Los espejos de Macri empiezan a reflejarse en Milei
La historia vuelve a mostrar algunas señales conocidas: mientras el Gobierno reivindica los resultados de la macroeconomía, la sociedad empieza a reclamar respuestas en el supermercado, el salario y el empleo. La advertencia de Agustín Laje expone el dilema de un oficialismo que deberá demostrar que el esfuerzo puede convertirse en bienestar.
Los espejos del final de Macri empiezan a reflejarse en Milei
Los espejos del final del gobierno de Mauricio Macri empiezan a reflejarse hoy en la gestión de Javier Milei. Se repiten opiniones, advertencias y hasta posturas de algunos de los propios referentes del oficialismo y de quienes durante años sostuvieron la denominada "batalla cultural". La advertencia comienza a ser cada vez más clara: si la economía del día a día no mejora y la microeconomía no muestra señales concretas de recuperación, la reelección del Presidente comienza a verse cada día más lejana. Porque una cosa es explicar la macroeconomía y otra muy diferente es convencer a una familia de que está mejor cuando todos los días tiene que hacer cuentas para llegar a fin de mes.
La política suele tener memoria, aunque los políticos muchas veces intenten olvidarla. Durante la campaña de Juntos por el Cambio de 2019, Martiniano Molina era intendente de Quilmes y buscaba su reelección. En medio de aquella campaña dejó una frase que terminó convirtiéndose en una especie de confesión política: "Claro que el asfalto no se come". Molina reconocía de esa manera algo elemental: una obra pública puede mejorar una ciudad, pero no alcanza cuando el vecino siente que su bolsillo está cada vez más vacío. Aquella frase no fue necesariamente una crítica a su propio gobierno; fue, sobre todo, el reconocimiento de un reclamo social que comenzaba a imponerse por encima de cualquier argumento político.
La historia vuelve a mostrar algunas señales conocidas: mientras el Gobierno reivindica los resultados de la macroeconomía, la sociedad empieza a reclamar respuestas en el supermercado, Los espejos del final del gobierno de Mauricio Macri empiezan a reflejarse hoy en la gestión de Javier Milei.
Algo parecido empieza a suceder ahora. Economistas y referentes cercanos al oficialismo comienzan a advertir que la discusión económica está dejando de ser exclusivamente macroeconómica. El equilibrio fiscal, la emisión, las reservas, el riesgo país y la estabilidad cambiaria pueden ser importantes para ordenar una economía, pero existe una pregunta mucho más sencilla que cualquier indicador: ¿cómo está viviendo la gente? Cuando una familia toma un crédito no para comprar un auto, una heladera o una vivienda, sino para pagar una factura, comprar comida o simplemente llegar a fin de mes, el problema deja de ser exclusivamente financiero y pasa a ser social.
Por eso tuvo tanta repercusión la definición de Agustín Laje, director ejecutivo de la Fundación Faro y uno de los principales referentes intelectuales del universo libertario. En una entrevista con Infobae al Amanecer, Laje fue contundente: "La gente no te vota por una palabra, por un concepto, por un valor, por un sistema moral o por un principio de acción. No come batalla cultural". Y agregó una advertencia todavía más importante: si los gobiernos de derecha no consiguen mejorarle el "metro cuadrado" a la gente, el péndulo electoral puede volver rápidamente hacia la izquierda.
Lo interesante es quién lo está diciendo. No es un dirigente peronista, no es un economista opositor y tampoco es un periodista crítico del Gobierno. Es uno de los hombres que ayudaron a construir buena parte del relato intelectual sobre el cual se apoyó el fenómeno libertario. Y, en definitiva, lo que plantea Laje no es una cuestión ideológica: es sentido común. Una elección no se gana solamente con ideas. Se gana cuando esas ideas logran convertirse en una realidad que la sociedad pueda percibir. El problema para el Gobierno es que esa transformación todavía no llega de la misma manera a todos y, mientras los indicadores macroeconómicos permiten mostrar algunos resultados, una parte importante del mercado interno continúa esperando que la recuperación finalmente llegue.
Y ahí aparece nuevamente el espejo de Mauricio Macri. Macri también llegó al poder con una promesa de transformación profunda. También tuvo una parte importante de la sociedad dispuesta a acompañar un proceso de cambio y también sostuvo durante un tiempo que los resultados llegarían después del esfuerzo. Pero cuando la economía cotidiana comenzó a deteriorarse, el relato político empezó a perder capacidad para contener el malestar. La diferencia es que Milei construyó su identidad política sobre una narrativa todavía más fuerte: la ruptura con todo lo anterior, la batalla contra la "casta", la defensa de las ideas libertarias y la promesa de transformar estructuralmente la Argentina. El problema aparece cuando esa batalla cultural comienza a competir con una realidad mucho más concreta: el supermercado, la factura de luz, el alquiler, el salario, el trabajo, la deuda y la comida. Ese es el verdadero "metro cuadrado" del ciudadano.
