OPINIÓN

Cárceles al 130%: el encierro como negocio, el castigo como política y la desigualdad como herencia

Mendoza tiene cárceles al 130% de su capacidad y una de las tasas de encarcelamiento más altas del país. El hacinamiento muestra un sistema que castiga la pobreza, deshumaniza y no resuelve las causas sociales del delito.

Arrancando 2026, el dato es brutal y no admite maquillaje. Argentina alcanzó el pico histórico de encarcelamiento desde que existen registros oficiales. Según el Comité Nacional para la Prevención de la Tortura (CNPT), el país cerró el último período con 121.443 personas privadas de la libertad, lo que equivale a una tasa de 308 detenidos cada 100.000 habitantes. Mendoza, lejos de ser una excepción, se convirtió en uno de los casos más extremos: 308 detenidos cada 100.000 habitantes, segundo puesto a nivel nacional, con un nivel de sobrepoblación carcelaria del 130,2%. Dicho sin eufemismos: 130 personas hacinadas donde solo había lugar para 100.

Cárceles al 130%: el encierro como negocio, el castigo como política y la desigualdad como herencia

Ese número no es técnico ni neutral. Es político. Es social. Y es profundamente injusto.

Un sistema desbordado, protegido por el silencio


A los problemas edilicios y de hacinamiento se les suman conflictos graves y persistentes entre el Servicio Penitenciario y organismos clave como el EDIAS, el Ministerio Público Fiscal y la Unidad Fiscal de Delitos contra la Integridad Sexual. Son conflictos conocidos, acumulativos, pero que no escalan públicamente. ¿Por qué? Porque existe una red de silencios y coberturas mediáticas que va tapando todo, diluyendo responsabilidades y evitando que el problema llegue a la agenda central.

El hacinamiento se combina con un colapso estructural y, encima, con el deterioro de algo tan básico como la alimentación. Las viandas siguen siendo un problema, según muchos señalan , la empresa prestadora del servicio , seria la esposa del Gobernador. Durante semanas no hubo carne; recién hace poco volvió, tras un largo período en el que la dieta se redujo casi exclusivamente a pollo, y en porciones pequeñas. No hubo carne vacuna ni de cerdo. La situación volvió a exponer la precariedad del sistema de provisión y las sospechas recurrentes sobre la empresa concesionaria.

A eso se suma el vaciamiento de las políticas de reinserción. Las terapias educativas no alcanzan. Las terapias laborales no alcanzan. Aunque todas las personas quisieran trabajar, no hay trabajo. Aunque todas quisieran estudiar, no hay cupos. El acceso a la educación secundaria, terciaria y universitaria es cada vez más limitado. El Programa Universitario en Contexto de Encierro (PEUCE) se achica año a año: menos docentes, menos carreras, menos posibilidades reales de sostener trayectorias educativas.

El problema no termina ahí. El déficit de personal penitenciario es crítico en todos los complejos. Se ensayan incentivos, pagos durante la formación, promesas de estabilidad, pero aun así no alcanza el personal. Y en el fondo hay una razón estructural: los sueldos son de miseria. Muchos se inscriben no por vocación, sino porque es un empleo estatal "seguro". El resultado es un sistema agotado, con trabajadores mal pagos y sobrecargados, y personas detenidas viviendo en condiciones indignas.

En paralelo, los datos demográficos empiezan a encender alarmas. Distintos informes señalan una desconexión entre el crecimiento de la población y el aumento del encarcelamiento. La población crece alrededor de un 1%, pero la tasa de personas privadas de libertad crece mucho más. Hay momentos en los que se roza o supera las 308 personas detenidas cada 100.000 habitantes, un número que no se explica solo por el delito, sino por decisiones políticas y judiciales.

Existen informes del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura y notas periodísticas recientes que señalan estas inconsistencias. Algunas diferencias entre medios obligan a ser cautos y chequear bien las fuentes . Pero aun con esas salvedades, hay algo indiscutible: el problema del sistema penitenciario en Mendoza existe, es real y es grave.


No es un exceso discursivo ni una mirada ideológica. Es una realidad cotidiana que se acumula, se tapa y se patea hacia adelante. Y cuanto más se niega, peor se vuelve.  Desde el mismo sistema penitenciario , sugieren a los detenidos llevar accesorios y elementos para la reparación de baños , algo de lo que debería ocuparse el estado y no pretender que lo donen familias trabajadoras . 


