Cuando ser innovador significaba incomodar a Mendoza: Edgardo Robert

Edgardo Robert fue profesor y periodista, reconocido por su trayectoria y por su compromiso con la educación y la comunicación. Hombre de carácter firme y personalidad singular, dejó una huella profunda en quienes compartieron su vida profesional y personal. Su figura permanece ligada a una época y a una manera de ejercer la docencia y el periodismo con identidad propia.

Adrián Characán
Adrián Characán

El recuerdo de un hijo vuelve a poner en discusión la obra de un artista que estuvo demasiado adelantado para su tiempo

Hay publicaciones que funcionan como homenaje. Y hay otras que, casi sin proponérselo, funcionan como una pregunta.

Cuando ser innovador significaba incomodar a Mendoza: Edgardo Robert

La publicación del profesor Ariel Robert sobre su padre, Edgardo Antonio Robert, pertenece a esta segunda categoría.

No porque haya que repetir lo que un hijo recuerda de su padre -eso pertenece a una intimidad que merece respeto-, sino porque detrás de ese recuerdo aparece una cuestión que Mendoza todavía tiene pendiente: qué lugar le damos a quienes se atrevieron a romper con lo establecido mucho antes de que la sociedad estuviera preparada para entenderlos.

Y Edgardo Robert fue, precisamente, uno de ellos.

No se trataba solamente de pintar

Reducir a Edgardo Robert a la condición de pintor sería una manera elegante de no entenderlo.

Fue artista plástico, escultor, escritor, periodista, docente, investigador y un hombre profundamente interesado por la relación entre arte, percepción, tecnología y espacio.

La documentación sobre el arte contemporáneo mendocino lo ubica entre los protagonistas de las búsquedas de vanguardia de los años 60. Su producción partió de la pintura geométrica y óptica para avanzar hacia las cualidades de la luz, el espacio tridimensional y la participación del espectador. 

Ahí aparece una palabra que probablemente explique buena parte de su trayectoria:

indisciplina.

No indisciplina como desorden.

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Indisciplina como negativa a aceptar que cada cosa debe permanecer dentro de su casillero.

Robert no parecía conformarse con que la pintura fuera solamente pintura, que la escultura fuera solamente escultura o que el espectador tuviera que permanecer quieto frente a una obra.

Quería que ocurrieran cosas.

El artista que decidió sacarle los 90 grados al mundo

Hay una idea particularmente poderosa en la evocación de Ariel Robert: la de un artista que no se llevaba bien con los ángulos previsibles.

Y quizás allí exista una metáfora perfecta para comprender a Edgardo Robert.

Mientras buena parte del arte buscaba todavía la contemplación, él exploraba la experiencia. Mientras otros trabajaban sobre la superficie, él quería introducir al espectador dentro de la obra. Mientras la tecnología todavía parecía pertenecer a los laboratorios, él la convertía en materia artística.

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En 1971, junto con Roberto Trasobares y con la participación de otros colaboradores, desarrolló la Escultura habitable, una obra experimental de grandes dimensiones presentada en la Uvexpo, durante la Feria Internacional del Vino.

No era una escultura para mirar desde lejos.

Era para entrar. El proyecto combinaba estructura, recorrido, iluminación estroboscópica, proyecciones audiovisuales, música electrónica y estímulos sensoriales. El espectador dejaba de ser simplemente espectador y pasaba a formar parte de la experiencia

Hoy, semejante planteo podría presentarse con sofisticados conceptos curatoriales.

En 1971, en Mendoza, era directamente una provocación.

Antes de que habláramos de arte tecnológico

Hay otro aspecto de su trayectoria que permite comprender hasta qué punto Robert estaba mirando hacia adelante.

A mediados de los años 70 comenzó a trabajar con proyecciones de láser y, posteriormente, realizó experiencias vinculadas con la holografía.

La investigación sobre el arte contemporáneo mendocino registra experiencias de Robert con láser desde 1976 y sus primeras pruebas holográficas en Mendoza, en una búsqueda de imágenes lumínicas tridimensionales. 

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En otras palabras: cuando la tecnología todavía no formaba parte del lenguaje cotidiano de la creación artística, Robert ya estaba preguntándose qué podía hacer la luz.

Y eso también explica por qué su obra resulta tan difícil de encasillar.

Un profesor que también fue una ruptura

La docencia ocupó un lugar central en su vida.

Robert fue profesor de Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Cuyo y su enseñanza estuvo vinculada a las búsquedas de avanzada derivadas de las investigaciones de César Jannello sobre visión. 

No es un dato menor. Porque probablemente su mayor obra no haya sido solamente aquello que dejó sobre una tela, dentro de una estructura o proyectado sobre una pared.

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También estuvo en las personas a las que enseñó a mirar. Y enseñar a mirar es bastante más difícil que enseñar a dibujar.

