Inteligencia artificial versus la picardía criolla
La crisis económica y la paralización de la obra pública generaron un fenómeno preocupante: personas que, por necesidad o viveza, ofrecen servicios de construcción sin capacitación ni matrícula habilitante. Instalaciones peligrosas, trabajos mal hechos y presupuestos exorbitantes conviven con la pérdida de oficios y mano de obra calificada. La nota reflexiona sobre la necesidad urgente de recuperar la educación técnica y los oficios frente al avance de la inteligencia artificial, la caída de la industria nacional y una cultura donde cada vez hay más improvisación y menos producción real.
Entre la crisis, los oficios perdidos y la Argentina donde cualquiera se improvisa especialista
Hay una escena que se repite cada vez más seguido en la Argentina de hoy.
Un comerciante baja las persianas porque no puede sostener el alquiler. Necesita entregar el local pintado. Pide presupuesto. Un pintor le pasa tres millones de pesos por pintar apenas 60 metros cuadrados. Otro le cobra dos millones y medio de pesos . Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿en qué momento perdimos toda noción de razonabilidad?
No se trata de despreciar el trabajo manual ni mucho menos. Al contrario. Los oficios son fundamentales. Un buen albañil, un buen plomero, un buen carpintero o un buen gasista valen oro. El problema empieza cuando la desesperación económica y la caída brutal de la obra pública generan otra cosa: la picardía criolla.
Porque mientras el mundo discute la inteligencia artificial, en la Argentina avanza otro fenómeno mucho más doméstico y peligroso: personas que, empujadas por la necesidad o tentadas por la oportunidad, salen a ofrecer servicios para los cuales no están capacitadas.
Uno compra una fusionadora de caños y ya se presenta como gasista matriculado .
Otro cambia una térmica y se anuncia como electricista matriculado.
Otro acomoda un flexible de cocina y dice ser plomero .
Y muchas veces ni siquiera lo son
Algunos se presentan como gasistas matriculados sin tener matrícula habilitante. Y allí también aparece la responsabilidad del propio cliente, que en medio de la urgencia o de la confianza termina cometiendo el error de no solicitar la matrícula, no verificarla y no controlar si realmente figura habilitado en los registros correspondientes.
Pero más grave todavía es la temeridad con la que algunos realizan trabajos extremadamente delicados.
Porque no hablamos solamente de trabajos caros. Hablamos de trabajos peligrosos. Instalaciones de gas hechas sin matrícula. Conexiones defectuosas. Filtraciones. Riesgos eléctricos. Obras improvisadas. Reparaciones que luego deben rehacerse completas, duplicando costos y multiplicando dolores de cabeza.
Existen casos de personas que han conectado sistemas cloacales dentro de domicilios sin respetar normativa de los sifonados ni las ventilaciones sanitarias necesarias. Y eso no es un detalle menor. El sifonado funciona justamente como una barrera para impedir que los gases cloacales regresen al interior de la vivienda.
Esos gases, además de los olores insoportables, contienen componentes altamente nocivos para la salud. Entre ellos pueden encontrarse gases tóxicos derivados de la descomposición orgánica que afectan las vías respiratorias, generan contaminación sanitaria y en situaciones extremas pueden provocar consecuencias gravísimas para las personas y hasta la muerte.
Y lo alarmante es que muchos realizan estas tareas desconociendo completamente la peligrosidad de lo que hacen.
Lo mismo ocurre con conexiones de agua o griferías mal ejecutadas, donde luego hay que romper paredes, pisos y revestimientos completos para rehacer instalaciones que desde el principio estuvieron mal hechas.
La crisis económica argentina produjo un fenómeno extraño: sobra necesidad, pero falta capacitación
Durante años, la obra pública fue una enorme fuente de empleo para trabajadores especializados. Con todos sus defectos, mantenía en actividad albañiles, soldadores, yeseros, pintores, plomeros, electricistas y técnicos.
La paralización de miles de obras dejó a muchísima gente buscando sobrevivir como puede. Y en esa urgencia aparecen trabajadores honestos tratando de reinventarse, pero también oportunistas que aprovechan el desconcierto general.
Entonces empiezan los presupuestos fuera de toda lógica.
Hoy se escuchan cifras de un millón y medio, tres millones, cinco millones o siete millones de pesos pronunciadas con una naturalidad asombrosa. Como si toda la economía argentina funcionara en esos niveles. Como si el resto de la sociedad ganara cifras equivalentes.
Y ahí aparece otra comparación inevitable
Un médico que estudió durante años, hizo residencia, guardias, especializaciones y carga sobre sus hombros la responsabilidad de la salud humana, cobra por atender un afiliado de PAMI alrededor de 2.500 pesos por prestación. Hace no mucho tiempo cobraba setecientos pesos .
