La guerra en streaming: drones, algoritmos y el espectáculo del horror
Las redes sociales ya no muestran solamente guerras: las convierten en entretenimiento. Videos de drones persiguiendo soldados, imágenes editadas para maximizar el impacto y algoritmos que monetizan el horror circulan diariamente en plataformas como X. Desde Malvinas hasta Gaza, pasando por la Guerra del Golfo, la humanidad pasó de observar la guerra a consumirla como contenido mientras aplicaciones y sistemas de geolocalización transforman a millones de personas en objetivos rastreables.
Del Golfo Pérsico a X: cómo nos acostumbraron a mirar la muerte en vivo
Hubo un tiempo en que las guerras llegaban tarde.
Llegaban por diarios arrugados, por fotografías borrosas o por el relato entrecortado de algún periodista enviado al frente. La muerte todavía tenía una distancia. Un margen. Un pudor.
Pero algo empezó a cambiar en 1982. La guerra de Malvinas quizás fue uno de los primeros conflictos que el mundo empezó a seguir casi en simultáneo. Nosotros no lo veíamos con la brutalidad visual de hoy, pero ya existía esa sensación de transmisión permanente. Los noticieros internacionales mostraban barcos incendiados, aviones derribados y jóvenes soldados enviados a pelear contra una de las mayores potencias militares del planeta.
Ahí apareció una nueva lógica: la guerra como espectáculo mediático.
Después vino la Guerra del Golfo. Y ahí sí cambió todo. Las bombas cayendo sobre Bagdad parecían fuegos artificiales verdes transmitidos en televisión satelital. Las cadenas internacionales emitían ataques en tiempo real mientras comentaristas hablaban de "precisión quirúrgica". Los pozos petroleros incendiados, los misiles cruzando la noche, los edificios explotando en vivo. La muerte convertida en rating.
Fue durante la presidencia de George H. W. Bush cuando comenzó esa normalización global del horror televisado.
Y hoy, décadas después, aquello evolucionó hacia algo mucho peor.
Ya no hablamos solamente de ver una guerra.
Hablamos de verla desde la perspectiva del asesino.
En la red X circulan videos de drones persiguiendo soldados heridos, civiles o combatientes que apenas pueden moverse. En muchos casos, las imágenes están editadas para aumentar el impacto psicológico: cámara lenta, música, memes, comentarios irónicos, pausas exactas en el instante previo a la explosión.
Hay cuentas que literalmente monetizan eso.
El asesinato convertido en contenido viral.
La lógica del algoritmo ya no distingue entre una receta de cocina, un video de gatos o un cuerpo desmembrado por un explosivo. Todo compite por atención. Todo busca retención. Todo busca clics.
Y mientras más morboso, más interacción genera.
El problema es que detrás de esa tecnología aparentemente fría hay dirigentes políticos concretos. Dirigentes que parecen haber comprendido que el horror permanente también funciona como mecanismo de control social.
El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu tiene pedidos de captura emitidos por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad vinculados al conflicto en Gaza.
Sin embargo, el mundo sigue observando las imágenes de destrucción como si fueran capítulos de una serie interminable.
Por otro lado aparece Donald Trump, una figura atravesada por escándalos, causas judiciales y vínculos históricos con personajes como Jeffrey Epstein. En medio de una sociedad estadounidense cada vez más fracturada, la política internacional vuelve a utilizar el conflicto externo como distracción interna.
Y en nuestro caso aparece una situación todavía más delicada. Milei se adhiere discursivamente a conflictos internacionales que no le pertenecen a la Argentina, como si se tratase de un perro faldero, desesperado por agradar a las grandes potencias. Un posicionamiento que coloca al país en escenarios de tensión completamente ajenos a nuestra historia diplomática y a nuestra propia Constitución, que históricamente sostuvo la autodeterminación de los pueblos y la no injerencia.
Mientras otros líderes europeos marcaron límites claros, la diferencia se vuelve evidente. Pedro Sánchez en España tomó distancia pública respecto de una escalada militar internacional y defendió una postura de mayor prudencia política. Incluso países históricamente alineados con Estados Unidos, como Francia o el Reino Unido, manejan ciertos equilibrios diplomáticos más calculados.
Sin embargo, desde la Argentina pareciera existir una necesidad desesperada de sobreactuar alineamientos, como si estuvieran esperando que alguien le pidiera enviar tropas a pelear a Irán en una guerra que no tiene absolutamente nada que ver con los intereses de nuestro pueblo.
Y mientras discutimos guerras, bombas y drones, quizás la verdadera batalla ya ocurre dentro de nuestros teléfonos.
Hace poco, un informe de DW advertía sobre aplicaciones capaces de rastrear permanentemente la ubicación de las personas. Lo que para un civil puede parecer solamente publicidad invasiva -hablar de una heladera rota y que inmediatamente aparezcan anuncios de electrodomésticos- en un contexto bélico se convierte en una herramienta letal. Porque el soldado moderno ya no escribe cartas. Lleva un smartphone encima.
Ese teléfono registra ubicación, movimientos, hábitos, contactos, horarios, fotografías y conexiones. Si una aplicación comercial puede saber dónde compramos café, también puede revelar dónde duerme un combatiente, dónde descansa un batallón o dónde se concentra una tropa.
Entonces el drone deja de ser solamente un arma. Pasa a ser la etapa final de una cadena de vigilancia global.
En Ucrania, la guerra ya no se libra solamente en las trincheras. En muchas ciudades y caminos rurales comenzaron a colgar enormes redes metálicas y de pesca sobre rutas, edificios y puestos estratégicos para intentar atrapar drones enemigos antes del impacto. La imagen parece salida de una película futurista, pero es real: mallas suspendidas en el aire para evitar la muerte de civiles y soldados ante ataques cada vez más baratos, silenciosos y difíciles de detectar. Una escena que muestra hasta qué punto la tecnología transformó la guerra moderna, donde un simple dron puede valer menos que la vida que intenta destruir.







