Donde primero tiembla es en la infancia: Crónica de un temblor

El edificio osciló con una lentitud engañosa, segundos antes mi celular activó la alarma con la alerta de Google. En los años 80, allá en mi San Juan de infancia, el detector de sismos tenía cuatro patas y una desconfianza irrenunciable.

Hace quince minutos que tembló muy fuerte en Mendoza. A las 10:35, en el octavo piso, se nos movió toda la vida. No es una metáfora exagerada: crujieron los muebles, vibraron los vidrios como si fueran láminas de agua y el suelo, que uno supone firme, respiró con un ritmo ajeno, profundo y antiguo. El edificio osciló con esa lentitud engañosa de los grandes movimientos, cuando el tiempo se estira y cada segundo parece una habitación aparte. El ascensor quedó mudo. Las lámparas dibujaron círculos en el aire. Y en el centro de todo, nosotros, suspendidos entre el cielo y la calle, recordando que la altura también tiembla.

Por Orlando Pelichotti

Lo curioso -y acaso lo más inquietante- es que varios segundos antes mi celular activó la alarma con la alerta de Google. Un sonido seco, urgente, distinto a cualquier notificación cotidiana. Me avisaba lo que se venía. La tecnología, apoyada en redes de sensores y algoritmos que detectan las primeras ondas sísmicas -las más veloces, las primarias-, fue más rápida que mis propios sentidos. Esos segundos de anticipación, mínimos y decisivos, son hoy la frontera entre la sorpresa y la preparación: cerrar el gas, abrir una puerta, buscar un marco resistente. En las ciudades modernas, el aviso viaja por satélites y servidores; la advertencia es digital, luminosa, impersonal.

Y sin embargo, mientras el edificio terminaba de mecerse, pensé en otros avisos, más rústicos y más vivos. En los años 80, allá en mi San Juan de infancia, el detector de sismos tenía cuatro patas y una desconfianza irrenunciable. Todo pasaba por el Bobi, un mestizo callejero que nunca se dejó adoptar y sólo aceptaba su comida en la puerta de casa. Era todo peludo, repleto de pulgas, con el lomo como un mapa enmarañado y el apetito generoso: comía opíparamente y luego se echaba al sol, como si la siesta fuera un derecho constitucional.

Pero cuando la tierra empezaba a acomodarse en sus profundidades, el Bobi cambiaba. Unos segundos antes del movimiento telúrico, ladraba y saltaba desesperado, arañando la puerta con una urgencia que no admitía dudas. Esa era la señal. No había sirenas ni pantallas: había uñas contra madera y un aullido que cortaba la tarde. Entonces nos activábamos. Mi familia y yo salíamos hacia el único pórtico de hormigón armado que tenía la casa de adobe, ese rectángulo sólido que contrastaba con las paredes frágiles. Era nuestro protocolo doméstico, aprendido a fuerza de historia sísmica.

Donde primero tiembla es en la infancia: Crónica de un temblor

Y ayudó, ayudó mucho cuando pasó el terremoto en Mendoza: la casa se agrietó como una taza antigua, las paredes dibujaron venas oscuras, pero el pórtico resistió. Después vino el fuerte del 89, y otra vez fue el Bobi quien anunció el sacudón, con esa mezcla de furia y miedo que sólo los animales parecen comprender del todo.

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Incluso cuando la caravana del candidato a presidente, Angeloz, pasó por la puerta de casa, el Bobi nos avisó. Ladró como si se aproximara un sismo social, una vibración distinta que también remueve cimientos. Señal de que un gran movimiento venía, claro, ese duraría un poco más. En su instinto cabían tanto las ondas de la tierra como los temblores de la historia.

Hoy, quince minutos después del sacudón en el octavo piso, el silencio regresa de a poco. Los mensajes se acumulan preguntando si estamos bien. Los expertos dirán magnitud, epicentro, profundidad, réplica probable.

Las aplicaciones enviarán mapas y estadísticas. Yo miro el celular aún encendido y agradezco esos segundos de ventaja que me dio la ciencia. Pero, en algún lugar más antiguo que la memoria, extraño el rasguño del Bobi en la puerta, esa alarma imperfecta y entrañable que olía a polvo y a verano, y que nos enseñó que la tierra siempre habla primero en susurros, si uno sabe -o tiene a alguien que sepa- escucharlos.

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