Entonces surge la pregunta incómoda: ¿cuántos pacientes necesita atender un médico para pagar un presupuesto de tres millones de pesos por una pintura o una refacción menor?
No es una competencia entre profesiones. Todas son dignas. Todas merecen respeto. Pero una cosa es reconocer el valor del trabajo y otra muy distinta es naturalizar cifras desconectadas completamente de la realidad social argentina.
Porque además hay un detalle importante: esos presupuestos no incluyen materiales , solo la mano de obra .
La pintura se paga aparte.
Los caños se pagan aparte.
Los accesorios se pagan aparte.
Y aun así, muchas veces el trabajo termina mal hecho
A todo esto se le suma otra realidad silenciosa pero constante: el robo hormiga, los hurtos, la rotura de materiales y herramientas dentro de las obras. Pérdidas cuantiosas y permanentes que terminan siendo absorbidas por el dueño de casa o quien invierte. Situaciones que muchas veces derivan en denuncias por hurto o robo, y que con el tiempo seguramente deberán ser investigadas.
La Argentina parece haberse convertido en un país donde se revende la paila entre todos, pero nadie fabrica la paila. Ese viejo dicho popular describe perfectamente el momento actual. Uno compra algo a diez, lo revende a once, otro a doce y otro a quince. Pero el verdadero negocio siempre estuvo en quien produce.
Ahí aparece otro debate mucho más profundo
Mientras el Gobierno de Milei abre las importaciones y facilita el ingreso masivo de productos extranjeros, la industria nacional vuelve a quedar contra las cuerdas. Y sin industria no hay oficios. Sin oficios no hay mano de obra calificada. Y sin mano de obra calificada lo único que queda es improvisación cara.
Exportamos madera, pero no muebles. Exportamos cuero, pero no zapatos. Exportamos materia prima, pero importamos valor agregado
Y en el medio queda una generación entera sin capacitación técnica.
Quizás allí esté una de las discusiones más urgentes que la Argentina debería darse en silencio y seriamente, lejos de las redes sociales y de las peleas televisivas: volver a formar trabajadores especializados.
Escuelas técnicas.
Centros de formación profesional.
Cursos reales de gas, electricidad, carpintería, herrería y construcción.
Capacitación certificada.
Matrículas controladas.
Oficios dignificados.
Porque el futuro no solamente estará amenazado por la inteligencia artificial. Además por la desaparición del conocimiento práctico.
Hubo un momento histórico donde ciertos oficios parecían convertirse en símbolos del ascenso social. Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y los dos mandatos de Cristina Fernández de Kirchner, en una etapa marcada por el consumo, el acceso al crédito y una fuerte expansión de la clase media, muchas familias pudieron comprar por primera vez un aire acondicionado. Y eso generó un fenómeno muy particular: el instalador de aire acondicionado pasó a ser casi una figura mítica.
Conseguir uno era difícil. Había que pedir turno con semanas de anticipación y circulaba la idea de que "ganaban fortunas". Incluso quedó retratado en el humor popular, como en aquellos sketches de Sebastián Presta , donde se parodiaba al técnico que llegaba cuando quería, cobraba caro y parecía una celebridad inalcanzable. Pero aquello no era solamente un chiste: reflejaba un fenómeno económico y social concreto. Cuando millones de personas acceden por primera vez a determinados bienes, automáticamente aparecen oficios altamente demandados.
Con el tiempo, ese escenario cambió. La cantidad de instaladores creció, surgieron cursos, capacitaciones y más competencia. Y lo que antes parecía un servicio exclusivo terminó regulándose por el propio mercado. Hoy, una instalación de aire acondicionado -dependiendo de la capacidad del equipo y los materiales utilizados- puede rondar valores relativamente razonables dentro del contexto económico actual. Ya no existe aquella sensación de "oficio imposible de conseguir" o de trabajador casi inaccesible.
Pero quizás la reflexión más fuerte aparece en otro lado. Porque hoy, después del resultado de una elección democrática que llevó al poder a un modelo económico completamente distinto, muchas de aquellas familias que alguna vez pudieron acceder a un aire acondicionado ya ni siquiera pueden encenderlo con tranquilidad. El problema dejó de ser comprar el equipo; ahora, muchas veces, el temor pasa por la factura de luz que llegará después.
Entonces, aquel símbolo de progreso y bienestar terminó convirtiéndose, para muchos, en un lujo condicionado por el costo de sostenerlo. Y eso también habla de los distintos estilos de gobierno y de los modelos económicos que atravesaron la Argentina. Hay etapas donde el eje estuvo puesto en el consumo, el trabajo, el salario y la posibilidad de equipar una casa. Y hay otras donde el ajuste, la pérdida del poder adquisitivo y el aumento de tarifas hacen que muchas familias deban pensar dos veces antes de encender algo tan cotidiano como un aire acondicionado.
