El peluca de Libra, las propiedades del peluquín de Adorni, la tarotista del 3 % y la escribana: Todo parece un paso de comedia
Dicen que el poder también se disfraza. Que a veces se peina raro, habla en tono épico y promete sacrificios que siempre paga otro. Y mientras la escena se llena de personajes secundarios, el telón de fondo -el verdadero- avanza sin aplausos: deuda, ajuste y derechos que se licúan en silencio.
Ellos lo miran como si fuera una obra. Una de esas comedias de enredos donde los personajes entran y salen sin demasiada coherencia, pero con timming. Está el Peluca bizarro y agresivo, está el Peluquín soberbio y arrogante, la Tarotista del 3%, la Escribana floja de papeles. Todo parece un sketch. Una puesta en escena que, por momentos, roza lo absurdo. Pero no se equivoquen: detrás de la risa hay números que no cierran y decisiones que pesan.
Todo parece un paso de comedia: la Escribana floja de papeles.
El gobierno de Javier Milei lleva ya más de dos años y medio sin poder mostrar resultados estructurales que mejoren la calidad de vida de las mayorías. Lo que sí ha logrado consolidar es otra cosa: un esquema de endeudamiento que vuelve a apretar el cuello de la Argentina, con la firma repetida de Luis Caputo, el mismo de siempre, el de antes, el de ahora. El que ya había hipotecado el futuro con decenas de miles de millones y que ahora vuelve a la escena como si nada hubiera pasado.
Luis Caputto y Javier Milei: más de dos años y medio de gestión sin poder mostrar resultados estructurales.
Ellos recuerdan -porque no olvidan- aquel empréstito a 100 años. Un siglo. Un crédito que no pagarán ellos, ni probablemente sus hijos. Una deuda que se licúa en el tiempo, que se vuelve abstracta, lejana, casi irreal. Y tal vez por eso no duele tanto. Porque no se ve. Porque no llega en forma de escándalo, sino de goteo.
En cambio, lo otro sí impacta. Lo inmediato. Lo que parece pequeño pero es tangible.
Ahí aparece la figura de Karina Milei y ese misterioso "3%". Aparece el propio presidente vinculado al caso Libra. Aparece el abogado íntimo, Diego Spagnuolo, señalado en maniobras con medicamentos destinados a personas con discapacidad. Aparece Sandra Pettovello y los alimentos que no llegan, que se vencen, que se acumulan mientras del otro lado hay hambre.
Y ahora, como si faltara un personaje en esta tragicomedia, aparece Manuel Adorni. El vocero. El hombre de la palabra oficial. El que hasta hace poco no registraba operaciones inmobiliarias relevantes y que de pronto entra en escena con un departamento, una escribana de confianza de más de quince años , que nunca había realizado una operación inmobiliaria y números que no cierran. Un inmueble que cambia de manos con valores que desconciertan, préstamos de jubiladas, cifras que suben y bajan como si fueran parte del libreto.
Ellos miran eso y reaccionan. Se indignan. Se enojan. Lo sienten cercano. Porque pueden entenderlo. Porque pueden imaginarlo.
Pero, al mismo tiempo, no reaccionan igual ante lo otro. Ante lo estructural. Ante el endeudamiento feroz. Ante las decisiones que hipotecan décadas. Ante ese goteo silencioso que no tiene forma de escándalo pero sí de condena.
Y entonces aparece la comparación incómoda. La memoria que insiste.
Porque también hubo operaciones mediáticas y judiciales en otros tiempos. Como la que sufrió Luiz Inácio Lula da Silva con el caso Odebrecht. Un departamento que nunca fue suyo, que nunca habitó, que jamás figuró a su nombre. Y sin embargo, la cárcel. Y sin embargo, la condena mediática. Hasta que la justicia -tarde, pero justicia al fin- entendió. Y volvió. Y ganó. Y gobernó.
Ellos no dicen que sea lo mismo. Pero tampoco pueden evitar ver ciertas similitudes en cómo se construyen los relatos, en cómo se eligen los blancos, en cómo se administra la indignación.
Mientras tanto, en paralelo, se mueve otro tablero. Más silencioso. Más constante. Más eficaz.
Ahí aparece Federico Sturzenegger. Intermitente, pero decisivo. Cada vez que irrumpe, no es para la foto ni para el escándalo, sino para recortar. Para desregular. Para retroceder sobre derechos que costaron décadas. Para desfinanciar organismos de control. Para abrir la puerta a un mercado sin red.
Y las consecuencias empiezan a verse. Muertes evitables por falta de controles. Sustancias peligrosas circulando sin supervisión. Talleres clandestinos.
Galpones que explotan, donde se rellenan garrafas porque el precio se volvió inaccesible. La desregulación como dogma y el Estado ausente como resultado.
Ellos entonces intentan ordenar el mapa. Dividirlo. Entenderlo.
Por un lado, los funcionarios del "paso de comedia": Adorni, Karina Milei, José Luis Espert, la escribana, Diego Spagnuolo los personajes que ocupan la escena mediática, que generan ruido, que capturan la atención.
Por otro, los permanentes. Los estructurales. Los que no salen tanto en cámara pero deciden. Los que vienen de think tanks, de fundaciones, de espacios como la Fundación Mediterránea. El poder real. Ese que alguna vez supo describir Cristina Fernández de Kirchner: un poder discreto, difícil de ver, pero profundamente influyente.
Ellos entienden -o empiezan a entender- que mientras miran el espectáculo, alguien escribe el guion de fondo. Que mientras discuten el precio de un departamento, se firma una deuda a cien años. Que mientras se indignan con la escribana, se desmantelan controles que salvan vidas.
Pan y circo, dirían algunos. Distracción, dirían otros.
Lo cierto es que la obra sigue. Y el problema no es que haya comedia. El problema es quién paga la entrada. Y, sobre todo, quién paga las consecuencias cuando se apagan las luces.