Los espejos de Macri empiezan a reflejarse en Milei.
Mientras tanto, el Gobierno continúa intentando instalar sus propias agendas. Javier Milei confirmó que realizará otro recital con su banda para celebrar la llamada "inflación cero", una promesa que había realizado anteriormente. El problema es que la inflación que mide el Gobierno desde la macroeconomía no siempre coincide con la percepción de quien todos los días enfrenta los precios en el supermercado. Y ahí vuelve a aparecer la diferencia entre la macro y la micro: el Gobierno puede celebrar un determinado indicador, pero el ciudadano mira cuánto le queda en la billetera.
Las encuestas también empiezan a reflejar ese cambio. La preocupación económica sigue ocupando un lugar central, pero aparecen con mucha mayor fuerza problemas concretos como los bajos salarios y la falta de empleo. Cuando la inflación deja de ser la única explicación de todos los problemas, la sociedad empieza a exigir algo más: crecimiento, trabajo, mejores salarios y una recompensa concreta por el esfuerzo realizado. Ya no alcanza con decir que la economía está ordenándose. La gente necesita comenzar a sentir que ese orden también tiene algún efecto sobre su vida cotidiana.
Y mientras esa discusión crece, la política oficial parece moverse en una realidad paralela. Luis "Toto" Caputo, ministro de Economía, participó de la apertura de una nueva sucursal de Lucciano's junto a la diputada Pilar Ramírez, en el marco de las recorridas de campaña de La Libertad Avanza en la Ciudad de Buenos Aires. Allí, incluso, el propio dueño de la cadena le planteó al ministro que esperaba que la economía pudiera reactivarse un poco más.
La escena tiene algo de paradoja: mientras el ministro de Economía recorre una heladería en plena campaña, el propio empresario que está frente a él le está diciendo que falta reactivación; mientras Milei prepara un nuevo recital, millones de argentinos siguen tratando de acomodar sus ingresos para llegar a fin de mes; mientras el Gobierno habla de una economía que se normaliza, las familias continúan enfrentando deudas y dificultades; y mientras la Casa Rosada celebra determinados números macroeconómicos, buena parte del mercado interno continúa esperando que esa recuperación finalmente llegue.
No se trata de negar los avances que efectivamente existen. La inflación bajó de los niveles extraordinarios que recibió el Gobierno y el equilibrio fiscal es un logro que no puede ser ignorado. También existen sectores de la economía que muestran crecimiento y nuevas oportunidades. Pero gobernar también implica reconocer aquello que todavía no funciona. Porque si la única respuesta frente a cada dificultad es explicar por qué el modelo necesita más tiempo, el riesgo es que la sociedad empiece a preguntarse cuánto tiempo más está dispuesta a esperar.
Y quizás ese sea el principal riesgo político de Javier Milei. No que la oposición se reorganice, no que aparezcan nuevos candidatos y ni siquiera que el peronismo vuelva a encontrar un liderazgo. El verdadero riesgo es que la sociedad deje de creer que el esfuerzo que está haciendo tendrá alguna recompensa. Porque eso fue, en buena medida, lo que terminó ocurriendo durante los últimos años del gobierno de Mauricio Macri. El ciudadano puede aceptar el esfuerzo, puede aceptar que una transformación lleve tiempo e incluso puede aceptar que durante un período tenga que vivir peor. Lo que difícilmente acepte indefinidamente es que le pidan sacrificios sin mostrarle hacia dónde conduce ese sacrificio.
La Argentina no necesita solamente una batalla cultural. Necesita una batalla económica que se gane en el supermercado, en el comercio, en la fábrica, en el trabajo y en cada hogar. Porque cuando los dos mundos finalmente se encuentren, cuando la realidad de los funcionarios se cruce con la realidad de los ciudadanos, no habrá discurso capaz de esconder el resultado. Y ahí es donde los espejos del final del gobierno de Mauricio Macri pueden terminar convirtiéndose en el reflejo del futuro de Javier Milei.
La historia todavía no está escrita. Pero los primeros reflejos ya empiezan a aparecer.
No puede haber más equivocaciones. Hay que saber gobernar a la Argentina. Éste no es un tiempo para improvisar.
Raúl Alfonsín, discurso de cierre de campaña presidencial, 26 de octubre de 1983.








