Ubú en la Casa Rosada: el precio de gobernar como un personaje

Milei rompió con Brasil por una frase que no estaba obligado a decir. Lula, mientras tanto, muestra cómo se defiende un país de verdad -y un gobernador bonaerense recuerda que el puente con Brasilia, pese a todo, sigue en pie.

Hernán Ansuini
Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

El Padre Ubú llega a la Casa Rosada

En 1896, en un teatro de París, un actor sale a escena, infla el pecho y grita la primera palabra de la obra: "¡Mierdra!". El público no sabe si reírse o indignarse. Ese personaje es el Padre Ubú, creación de Alfred Jarry: un capitán devenido rey que asesina para llegar al trono, después gobierna a fuerza de impuestos delirantes y ejecuciones arbitrarias, y frente al primer peligro real se esconde temblando y le echa la culpa a su mujer. Ubú es cruel y es cobarde. Es soberbio y es ridículo. Y ahí está la clave del personaje: Ubú no sabe que es ridículo. Se cree, genuinamente, un estadista. El espectador se ríe porque ve algo que el propio Ubú es incapaz de ver de sí mismo.

Ubú en la Casa Rosada: el precio de gobernar como un personaje

El Padre Ubú (Père Ubu) es el icónico personaje grotesco creado por el escritor francés Alfred Jarry en 1896 para su obra de teatro Ubú rey (Ubu roi). Representa la codicia, la cobardía, la crueldad y el abuso de poder en forma de farsa y humor absurdo.

Conviene marcar una diferencia antes de seguir. Hay dirigentes que hacen el ridículo: calculan un exabrupto, lo sueltan, miden el rebote y siguen. Es un recurso, una actuación consciente, casi siempre para distraer o polarizar. Y hay otros que son el ridículo: no interpretan un papel, lo encarnan sin darse cuenta, convencidos de estar ejerciendo con total seriedad la función más alta de un Estado. Milei pertenece a esta segunda categoría. No finge estar enojado con medio mundo: está genuinamente convencido de que insultar a colegas presidentes es política exterior.

La lista, a esta altura, es larga. En julio de 2023, todavía candidato, calificó de "empobrecedor" al presidente chileno Gabriel Boric en una charla en Santiago. En mayo de 2024, en Madrid, llamó "corrupta" a Begoña Gómez, esposa del presidente español Pedro Sánchez, frente a una platea liberal; España retiró a su embajadora durante meses y Milei nunca pidió disculpas. Un año después, en el mismo escenario madrileño, volvió a la carga: pidió, sin nombrarlo, "dar una paliza al chorro local", otra vez en referencia a Sánchez. En marzo de 2024 le tocó a México: llamó "ignorante" y "asesino terrorista" a Andrés Manuel López Obrador y, meses más tarde, calificó de "un horror" a quien lo sucedería, Claudia Sheinbaum. Puertas adentro no fue distinto: ministros, gobernadores, periodistas y buena parte de la oposición conviven, hace dos años, con el mismo repertorio de insultos que Milei reparte puertas afuera.

Lula da Silva era uno más en esa lista. El sábado pasado, en un acto en San Pablo para respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro, Milei subió la apuesta: llamó "ladrón", "presidiario" y "basura socialista" al presidente de la mayor economía de la región y, de paso, cuestionó a un juez de la Corte brasileña. Lo repitió tres veces, en distintas apariciones mediáticas, en menos de una semana, como si la reiteración fuera una virtud y no una provocación deliberada a un país vecino, socio comercial estratégico y presidido, en este caso, por alguien que sí entendió que estaba actuando como jefe de Estado.

Ubú en la Casa Rosada: el precio de gobernar como un personaje

Puede que Brasilia tarde meses, o años, en recomponer una embajada. Puede que el costo de esta ruptura lo termine pagando el productor de Misiones que no puede exportar, el empresario de Mendoza que ya no encuentra comprador en San Pablo o el próximo gobierno, sea quien sea, que herede un vínculo bilateral roto por primera vez en cuatro décadas de democracia. Nada de eso altera al personaje. Ubú sigue sobre las tablas, repitiendo "¡Mierdra!" cada vez que algo lo incomoda, porque el escenario es el único lugar donde sabe estar: nunca baja a ser jefe de Estado, porque ni siquiera sabe que ese rol existe. Para Ubú, despojar al reino es "administrar las finanzas". Cuanto más grave es lo que hace, más banal resulta su preocupación por hacerlo. Y ahí está el mecanismo más difícil de digerir de esta comedia: hay un sector del público que aplaude; que se ríe con el insulto, con la frase filosa, con el "tenía que decírselo". Y hay otro -más chico, pero cada vez más despierto- al que se le escapa la risa y, tres segundos después, se le hiela: entiende, tarde, que lo que acaba de festejar no ocurre en un teatro de París de 1896, sino en la Casa Rosada, en tiempo real, con consecuencias que no se bajan de cartel al final de la función. Ubú tiene el poder absoluto de un rey y el criterio de un chico de ocho años con una corona de juguete. La diferencia, la única, es que este Ubú no lo interpreta un actor. Lo vota la gente.

