caro o barato. Perdimos la referencia. Si antes el Big Mac servía como patrón informal, hoy Mercado Libre se ha convertido en una especie de oráculo arbitrario del precio, donde el valor parece depender más de lo que se le ocurre a la plataforma que de la realidad económica.
Según el último Índice Big Mac, Argentina se encuentra entre los países con la hamburguesa más cara del mundo, incluso más cara que en Estados Unidos. Ese dato ya era alarmante. Pero lo verdaderamente preocupante es que, trasladado al comercio digital, el fenómeno se multiplica y se vuelve opaco.
Valor del Big Mac hoy
Promedio mundial / Estados Unidos (referencia): alrededor de 5,8 dólares por una Big Mac.
Argentina: alrededor de 7,3 - 7,4 dólares, uno de los valores más altos del mundo.
Eso significa que una Big Mac en Argentina cuesta bastante más que el valor promedio global cuando se expresa en dólares, sobre todo si se compara con países vecinos o con economías de ingreso medio.
Mercado Libre y el industricidio silencioso
No se trata solo de comisiones por publicar, vender o cobrar. En los últimos años, Mercado Libre dejó de ser únicamente una plataforma de intermediación para convertirse, de hecho, en un importador directo de productos extranjeros, facilitando y promoviendo la compra individual en el exterior. Ese giro no es neutro: tiene consecuencias profundas y estructurales sobre la economía real.
Cada zapatilla que llega de Asia, cada prenda textil importada, cada artículo metalmecánico comprado con un clic, compite de manera desigual con la producción nacional. Talleres de calzado, pequeñas fábricas textiles, aunque sean las clandestinas de Juliana Awada, pymes metalúrgicas y comercios de barrio quedan atrapados en una lógica imposible de sostener. No es modernización: es desindustrialización. Un industricidio progresivo que avanza en silencio, mientras se celebra la "eficiencia" del algoritmo.
En paralelo, el comercio tal como lo conocimos se vacía. Las persianas bajas se multiplican, los locales quedan abandonados, las estructuras edilicias pierden sentido. La venta se concentra en el mundo digital y, con ella, desaparecen puestos de trabajo formales, reemplazados por esquemas precarios, atomizados y sin protección. Menos empleados, más informalidad, menos derechos.
Ese mismo esquema se replica en la logística. Los repartidores, pieza clave del negocio, trabajan a la intemperie, sin infraestructura adecuada, sin espacios de resguardo, muchas veces sin cobertura real. Cobran comisiones mínimas, vergonzantes en relación con el volumen y la rentabilidad del sistema que sostienen. Son presentados como "emprendedores", pero funcionan como trabajadores desprotegidos, absorbidos por un modelo que maximiza ganancias y socializa costos.
Nada de esto es casual. Es el resultado de una ambición sin límites, legitimada por un discurso tecnocrático que confunde innovación con concentración, y progreso con exclusión. Mercado Libre no solo redefine cómo compramos: redefine -y deteriora- cómo trabajamos, cómo producimos y cómo se organiza la vida económica en nuestras ciudades.
Solo analizamos dos productos. Bastan para encender la alarma. Vale la pena preguntarse cuánto de esta distorsión impacta en el resto de la economía, cuánto nos empuja a naturalizar precios inflados y cuánto condiciona nuestra percepción de la realidad.
Tal vez, cuando algún día exista un Estado serio dispuesto a discutir los abusos de posición dominante, se empiece a poner límite a estas prácticas. Mientras tanto, seguimos comprando, pagando y aceptando sin saber con certeza dónde estamos parados ni cuánto valen realmente las cosas.
Porque cuando el precio deja de decir la verdad, el mercado deja de ser mercado y se transforma, simplemente, en poder.







