Malvinas son argentinas, pero el miércoles solo se juega un partido de fútbol

A más de cuatro décadas de la Guerra de Malvinas, volver a presentar un partido entre Argentina e Inglaterra como una revancha bélica solo alimenta un relato que poco tiene que ver con el deporte. El fútbol emociona, une y genera identidad, pero no puede cargar con el peso de una guerra ni reemplazar la memoria de quienes dieron su vida por el país.

Martín Tula
Analista Político. Periodista. Activista y referente en discapacidad. Influenciador en redes sociales.

Las Malvinas son argentinas, pero el Mundial y la pelota son de los jugadores

Quise comenzar esta columna con esa frase porque considero poco acertado que, una vez más, algunos intenten mezclar el fútbol con la política y con la guerra.

Hace poco más de dos años que escribo editoriales políticas. Siempre intenté ofrecer una mirada amplia de los hechos, basada en el contexto y en los datos. Mi objetivo nunca fue escribir para darme la razón a mí mismo, sino invitar a la reflexión de usted, querido lector, que me acompaña tanto en las coberturas de este Mundial como en cada una de las columnas políticas que publico en Diario PORTADA.

Después del sufrido triunfo ante Suiza, durante todo el domingo y parte del lunes comenzó a instalarse, desde algunos medios de comunicación y distintos sectores de la política, la idea de presentar el partido del miércoles frente a Inglaterra como una nueva edición de la Guerra de Malvinas. Una vez más aparecieron las comparaciones, los discursos épicos y las referencias a un conflicto que en 1982 se cobró la vida de 649 argentinos, además de dejar profundas secuelas en miles de excombatientes y en sus familias. Lo mismo ocurrió en el Mundial de México 1986, cuando el contexto histórico era completamente diferente.

En aquel entonces, incluso podría decirse que ese sentimiento era comprensible. Apenas habían pasado cuatro años desde la guerra. La herida seguía abierta, el duelo era reciente y muchos de aquellos futbolistas habían convivido con el dolor de familiares, amigos o vecinos que habían combatido en las islas. El famoso partido en el que Diego Maradona convirtió "La Mano de Dios" y el mejor gol de la historia quedó inevitablemente atravesado por ese contexto social.

Malvinas son argentinas, pero el miércoles solo se juega un partido de fútbol

Pero hoy la realidad es otra. Han transcurrido cuarenta y cuatro años desde aquella guerra y una nueva generación de argentinos, ingleses y futbolistas ha crecido sin haber vivido aquella guerra. Pretender convertir un partido de fútbol en una revancha militar no solo es un error histórico, sino también una simplificación que termina banalizando dos cuestiones profundamente distintas: el deporte y la memoria.

Las Malvinas son y seguirán siendo una causa nacional para millones de argentinos. Así lo establece la Constitución Nacional al reafirmar el reclamo permanente y pacífico de soberanía sobre las islas. Esa reivindicación no depende de un resultado deportivo, ni se fortalece con un gol, ni se debilita con una derrota. Es una política de Estado que debe sostenerse por los canales diplomáticos y del derecho internacional, no por el marcador de un partido de fútbol.

Sin embargo, cada vez que Argentina debe enfrentar a Inglaterra en una cancha aparecen quienes necesitan transformar noventa minutos de deporte en una batalla simbólica. Se mezclan nombres, épocas y hechos completamente distintos. Margaret Thatcher, Javier Milei, el papa, Diego Maradona, la Guerra de Malvinas e incluso las invasiones inglesas. Sí, ayer hasta en C5N hicieron referencia a ellas. Todo termina formando parte de un mismo relato que busca despertar emociones, aunque muchas veces lo haga sacrificando el rigor histórico y el sentido común.

Paradójicamente, son los mismos que cuando llega un Superclásico o cualquier clásico provincial repiten, con razón, que "es solo un partido de fútbol" para desalentar la violencia y los excesos. Comparto plenamente esa mirada. Si creemos que Boca y River no pueden convertirse en una guerra entre argentinos, tampoco deberíamos presentar un encuentro entre dos selecciones como si fuera una continuación de un conflicto bélico.

El partido del miércoles es, simplemente, un partido de fútbol. Claro que hay muchísimo en juego. Está la posibilidad de que Lionel Messi vuelva a conducir a la Selección hacia otra final del mundo. Está el enorme esfuerzo físico y mental de futbolistas que llegan después de una exigente temporada europea y afrontan un Mundial prácticamente sin descanso. Está la ilusión de millones de argentinos que durante noventa minutos volverán a detener sus actividades para acompañar a un equipo que hace años representa al país con compromiso, profesionalismo y sentido de pertenencia.

También estarán las emociones. La ansiedad previa. Los nervios. Los abrazos si llega el triunfo o la tristeza si el resultado no acompaña. Todo eso forma parte del fútbol y explica por qué este deporte despierta pasiones que pocas cosas consiguen generar.

Pero, querido lector, es solamente eso: un partido de fútbol.

El fútbol es una pasión imposible de explicar. Es como intentar responder por qué el cielo es celeste o por qué el agua moja. Solo quienes aman este deporte pueden comprender lo que significa un gol en el último minuto, una definición por penales o el abrazo con un desconocido en una tribuna después de una victoria inolvidable. Esa emoción pertenece al deporte y allí debe quedarse.

No necesitamos convertir cada encuentro con Inglaterra en una revancha de Malvinas para sentir orgullo por la Selección. No hace falta cargar sobre los hombros de Messi, de Scaloni o de cualquier futbolista el peso de una guerra que jamás les perteneció. Ellos representan deportivamente a la Argentina. Los héroes de Malvinas representan otra historia, infinitamente más trascendente y dolorosa, que merece ser recordada con respeto y no utilizada como recurso discursivo cada vez que rueda una pelota.

Por eso debemos separar las cosas. El miércoles no estarán en juego las Islas Malvinas ni la patria. Tampoco se disputará una revancha histórica. Lo único que estará en juego será el pase a una nueva final del mundo y el honor deportivo de dos selecciones que buscarán escribir otra página en la historia del fútbol.

Las Malvinas seguirán siendo argentinas en nuestra memoria, en nuestro reclamo diplomático y en la convicción de generaciones enteras. El fútbol, en cambio, seguirá siendo ese maravilloso espacio donde una pelota decide alegrías y tristezas, pero nunca el destino de una nación.

Porque, al fin y al cabo, será solamente fútbol.

Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha.

Diego Maradona, (despedida en La Bombonera).

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