El estadista que juega otro juego

Mientras Ubú grita arriba del escenario, del otro lado de la frontera hay alguien jugando distinto. Lula no eligió la pelea con Milei porque tuviera ganas de pelear con un vecino: la eligió porque encaja perfecto en un libreto que viene construyendo desde 2025, cuando Estados Unidos empezó a presionarlo con aranceles del 25% a casi toda la exportación brasileña, con la excusa formal de investigar "prácticas comerciales desleales" y con la excusa real, según coincide buena parte de los analistas, de castigar al gobierno por la condena judicial a Jair Bolsonaro. Trump llegó incluso a revocarle la visa a la embajadora brasileña en Washington. Lula respondió con una frase que resume su estrategia completa: "Nuestra soberanía no se negocia. Nadie va a cambiar nuestro PIX", en referencia al sistema de pagos digital brasileño, otro de los blancos de la ofensiva estadounidense. Lo llamó, sin pudor retórico, la "guerra de la verdad".

Ahí está la diferencia de fondo entre los dos personajes de esta historia. Uno construye una narrativa de defensa nacional frente a una potencia que efectivamente le aplicó sanciones económicas concretas. El otro sale a insultar a un colega de la región -sin que mediara ninguna sanción, ningún arancel, ningún gesto hostil previo de Brasil hacia la Argentina- y todavía no logra explicar con claridad qué interés nacional argentino defendía al hacerlo. Lula, además, sabe que octubre lo espera con una reelección difícil: la embestida de Trump, lejos de debilitarlo, lo viene fortaleciendo en las encuestas porque le permite pararse como el que cuida la soberanía frente al agresor externo. El "Lula bravo" que se proclamó candidato hace pocos días en San Pablo es, en gran medida, el subproducto político de saber leer una crisis y convertirla en bandera.

Los números que ya pasaron, no los que prometen pasar

Dejemos de lado lo que dicen los organismos internacionales que va a pasar -las proyecciones fallan, y fallan seguido-, y miremos lo que el propio Estado brasileño y los propios registros administrativos argentinos ya midieron.

En Brasil, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística -el organismo público que releva la economía real, equivalente a lo que debería ser un INDEC creíble- cerró 2025 con la tasa de desempleo más baja desde que existe la serie histórica: 5,1%, con más de 103 millones de personas ocupadas, la cifra más alta jamás registrada en el país. El salario real medio subió 4,5% interanual y la masa salarial total tocó un récord de 363.700 millones de reales, algo así como 71.000 millones de dólares. La informalidad laboral bajó. El país salió del mapa del hambre de la FAO, al que había vuelto durante el gobierno de Bolsonaro: en dos años, el gobierno de Lula sostiene haber sacado a cerca de treinta millones de personas de la inseguridad alimentaria. Se puede discutir el relato que el propio Lula hace de esos números -lo hace, y con orgullo, cada vez que puede-, pero el desempleo en 5,1% y el salario real subiendo no son un relato: es lo que midió el organismo estadístico del Estado brasileño, trimestre tras trimestre, con series que arrancan en 2012.

Del lado argentino, la fotografía que dejan los propios registros oficiales es otra. Según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, procesados por organizaciones como el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) y la Universidad de Avellaneda, entre diciembre de 2023 y abril de 2026 cerraron más de 28.000 empresas con al menos un empleado formal -un promedio de casi 30 por día- y se perdieron más de 340.000 puestos de trabajo registrados. La industria y la construcción encabezan esa caída. El salario mínimo perdió más del 40% de su poder de compra durante la actual gestión, según midió el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (CIFRA), de la CTA: la pérdida más profunda en veinte años. El salario real del sector privado formal cayó 8,9% entre diciembre de 2023 y febrero de 2026, y en el sector público la caída fue de 18,3%, de acuerdo con un relevamiento sobre datos del propio INDEC. Los jubilados con haber mínimo perdieron poder adquisitivo interanual de manera sostenida durante buena parte de estos dos años y medio, y varios relevamientos privados en supermercados muestran que hoy alcanza para comprar menos changuito que hace apenas un año.

