El Diablo Blanco: Marcos Galperin
Marcos Galperin vuelve a quedar en el centro de la polémica por los mensajes que decide amplificar: desde cuestionamientos a una jubilada ama de casa hasta la difusión de un discurso que contrapone a los blancos como constructores y a los negros como destructores. Una mirada que expone, según esta crítica, una concepción profundamente clasista y racista de la sociedad, mientras quien la sostiene acumula riqueza y poder desde una de las empresas más grandes de la Argentina.
Cuando el dinero parece otorgarles a algunos el derecho de decidir quién merece, quién trabaja y hasta quién está capacitado para gobernar. Hay hombres que acumulan tanto poder que terminan confundiendo riqueza con superioridad. Marcos Galperin parece ser uno de ellos. No hace falta interpretar demasiado sus publicaciones. Hay que leerlas.
Hace poco se burló de una jubilada que, entrevistada en la calle, dijo que nunca había trabajado porque había sido ama de casa. Galperin decidió compartir ese video. La respuesta pública fue inmediata: miles de personas recordaron algo elemental que algunos parecen olvidar: una mujer que durante décadas sostuvo una familia también trabajó, aunque no haya tenido un recibo de sueldo.
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— Marcos Galperin (@marcos_galperin) May 3, 2026
Ahora aparece otra publicación
Sudáfrica. Blancos que "construyeron". Negros que "destruyeron". Y una pregunta sobre si Europa correrá la misma suerte.
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— Marcos Galperin (@marcos_galperin) August 20, 2026
Galperin no escribió ese texto, pero decidió amplificarlo. Y lo acompañó. Eso también es tomar posición. Porque no estamos hablando solamente de economía. Estamos hablando de una mirada sobre las personas. Sobre quiénes serían capaces de gobernar y quiénes no. Sobre quiénes construyen y quiénes destruyen. Sobre blancos y negros.
Y cuando esa mirada aparece desde la cuenta de uno de los empresarios más poderosos de la Argentina, no podemos hacer como que no vemos lo que tenemos delante. Es racismo. Y también es parte de una vieja matriz colonial: la idea de que lo blanco representa el orden, la inteligencia, el progreso y la capacidad, mientras que lo marrón, lo indígena, lo negro o lo popular aparece asociado al atraso, la pobreza o la incapacidad.
En la Argentina existe incluso un colectivo que decidió ponerle nombre a aquello que durante mucho tiempo se quiso negar: Identidad Marrón.
Sus integrantes denuncian justamente el racismo estructural y la negación de las identidades indígenas y marrones en una sociedad que todavía insiste en imaginarse blanca y europea. Y mientras tanto, Galperin sigue acumulando poder.
Mercado Libre se convirtió en una de las empresas más importantes de América Latina. Su dueño se convirtió en uno de los hombres más ricos de la Argentina. Y desde esa posición se permite opinar sobre jubilados, trabajadores, impuestos, Estado y sociedad como si su éxito empresarial fuera también una certificación moral. Pero no lo es. Ser rico no convierte a nadie en mejor persona. Ser exitoso tampoco. Y tener millones de seguidores no convierte una opinión en verdad.
¿Defensa ideológica o temor?
Galperín puede defender la derecha más recalcitrante, respaldar al Gobierno y defender sus intereses empresariales. Pero también cabe preguntarse si existe algo más: ¿miedo? En China, el fundador de Evergrande, Hui Ka Yan, terminó condenado a prisión perpetua y con sus bienes decomisados, mientras que Jack Ma, creador de Alibaba, sufrió una fuerte intervención regulatoria después de enfrentarse públicamente con el poder. En otros países, quizás el Estado prioriza más al ciudadano frente al gran empresario.
Y ahí aparece una contradicción que merece discutirse: $940.000 de crédito para devolver $1.114.816 en apenas 28 días significa pagar $174.816 de costo, un 18,60% en 28 días. Que ese costo pueda estar permitido legalmente no significa necesariamente que sea justo para quien necesita dinero.
Quizás, entonces, algunos mensajes de Galperin no sean solamente ideológicos o empresariales. Quizás también sean mensajes de alguien que sabe que, frente a un Estado con verdadero poder, hasta los grandes empresarios tienen límites.
Lo que no puede pretender es que el resto permanezca callado.
Porque cuando se ríe de una jubilada, cuando desprecia el trabajo doméstico no remunerado, cuando amplifica un mensaje que contrapone blancos constructores con negros destructores, no está hablando solamente de política económica. Está hablando de una concepción de sociedad.
Una sociedad donde algunos están arriba. Y otros, abajo.
Una sociedad donde el que tiene dinero parece tener también la autoridad para decir quién merece.
Y ahí aparece nuevamente aquella canción popular que Mercedes Sosa hizo eterna: Duerme, negrito.
La canción que Atahualpa Yupanqui recopiló y popularizó, pero que no escribió. Una canción anónima nacida en la tradición popular de la frontera entre Colombia y Venezuela.
Una canción que habla de una mujer negra que trabaja en el cafetal.
Una canción que habla de explotación.
Y una canción que dice:
Y si el Negro no se duerme... viene el diablo blanco y le come la patita.
Quizás por eso el título resulte tan apropiado. Porque el problema nunca fue ser blanco. El problema aparece cuando alguien cree que ser blanco, ser rico y tener poder lo coloca por encima de los demás. Ahí está el verdadero diablo.
Y quizás sea hora de dejar de admirar solamente cuánto dinero acumulan algunos hombres y empezar a preguntarnos qué hacen con el poder que ese dinero les proporciona.
Porque el dinero puede comprar casi todo. Pero no debería comprar el derecho a sentirse superior.






