La resignación como clima social

La crisis económica no siempre se manifiesta con estruendo. A menudo se instala en silencio, como una costumbre amarga, y termina modelando el ánimo colectivo.

Dr. Sergio Benaroya
Abogado UBA. Especializado en Familia, Niñez y Adolescencia, Genero, Responsabilidad Médica y Salud Mental. Diplomaturas en Psicopatología, Psicoanálisis, Autismo, Psicosis, IA, Criminología, Vínculos Patológicos, Sexología Clínica.

La crisis económica no siempre se manifiesta con estruendo. A menudo se instala en silencio, como una costumbre amarga, y termina modelando el ánimo colectivo. En la Argentina actual, la resignación dejó de ser una reacción aislada para convertirse en un clima social: se la advierte en las charlas cotidianas, en las decisiones de consumo, en la manera de organizar el mes y hasta en la pérdida de expectativas sobre el porvenir.

Ese es, quizás, el dato más preocupante de la coyuntura. No alcanza con observar cuánto suben o bajan los precios, cuánto rinde el salario o qué señales envían los indicadores macroeconómicos. También importa cómo procesa la sociedad ese deterioro. Cuando la economía presiona durante demasiado tiempo, la gente no solo recorta gastos: también reduce sus expectativas. Y cuando las expectativas se achican, la vida pública se empobrece con ellas.

La incertidumbre permanente agota. Genera cansancio, irritación, ansiedad, insomnio y una forma de anestesia emocional.

La incertidumbre permanente agota. Genera cansancio, irritación, ansiedad, insomnio y una forma de anestesia emocional.

Desde el plano económico, la resignación tiene una lógica verificable. Si el ingreso pierde poder frente al costo de vida, si la deuda se vuelve un recurso habitual para cubrir lo básico, si el consumo se debilita y la recuperación no llega a la mesa ni al trabajo, la sensación de mejora se vuelve ilusoria. Puede haber un dato más favorable, un índice menor o una señal de desaceleración, pero eso no necesariamente se traduce en alivio. La economía real no se mide solo en estadísticas: también en la posibilidad de vivir sin sobresaltos cada quince días.

El problema es que, cuando esa distancia entre los números y la experiencia diaria se prolonga, aparece otro daño más profundo: el psicológico. La incertidumbre permanente agota. Genera cansancio, irritación, ansiedad, insomnio y una forma de anestesia emocional. La persona aprende a postergar decisiones, a vivir al día, a no proyectar demasiado porque todo parece frágil. Esa adaptación, que al comienzo sirve para resistir, termina erosionando el ánimo. Ya no se trata solo de soportar; se trata de perder la convicción de que algo puede cambiar.

En ese punto, la resignación se vuelve peligrosa porque se contagia. Primero aparece en la casa, después en el trabajo, más tarde en el barrio y finalmente en el espacio público. Se empieza a instalar la idea de que "siempre fue así", de que reclamar sirve poco, de que no vale la pena discutir porque nada se transforma. Esa es una derrota silenciosa, pero profunda: una comunidad que deja de exigirse a sí misma también deja de hacerlo a sus dirigentes.

Hay, además, una consecuencia social nada menor. La resignación ordena conductas. Empuja al aislamiento, debilita la organización y reduce la energía colectiva. Cuando cada uno se encierra en su propia supervivencia, la crisis se vuelve más fácil de administrar desde arriba y más difícil de revertir desde abajo. El malestar persiste, pero pierde forma política. Y cuando el malestar no encuentra cauce, deriva en apatía o en enojo disperso.

Por eso conviene decirlo con claridad: una sociedad resignada no está en paz. Está exhausta. Y el agotamiento prolongado no equivale a estabilidad; revela fragilidad. La salida no depende únicamente de una corrección técnica de la economía, sino también de reconstruir confianza, horizonte y capacidad de reacción. Hace falta que la gente vuelva a creer que su esfuerzo puede traducirse en una vida mejor y que reclamar no es un gesto inútil, sino una forma legítima de defender el presente y el futuro común.

La resignación ordena conductas. Empuja al aislamiento, debilita la organización y reduce la energía colectiva.

La resignación ordena conductas. Empuja al aislamiento, debilita la organización y reduce la energía colectiva.

La Argentina necesita menos adaptación al deterioro y más ambición de normalidad. Porque vivir no debería ser sinónimo de aguantar. Y una democracia sana no puede acostumbrarse a que la resignación sea su estado de ánimo dominante.

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