Según Bloomberg Línea, Brasil convive, a inicios de julio de 2026, con una inflación anual en descenso, del 4,52% anual, mientras que la informalidad laboral se mantiene en torno al 37,3% de la población ocupada, en un contexto de caída general del desempleo. El contraste que dejan esos datos es difícil de esquivar para el relato oficial argentino: mientras Lula puede mostrar el mejor mercado laboral de la serie histórica brasileña, Milei todavía no logra revertir la sangría de empresas, empleo y poder adquisitivo acumulada desde que asumió.

El costo de romper lo que se construyó en cuarenta años

Nada de esto -ni el desempleo brasileño en mínimos históricos, ni las 28.000 empresas argentinas que bajaron la persiana- entró en la cuenta que hizo Milei antes de subir a ese escenario en San Pablo. La Argentina acaba de quedarse sin embajador en su principal socio comercial. La balanza bilateral muestra un resultado estructuralmente negativo para la Argentina, incluso en períodos en los que el déficit se reduce de manera significativa. El 2025 no fue una excepción: según el INDEC, se exportaron USD 12.771 millones en bienes hacia Brasil, mientras que las importaciones alcanzaron los USD 18.424 millones. Así, el intercambio comercial dejó un saldo negativo de USD 5.653 millones. Casi uno de cada cinco dólares que exporta la industria argentina tiene como destino Brasil. Nada de eso se corta de un día para el otro -el comercio se rige por reglas del Mercosur que no dependen del humor presidencial-, pero la previsibilidad, que es lo que necesita cualquier empresario antes de firmar un contrato o abrir una línea de inversión, ya quedó tocada. Y la previsibilidad, a diferencia de un bono, no se recupera con un comunicado.

Un puente que ya existe, aunque la Casa Rosada mire para otro lado

Hay, sin embargo, un dato que le pone algo de esperanza a este final, y no hace falta imaginarlo: ya existe. Mientras Milei rompía relaciones al nivel de encargado de negocios, del otro lado del espectro político argentino hay alguien que construyó, en paralelo y durante los últimos dos años, exactamente el vínculo contrario. Axel Kicillof, gobernador de la provincia de Buenos Aires y hoy una de las figuras de la oposición con más chances de disputarle la sucesión a Milei, fue recibido por Lula da Silva en el Palacio del Planalto en agosto de 2024, en una reunión de casi dos horas de la que participaron, del lado brasileño, nombres de peso como el canciller Mauro Vieira, el ministro de Hacienda Fernando Haddad y el asesor Celso Amorim. El objetivo declarado fue simple: profundizar la cooperación productiva entre Brasil y la provincia más grande de la Argentina, que explica el 80% de las exportaciones industriales argentinas hacia el país vecino.

Ese vínculo no se cortó con la escalada del pasado fin de semana. Al contrario: cuando Milei insultó a Lula en San Pablo, Kicillof fue uno de los primeros en salir a marcar distancia, con una definición que circuló fuerte: dijo que sintió "vergüenza ajena" al ver al Presidente "ofender e insultar al gobierno de Brasil, a su presidente y a todo un país", y remarcó que la Provincia sostiene "una posición de respeto hacia los países de la región". Ese mismo día llamó personalmente al canciller Vieira -a título del Partido Justicialista bonaerense- para decirle, en sus palabras, "no en nuestro nombre". No es un gesto protocolar aislado: es la continuidad de una relación que Kicillof viene construyendo con paciencia desde antes de que esta crisis existiera.

Ahí aparece, entonces, la otra cara de la moneda. Si la política exterior argentina se pareciera de verdad a esas rutas nacionales desfinanciadas que dejaron de recibir mantenimiento durante años, este sería el tramo del camino donde alguien, con recursos propios y bastante menos protagonismo mediático que el Presidente, se ocupó de mantener el asfalto en condiciones mientras el resto se llenaba de pozos. La relación entre Argentina y Brasil no depende únicamente de que Milei y Lula se lleven bien -de hecho, ahora mismo depende de todo lo contrario-. Depende de que la matriz productiva, comercial y humana construida durante cuatro décadas tenga, del lado argentino, dirigentes dispuestos a sostenerla más allá del signo político que gobierne en cada momento. Esa matriz, esta semana, mostró que todavía tiene con qué reconstruirse. La pregunta que deja este cierre, entonces, no es tan sombría como parecía al principio: no es si el vínculo se rompió para siempre, sino cuándo la Argentina va a tener, por fin, un jefe de Estado que se comporte como tal. Y cuándo el Padre Ubú será apenas un triste y vergonzoso recuerdo.

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