Cada argentino tendrá su mirada política sobre las responsabilidades y las causas. Pero la memoria colectiva también se construye desde esas escenas simples de la vida diaria: recordar cuándo una familia podía proyectar, mejorar su hogar y sentir cierta tranquilidad económica, y cuándo comenzó a vivir calculando cuánto costará usar aquello que alguna vez representó progreso.
Porque, al final, detrás del famoso "instalador difícil de conseguir" no había magia ni una moda pasajera: había una sociedad que sentía que podía crecer. Y quizá allí quede una enseñanza para el futuro. Que los pueblos, tarde o temprano, terminan recordando qué modelos de país les permitieron vivir un poco mejor y cuáles los obligaron solamente a sobrevivir.
Existe otra consecuencia menos visible, pero muy real, de toda esta cadena de improvisaciones, engaños y falsas idoneidades: el desaliento que termina generando en quienes quieren invertir, mejorar o simplemente mantener su vivienda. Porque muchas veces estas experiencias derivan en conflictos interminables, reclamos desmedidos, discusiones judiciales impropias o situaciones donde el propietario termina sintiéndose rehén o extorsionado por alguien a quien contrató de buena fe.
Y ahí aparece un problema social más profundo: cuando una persona atraviesa varias malas experiencias con trabajadores improvisados, empieza a preguntarse si realmente vale la pena hacer una refacción, ampliar una casa o dar trabajo. Porque el temor deja de ser solamente económico; pasa a ser emocional, psicológico y hasta legal. Nadie quiere vivir pendiente de un juicio, de una amenaza o de descubrir que aquello por lo que pagó terminó peor de lo que estaba antes.
En muchos de estos conflictos, además, aparece otro elemento preocupante: reclamos que terminan siendo exagerados, desproporcionados o directamente temerarios. Y muchas veces uno no sabe dónde está el verdadero origen del problema. Si el trabajador le transmite una versión distorsionada a su abogado, o si el profesional que toma el caso decide avanzar igual, aun frente a planteos evidentemente excesivos. Porque hay situaciones donde los reclamos pierden toda razonabilidad y terminan generando una sensación de abuso que desalienta todavía más la posibilidad de contratar mano de obra o emprender mejoras.
Pero hay otro aspecto todavía más delicado, y tiene que ver con la seguridad. Porque muchas veces, por la urgencia, la necesidad o el apuro de resolver un problema en la casa, uno termina permitiendo el ingreso de personas completamente desconocidas. Y allí aparece otro riesgo silencioso: no saber realmente quién está entrando al hogar. En algunos casos, incluso, pueden existir antecedentes penales, situaciones conflictivas o historias que el cliente desconoce por completo. Entonces sucede algo que resume perfectamente la preocupación de mucha gente: sin querer, se termina "metiendo al enemigo en casa".
Y el problema vuelve a ser el mismo: la falta de controles y de herramientas simples de verificación. Porque no todos tienen tiempo, conocimientos o recursos para investigar matrículas, referencias o antecedentes antes de contratar a alguien. Muchas veces se decide por apuro, por recomendación informal o simplemente por desesperación frente a una pérdida de agua, un problema eléctrico o una urgencia cotidiana.
En el fondo, muchas veces el cliente común queda completamente indefenso. Porque no todos saben de mecánica, de gas, de electricidad o de construcción. Entonces se apela, inevitablemente, a la confianza y al supuesto conocimiento técnico de quien se presenta como especialista. Y justamente de eso se burlaba con inteligencia el humor de Sebastián Presta en aquellas parodias donde, por una simple mancha de humedad, el supuesto profesional proponía prácticamente demoler toda la casa. El chiste funcionaba porque exageraba una situación absurda, pero al mismo tiempo retrataba algo muy cotidiano: la sensación de que algunos aprovechan el desconocimiento ajeno para inflar trabajos, inventar problemas o presupuestar soluciones desproporcionadas.
Y tal vez ahí aparece otra vez la importancia de la información, de los controles y hasta de la inteligencia artificial como herramienta de verificación. Porque en una sociedad donde cualquiera puede autoproclamarse experto, recuperar la posibilidad de chequear antecedentes, matrículas, referencias y opiniones reales puede transformarse no solamente en una comodidad, sino en una forma de proteger el trabajo honesto y también la tranquilidad de quienes, con esfuerzo, intentan mejorar su calidad de vida.
Aparece, muchas veces, otro fenómeno delicado de abordar: el de la mano de obra extranjera. Y acá conviene ser cuidadosos para no caer en prejuicios ni discursos xenófobos. Porque la viveza, la improvisación o directamente el engaño no tienen nacionalidad. No es un patrimonio exclusivo del trabajador argentino ni tampoco puede generalizarse sobre quienes llegan desde países como Bolivia, Paraguay, Perú o Venezuela buscando una oportunidad laboral. Sería injusto y falso.
