OPINIÓN

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

La indolencia -la incapacidad de sentir el dolor ajeno- se ha vuelto una marca de época. En un mundo saturado de información, la empatía se diluye y el sufrimiento se naturaliza, tanto en conflictos internacionales como en la vida cotidiana. Figuras como Javier Milei, Donald Trump, Benjamin Netanyahu y el caudillismo local aparecen como expresiones contemporáneas de una lógica donde prima el "sálvese quien pueda". Desde la mirada del profesor Ariel Robert hasta la voz de Armando Tejada Gómez, la nota interpela: ¿cuándo dejamos de reaccionar frente al dolor del otro?

Adrián Characán
Adrián Characán

Hay palabras que parecen inocentes hasta que uno las desarma. Indolencia es una de ellas. Viene del latín indolentia: in-(negación) + dolere (dolor). Es, literalmente, la incapacidad de sentir dolor. No el propio: el ajeno.

Y ahí empieza todo.

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

No es una palabra nueva ni desconocida. Muy por el contrario: ha sido largamente pensada, estudiada y trabajada en el campo del pensamiento crítico. El profesor Ariel Robert la ha incorporado con bastante  frecuencia en su vocabulario, casi como una categoría para describir este tiempo. Y no es casual. Porque pocas palabras explican tan bien lo que nos está pasando.

Porque lo que inquieta no es que no sepamos.

Es que sabemos... y no sentimos.


Una sociedad indolente no es una sociedad tranquila. Es una sociedad que ha perdido el reflejo básico de lo humano: reconocer en el otro una extensión de sí mismo. Donde antes había empatía, hoy aparece una distancia fría, casi quirúrgica.

La psicología lo viene advirtiendo. El fenómeno tiene nombre: colapso de la compasión. Cuando el sufrimiento se multiplica, nuestra capacidad de conmovernos se reduce. Una víctima nos interpela. Miles nos anestesian.

Y entonces ocurre lo que estamos viendo.

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

Las guerras se transforman en estadísticas.

La Franja de Gaza -convertida durante años en una prisión a cielo abierto, que luego fue aniquilada sin posibilidad a defensa - pasa a ser un titular más.

Los conflictos con Irán se analizan como movimientos estratégicos.

Venezuela, Cuba... nombres repetidos hasta vaciarse de contenido.

Pero hay algo más grave: dejamos de preguntarnos qué le pasa al otro.

La indolencia no es ignorancia.

Es algo peor: es saber y no sentir.

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

Y no hace falta mirar el mapa para encontrarla.

En Mendoza, cada diez minutos alguien se acerca a un contenedor. Antes buscaban cartón, vidrio, latas de aluminio ,  algo para vender. Hoy buscan comida.

Y lo hemos naturalizado.

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

Ese es el punto de quiebre: cuando el dolor deja de ser excepcional y pasa a ser cotidiano. Cuando deja de doler.

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

Entonces aparece la justificación.

Que el mundo es así.

Que primero uno.

Que después vemos.

El "sálvese quien pueda" se instala no como una consigna egoísta, sino como una supuesta estrategia de supervivencia.

Pero hay una trampa en eso.

Porque una sociedad que elige salvarse sola, en realidad, ya empezó a hundirse.

¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Qué le está pasando al mundo para que la indolencia haya invadido incluso el dolor, al punto de no permitirnos comprender el sufrimiento ajeno?

No es falta de información. Nunca tuvimos tanto acceso a lo que ocurre en todas partes.

Lo que cambió fue otra cosa:

nos acostumbramos.

A la guerra.

A la pobreza.

A la injusticia.

Indolencia: cuando dejamos de sentir el dolor del otro

Nos acostumbramos a ver sin involucrarnos. A mirar sin hacernos cargo.

Una anestesia social.

Y, sin embargo, algo resiste.

Porque si la indolencia fuera total, no generaría incomodidad. No aparecería esta sensación persistente de que algo está mal.

Esa incomodidad es lo último que queda de lo humano.

Por eso vuelve, como un llamado inevitable, la voz de Armando Tejada Gómez:

Importan dos maneras de concebir el mundo,

una, salvarse solo,

arrojar ciegamente los demás de la balsa

y la otra,

un destino de salvarse con todos,

comprometer la vida hasta el último náufrago,

no dormir esta noche si hay un niño en la calle.

La pregunta ya no es qué está pasando.

La pregunta es cuándo dejamos de reaccionar.

Cuándo el dolor ajeno dejó de interpelarnos.

Cuándo la empatía se volvió un esfuerzo y no un reflejo.

Porque una sociedad puede tolerar muchas cosas.

Crisis, desigualdad, conflictos.

Pero no sobrevive a la pérdida total de empatía.

Ahí ya no hay comunidad.

Hay individuos aislados, conviviendo en silencio.


La indolencia no es ausencia de dolor. Es su negación.

Y tal vez el mayor desafío de este tiempo no sea entender el mundo, sino algo más urgente:

volver a sentirlo.

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