Cuando la cárcel deja de ser excepción y se vuelve sistema

El informe del CNPT señala que el 62% de las personas detenidas tiene condena firme, mientras que el resto permanece bajo proceso judicial, muchas veces durante años. Los delitos predominantes no son los que suelen ocupar las tapas alarmistas: el 36,4% corresponde a delitos contra la propiedad, seguidos por delitos contra las personas y la integridad sexual. El núcleo del sistema penal está compuesto mayoritariamente por personas pobres que delinquen en contextos de exclusión, no por grandes estructuras criminales ni delitos económicos de guante blanco.

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Las cárceles, así, dejan de ser una herramienta excepcional del Estado y pasan a funcionar como mecanismo permanente de administración de la desigualdad. No corrigen, no reparan, no reintegran: almacenan vidas descartadas por un sistema que llega tarde -o directamente no llega- a garantizar derechos básicos en la infancia.

El saqueo que explica el presente

Nada de esto ocurrió por generación espontánea. Durante más de 300 años, España, Portugal, Inglaterra, Francia y Bélgica , entre otros paises , construyeron su riqueza sobre un saqueo sistemático de América Latina y África. Oro, plata, caucho, azúcar, algodón, alimentos, territorios enteros y millones de cuerpos esclavizados financiaron palacios, puertos, bancos, universidades, catedrales y ciudades que hoy se exhiben como patrimonio cultural de la humanidad.

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Más tarde, Estados Unidos heredó y perfeccionó esa lógica: ya no con colonias formales, sino mediante intervenciones militares, endeudamiento externo, control financiero, extracción de recursos naturales y disciplinamiento político. El colonialismo mutó de forma, pero no de objetivo.

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Ese saqueo no fue solo económico. Fue social, cultural y simbólico. Destruyó comunidades originarias, rompió tramas sociales, impuso modelos productivos extractivos y dejó como saldo sociedades profundamente desiguales, con Estados débiles y grandes mayorías condenadas a la pobreza estructural.

Cuando hoy vemos cárceles repletas en Mendoza, Rosario, el conurbano o cualquier provincia argentina, no estamos viendo solo delito: estamos viendo el resultado histórico de siglos de despojo.

Europa reluce, el sur paga la cuenta

Caminar por Europa y maravillarse con sus edificios majestuosos sin mencionar su origen es una forma elegante de negación. Esa belleza no nació del mérito aislado ni de la eficiencia moral: nació del saqueo colonial. América Latina y África fueron durante siglos proveedoras forzadas de riqueza, y hoy cargan con las consecuencias: pobreza, informalidad, violencia, economías dependientes y Estados desbordados.

Cárceles al 130%: el encierro como negocio, el castigo como política y la desigualdad como herencia

No es casualidad que las regiones más castigadas por la cárcel, la violencia y el narcotráfico sean las mismas que fueron históricamente explotadas. La desigualdad no es un accidente: es una herencia.

Estados Unidos: castigar para gobernar

Estados Unidos se presenta como faro de democracia, pero es también el país con mayor población carcelaria del mundo. Allí, el encierro se convirtió en industria, en espectáculo y en dispositivo de control social. Las cárceles privadas, aunque no mayoritarias en número, simbolizan una lógica perversa: lucrar con personas encerradas.


El extremo de esa lógica fue Guantánamo, un espacio donde se suspendieron derechos básicos, se legitimó la tortura y se naturalizó la detención indefinida sin juicio. Y dentro de su propio territorio, el sistema mostró su rostro más cruel: niños migrantes enjaulados, separados de sus padres por el solo "delito" de haber nacido sin papeles.

No eran criminales. Eran infancias pobres, latinoamericanas, morenos. El mensaje fue claro: la pobreza también puede ser tratada como amenaza.

Bukele y el marketing del castigo

En este contexto aparece Nayib Bukele, elevado por sectores de la derecha global como modelo. Cárceles gigantes, presos exhibidos como trofeos, cuerpos rapados, filas interminables de jóvenes tatuados humillados ante cámaras. El enemigo está cuidadosamente construido: pobre, moreno, tatuado.