Arte, política y una época que no perdonaba las diferencias

La historia personal de Robert tampoco puede separarse completamente de la historia argentina.

Fue perseguido durante la dictadura cívico-militar, en un período en el que artistas, docentes, intelectuales y periodistas fueron sometidos a distintas formas de persecución y disciplinamiento.

La propia trayectoria que hoy se recupera sobre su figura señala ese período como una parte determinante de su vida

Y quizás ahí haya otra explicación para entender su obra.

Porque quienes conocen el poder de la imposición suelen desconfiar de las formas rígidas.

Y Robert hizo justamente eso con el arte: desconfió de las formas rígidas.

No aceptó que todo tuviera que ser recto, simétrico, previsible y fácilmente explicable.

También estuvo cerca de la Vendimia

Su vínculo con la cultura mendocina tampoco se limitó a las artes plásticas.

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En 1965, Edgardo Robert participó como autor del libreto del Acto Central de la Fiesta Nacional de la Vendimia, junto con Clara Giol Bressan y Pedro José Gadea. Aquella edición llevó el título general de Luz, sonido e imagen, una denominación que, vista desde hoy, parece casi una síntesis anticipada de varias de las búsquedas que posteriormente desarrollarían artistas como Robert. 

No deja de resultar llamativo. Luz. Sonido. Imagen.

Tres elementos que terminarían formando parte de una búsqueda artística que iba mucho más allá de la pintura tradicional.

El problema de los artistas difíciles de clasificar Quizás uno de los problemas de Edgardo Robert haya sido precisamente ese: era demasiado difícil de clasificar. Pintor. Escultor. Docente. Escritor. Periodista. Cineasta. Investigador. Artista visual.

La historia cultural suele sentirse más cómoda con los artistas que pueden resumirse en una sola línea.

Robert no entra fácilmente en una línea.

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Y cuando alguien no entra en una línea, muchas veces termina entrando en el olvido.

Una investigación sobre el arte contemporáneo mendocino lo presenta, justamente, como una figura central de aquellas experiencias de vanguardia que ampliaron las fronteras de las artes visuales en la provincia. 

Una deuda que no es solamente familiar

Por eso la publicación de Ariel Robert tiene una importancia que excede largamente el ámbito familiar.

No se trata solamente de que un hijo recuerde a su padre.

Se trata de que un hijo, desde su propia sensibilidad, vuelva a poner delante de nosotros una obra que merece ser revisada.

Y ahí aparece una responsabilidad colectiva.

Porque quizás sea sencillo explicar que un hijo siente que su padre no fue suficientemente reconocido.

Lo mucho más difícil es preguntarnos si, efectivamente, Mendoza reconoció a Edgardo Robert como debía.

La respuesta, viendo la dimensión de su producción y la precocidad de muchas de sus búsquedas, parece difícil de sostener.

Hay obras que esperan que las volvamos a mirar 

Edgardo Robert murió en Mendoza en el año 2000, a los muy jóvenes 64 años.

Pero una obra no necesariamente termina cuando muere su autor.

A veces comienza otra etapa.

La etapa en la que otros tienen que decidir si esa obra será conservada, estudiada, exhibida, discutida y transmitida.

Por eso quizás el verdadero homenaje a Edgardo Robert no sea solamente recordarlo.

Sea volver a poner su obra sobre la mesa. Revisar sus pinturas.

Investigar su Escultura habitable.

Recuperar sus experiencias con la luz y el láser. Revisar sus escritos. Buscar sus trabajos periodísticos. Reconstruir su trayectoria docente. Recuperar testimonios de quienes fueron sus alumnos.

Y preguntarnos qué lugar debería ocupar hoy dentro de la historia del arte contemporáneo mendocino. Porque aquella aparente indisciplina de Robert quizás haya sido, en realidad, una forma extraordinariamente lúcida de disciplina:

la disciplina de no aceptar lo obvio. La disciplina de buscar otra forma. Otra perspectiva. Otra manera de mirar.

Quizás por eso aquella imagen de los ángulos que incomodaban los pies descalzos de la mirada sea mucho más que una hermosa metáfora.

Tal vez explique toda una vida. Edgardo Robert no quiso caminar por los caminos que ya estaban trazados.

Y tal vez el problema no haya sido que Mendoza no lo entendiera.

Tal vez el problema haya sido que él llegó demasiado temprano.

Doctora Alejandra Crescentino Mémoli

Doctora Alejandra Crescentino Mémoli

Queremos agradecer especialmente a la doctora Alejandra Crescentino Mémoli, por su generosidad y por el compromiso con el que ha acompañado esta tarea. Gracias a personas como ella, la obra de Edgardo Robert se mantiene viva, continúa circulando y puede seguir llegando a nuevas miradas y nuevas generaciones.

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