Así como muchos inmigrantes vienen a trabajar seriamente, a sacrificarse y progresar -muchas veces haciendo tareas que otros no quieren hacer- existen casos donde algunos replican prácticas deshonestas, mañas o mecanismos de engaño aprendidos en sus propios contextos culturales o laborales. El problema, entonces, no pasa por el origen de una persona, sino por la falta de controles, de profesionalismo y de responsabilidad.
Porque al final, el verdadero conflicto no es la nacionalidad del albañil, del gasista o del electricista, sino la informalidad, la ausencia de matrículas verificables, la improvisación y esa vieja costumbre de "atar todo con alambre" que termina perjudicando al cliente y a los trabajadores honestos, sean argentinos o extranjeros.
Y como si todo eso no alcanzara, aparece otro factor que termina agotando física, económica y emocionalmente a quien intenta construir, refaccionar o simplemente mejorar una propiedad: la relación con muchos municipios y organismos de control.
Lejos de sentirse acompañada o asesorada, la persona siente que entra en un laberinto burocrático hostil, lleno de intimaciones, observaciones, clausuras, demoras y obstáculos permanentes.
El problema deja de ser solamente el precio de los materiales o encontrar mano de obra confiable. Hay que lidiar con permisos que no salen, habilitaciones demoradas, exigencias cambiantes, inspecciones excesivas y, en algunos casos, una sensación de arbitrariedad o abuso de poder que termina desgastando completamente al vecino común. Muchas personas sienten que, en vez de facilitar el progreso o el desarrollo de una obra, algunos sectores del Estado parecen convertirse en un obstáculo más dentro de una cadena ya de por sí agotadora.
Ahí surge una sensación muy difícil de explicar, pero cada vez más común: sentirse presionado desde todos lados al mismo tiempo. Desde el costo de los materiales, la selección de trabajadores, los riesgos de malas praxis o reclamos judiciales futuros, hasta las interminables tramitaciones administrativas para conseguir servicios o autorizaciones municipales. En algunos casos -como muchos vecinos señalan respecto de trámites en Municipalidad de Guaymallén , Luján de Cuyo y Lavalle el ciudadano termina percibiendo un vínculo desigual, distante y burocrático, donde cualquier gestión parece transformarse en una carrera de obstáculos. A lo expresado ,hay que sumarle los famosos presupuestos que son cobrados para ser realizados, con la promesa de que si se realiza el trabajo será reconocido ese pago , siendo que los presupuestos siempre fueron gratis .
Por eso, detrás de cada obra que no se hace, de cada proyecto que queda frenado o de cada familia que decide "dejar todo como está", muchas veces no hay falta de ganas de progresar. Lo que hay es cansancio. Cansancio de sentir que todo cuesta el doble, que todos sospechan de todos, que cualquiera puede reclamar cualquier cosa, y que el esfuerzo personal permanentemente choca contra trabas, abusos, improvisaciones y burocracias que terminan quitándole a la gente algo fundamental: las ganas de hacer.
A esto se suma otra realidad que cualquiera que haya tenido una obra conoce: muchos trabajadores de la construcción, especialmente albañiles y ayudantes, suelen trabajar jornadas de menos de ocho horas y, aunque formalmente se trabaja de lunes a viernes, los lunes muchas veces directamente no concurren por problemas personales o excusas que a veces rozan lo infantil. Todo esto termina impactando aún más en presupuestos que ya de por sí resultan desproporcionados para la realidad argentina, donde el salario promedio de un trabajador registrado, que cumple jornadas de 8 horas diarias, unas 22 jornadas mensuales , ronda hoy los 1134000 de pesos mensuales y el salario mínimo apenas supera los 357800 de pesos .
Mientras una computadora aprende a escribir textos, millones de personas siguen necesitando alguien que instale correctamente un calefón sin volar una casa por el aire. Y ahí está el verdadero valor.
La inteligencia artificial podrá redactar contratos, dibujar planos y contestar preguntas. Pero todavía no puede reemplazar a un buen maestro mayor de obras que sabe leer una pared húmeda, escuchar una pérdida o entender por qué una estructura está mal calculada.
El drama argentino es que estamos perdiendo justamente a esos trabajadores valiosos.
En su lugar aparecen la urgencia, la improvisación y la picardía criolla: la viveza de cobrar cifras astronómicas sin tener ni la preparación, ni la experiencia, ni muchas veces la responsabilidad necesaria para hacer el trabajo.
Y cuando eso ocurre, la crisis deja de ser solamente económica. Pasa a ser cultural.