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Bukele no inventa nada nuevo: reactualiza el punitivismo clásico, pero con estética de redes sociales. Su discurso es demagógico y autoritario: promete orden rápido, sin discutir causas, sin invertir con la misma intensidad en educación, salud mental o inclusión social. El castigo reemplaza al proyecto de sociedad.

El problema nunca es el sistema: el problema es el pobre.

Mendoza: números que esconden historias

En Mendoza, los 308 detenidos cada 100.000 habitantes y el 130% de ocupación carcelaria no son sinónimo de seguridad. Son la prueba de un Estado que invierte más en rejas que en oportunidades. Que llega tarde a la infancia, al barrio, a la escuela.

Cárceles al 130%: el encierro como negocio, el castigo como política y la desigualdad como herencia

En 2022, el programa Muchas Gracias, conducido por Ariel Robert y Emilio Vera de Sousa en Radio Nacional Libertador, rompió por un momento esa lógica. Desde el penal San Felipe, las voces de personas privadas de la libertad llegaron al aire: poemas, reflexiones, esperanzas. 

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La presencia de Elena Quintero, abogada comprometida con los derechos humanos, devolvía humanidad a quienes el sistema reduce a expedientes.

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En ese espacio, además, se desarmó uno de los prejuicios más repetidos del discurso punitivo actual: la idea de que tener un celular en prisión es un privilegio inadmisible, casi como si estar detenido fuera una situación deseable. Nada más lejos de la realidad. Perder la libertad es una de las experiencias más deshumanizantes que existen, y ningún objeto compensa el encierro.

Lejos de usarlos para estafas o delitos informáticos -como suele instalarse mediáticamente-, esos teléfonos eran herramientas mínimas de comunicación y expresión: para hablar con una madre, con un hijo, para escribir, leer, grabar un poema, sostener un vínculo afectivo. Eran, en muchos casos, el último hilo que los conectaba con su condición de personas, no de números.

Ese programa ya no está. Pero dejó algo incómodo: la certeza de que escuchar humaniza más que encerrar.

El regreso a la libertad que también duele

Mirta, de regreso, interpretada por Juan Carlos Baglietto, narra la historia de un hombre que sale de la cárcel y vuelve a encontrarse con Mirta, la mujer que lo esperó durante el encierro. La canción recorre las vicisitudes de la prisión, la rutina dura y deshumanizante, y el peso del tiempo perdido, pero también muestra lo extraño y desconcertante que resulta recuperar la libertad después de haber estado encerrado.

El regreso no es solo físico: es emocional, lleno de culpa, esperanza y una sensación de desajuste frente a un mundo que siguió su curso mientras él estaba preso.

El mensaje final que incomoda: Francisco

Frente a este mundo que celebra cárceles llenas, hubo una figura que eligió otro camino. El papa Francisco convirtió en gesto recurrente uno de los actos más simples y más radicales: visitar cárceles y lavar los pies de presos y presas.

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No fue una postal aislada. Desde 2013, durante los Jueves Santos, Francisco eligió institutos penales y cárceles para celebrar ese rito: el Instituto de Menores de Casal del Marmo, la cárcel de Rebibbia, centros penitenciarios de adultos, mujeres y jóvenes. Lavó pies de condenados, de personas en proceso, de musulmanes, de no creyentes.

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No fue solo un gesto religioso. Fue una toma de posición ética y política. Mientras otros construyen poder señalando enemigos, Francisco se arrodilló ante quienes el sistema prefiere olvidar. No negó el delito, pero se negó a reducir a una persona a su peor acto.


Ese gesto interpela de lleno al debate carcelario: sin misericordia no hay justicia, solo venganza. Y sin justicia social, ninguna cárcel alcanza.

Quizás por eso su mensaje incomoda tanto. Porque obliga a mirar más atrás del delito. A mirar la historia. El saqueo. La desigualdad. Las infancias abandonadas. Y a preguntarnos, como sociedad, qué hicimos antes de que alguien llegara a una celda.

Las cárceles al 130% no son un error del sistema.

Son el reflejo de un mundo que eligió castigar antes que reparar.

Y todavía estamos a tiempo -si queremos- de elegir otra cosa.

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